domingo, 25 de agosto de 2013
jueves, 22 de agosto de 2013
La Sunamita, cuento de Inés Arredondo
Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel,
y hallaron a Abisag Sunamita, y trajéron la al rey.
Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía:
mas el rey nunca la conoció.
Reyes I, 3-4
Aquél fue un verano abrasador. El último de mi
juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.
Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en
absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los
setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había
vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero
dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y
ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos
preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía
el verano estático.
Llegué al pueblo a la hora de la siesta.
Caminando por las calles solitarias con mi
pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y
de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como
entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas”. La voz clara, casi
infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de
Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada,
ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos
entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la
compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. –“Bueno, hija, si Pepe no
te gusta… pero no es un mal muchacho.” –Sí, había dicho eso justamente aquí,
frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y
maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando
las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y
llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro,
las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto,
delante de la casa de mi tío.
El zagúan se encontraba abierto, como siempre,
y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me
sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas
aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo
marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi
encuentro.
- ¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…
Fuimos directamente a la habitación del
enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la
muerte…
- Luisa, ¿eres tú?
Aquella voz cariñosa se
iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.
- Aquí estoy, tío.
- Aquí estoy, tío.
- Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.
- No diga eso, pronto se va aliviar.
Sonrío tristemente; sabía que le estaba
mintiendo, pero no quería hacerme llorar.
- Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión
de la casa y luego ven a acompañarme.
Voy a
tratar de dormir un poco.
Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes,
perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba
de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos
moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar
hondamente, por instinto, la luz y el aire.
Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.
Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.
- Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero
grande. Sí, ése. La llave está debajo de la carpeta, junto a San Antonio,
tráela también.
Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus
tesoros.
- Mira, este collar se lo regalé a tu tía
cuando cumplimos diez años de casados, lo compré en Mazatlán a un joyero polaco
que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien
caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la
diligencia por miedo a que me lo robaran….
La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.
La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.
- … Ese anillo de montura tan antigua era de
mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay en la sala y verás que lo tiene
puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…
Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras
de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo las imaginaba, y me
parecía entender el sentido de las alhajas de familia.
- ¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en
1908, antes de la Revolución? Había que ir en barco a Colima… y en Venecia tu
tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije:
“Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes
imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908,
cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…
- Tío, se fatiga demasiado, descanse.
- Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un
rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.
- Pero tío…
- Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me
da la gana.
Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.
Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada.
Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.
Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada.
Pero me iba heredando su vida, estaba
contento.
El médico decía que sí, que veía una mejoría,
pero que no había que hacerse ilusiones, no tenía remedio, todo era cuestión de
días más o menos.
Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.
Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.
- Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!
- Vete a buscar al médico…. ¡No! Iré yo… llama
a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.
- Y el padre… Tráete al padre.
Salí corriendo, huyendo de aquel momento
insoportable, de aquella inminencia sorda y asfixiante. Fui, vine, regresé a la
casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio
vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida
para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi
tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era
inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve
fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –Bendito sea
Dios, ya no me moriré solo- pero no podía. Me tapé la cara con las manos y
empecé a rezar.
- Te llama. Entra.
No sé como llegué hasta el umbral. Era ya de
noche y la habitación iluminada por una lámpara veladora parecía enorme. Los
muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama.
La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la
muerte.
- Acércate –dijo el sacerdote.
Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin
atreverme a mirar ni las sábanas.
- Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo
que oponer, casarse contigo in articulo mortis, con la intención de que heredes
sus bienes, ¿Aceptas?
Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”…Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.
Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”…Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.
- Luisa…
Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no
podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y hablaba moviéndola como un muñeco de
ventrílocuo.
- … por favor.
Y calló. Extenuado.
No podía más. Salí de la habitación. Aquél no
era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero no los bienes solamente, las
historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando
abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré
profundamente, dolorosamente.
- ¿Ya?… –Se acercaron a preguntarme los
parientes, al verme tan descompuesta.
Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló
el sacerdote.
- Don Apolonio quiere casarse con ella en el
último momento para heredarla.
- ¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la
vieja criada-. No seas tonta, sólo tú te lo mereces. Fuiste una hija para ellos
y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a
dar nada. ¡No seas tonta!
- Es una delicadeza de su parte.
- Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen
como ahora –rio nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.
- La fortuna es considerable, y yo, como tío
lejano tuyo, te aconsejaría que…
- Pensándolo bien, el no aceptar es una falta
de caridad y de humildad.
“Eso es verdad, eso sí que es verdad.” No
quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía
agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha,
no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue
el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor
hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino
otra arcada, pero dije “Sí”.
Recordaba vagamente que me habían cercado todo
el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían
firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la
de una maléfica ronda que giraba vertiginosamente en torno mío y reía, grotesca,
cantando.
yo soy la viudita que manda la ley y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.
yo soy la viudita que manda la ley y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.
Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en
mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía
Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.
Todos empezaron a irse.
- Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto
las gotas cada seis horas.
- Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.
- Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con
una risita mezquina la prima jovencita.
Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado,
nada ha cambiado.” Por lo menos mi miedo no había cambiado. Convencí a María de
que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y sólo recobré el control de mis
nervios cuando ví que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin
tormenta, quedamente.
Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aú. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados. Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.
Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aú. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados. Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.
La cuarta noche María se acostó en una pieza
próxima y me quedé a solas con el moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba
sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos
se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al
acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que
vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero,
hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca
sentida y que habita en médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia,
distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.
Debo haber dormido muchas horas: era la
madrugada cuando desperté; me di cuenta porque las luces estaban apagadas y la
planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación,
apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies
de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de
eso, una eternidad vacía.
Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi
la respiración fatigosa y quebrada de don Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no
él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin
finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida
mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la
muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación
monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego
va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y
esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese
estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta
insensible y se me ocurrió que no era aire lo que en traba en aquel cuerpo, o
más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se
trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego,
parea matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con
aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a
respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto,
ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de
que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en
realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos
modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo
aliento inhumano, una sola agonía.
Me sentí más tranquila, aterrada pero
tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el
final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional, aquello
se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y
su búsqueda persistente en el vacío.
Ni una despedida, ni un destello de piedad
hacia mí. Continué el juego mortal largamente, desde un lugar donde el tiempo
no importaba ya.
La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos todo estaba igual.
La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos todo estaba igual.
No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola,
única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus pétalos carnosos y leves,
resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve
y recuerda su contacto y loa acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré
entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí,
plena, igual a sí misma.
Respiro libremente, con mi propia respiración.
Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta monta la guardia de la luz y del
secreto. La muerte y la esperanza se transforman.
Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo
limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato
contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso
entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los
pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no
la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor
enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría,
antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los
ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida
y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara
pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su
vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no
era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a
fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.
Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía explicarlo. Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.
Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía explicarlo. Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.
- Por favor, entrecierra los postigos, hace
demasiado calor.
Su cuerpo casi muerto se calentaba.
- Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.
- Sí, tío –me senté encogida a los pies de la
cama, sin mirarlo. - No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos
más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.
- Sí tío.
- Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y
tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy
viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.
viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.
- Sí.
- A ver, di “Sí, Polo”.
- Sí, Polo.
Aquel nombre pronunciado por mis labios me
parecía una aberración, me producía una repugnancia invencible.
Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y
quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por volver a ser el que había
sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.
- Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame
las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…
Me quería todo el día rodeándolo, alejándome,
acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija y aquella cara descompuesta del
primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus
facciones como una máscara.
- Recoge el libro. Se me cayó debajo de la
cama, de este lado.
Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el
torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo más posible el brazo para
alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el
roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para
salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando:
el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me
estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y
que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más
pesada y se recreaba, se aventuraba ya sin freno palpando y recorriendo mis
caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con
deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una
mano sola, sin cuerpo.
Me levanté lo más rápidamente que pude, con la
cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mi
y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin
dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó
aterrada:
- ¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los
hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la cama. Pero quítate el vestido, lo vas a
arrugar.
Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi
vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si
muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros
tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar.” Creí que Dios no podría
permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes
tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio,
no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte
para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el
tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.
Resultó inútil. Tres días después me avisaron
que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté
mi historia.
- Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más
horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la muerte, ¡déjelo morir!
- Moriría en la desesperación. No puede ser.
- ¿Y yo?
- Comprendo, pero si no vas será un asesinato.
Procura no dar ocasión, encomiéndate a la Virgen, y piensa que tus deberes…
Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la
tumba.
Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.
Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.
Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora
la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me
siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las
prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que
nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no
termina nunca.
domingo, 11 de agosto de 2013
Los funerales de Bartle de Jim Phelan
Era la madrugada de un frío día de invierno.
La luz grisácea del amanecer se pulía en la gruesa colcha de nieve caída
durante la noche. Unos cuantos troncos sin hojas, y algunos yerbajos, se
destacaban como sombras negras sobre el albo paisaje del camino. Un cuervo
graznaba débilmente.
Una superficie lisa, nivelada, cubierta de
nieve; aparentemente un camino como unos veinte pies de anchura se perdían en
la distancia hacia el horizonte. Recta, como tirada a plomo, esa superficie
cubierta de nieve sin huella alguna de pasos humanos estaba flanqueada a un
largo por una ruta quebrada, de un metro de ancho.
Solamente una que otra yerba saliendo a la
superficie indicaba que eso era un canal convertido en hielo.
Sobre ese camino angosto, la superficie
helada de canal desfilaba lentamente una posesión de algunos cuantos hombres.
Parecían cansados; estaban pobremente vestidos y casi todos ellos borrachos.
Continuamente cambiaban de lugar en la
procesión, cargando por turno un enorme y mal construido ataúd de pino. Al
final de todos ellos venían dos hombrones, cansados y tristes, que arreaban
a los demás, amenazando a los que, borrachines, intentaban desertar del grupo.
A cada momento, el cortejo se detenía.
Mientras dos hombres soportaban la parte trasera del ataúd, los de adelante se
hacia a un lado, los de atrás tomaban la delantera, y dos hombres nuevos
tomaban sobre sus hombros la caja, por la parte de atrás. Aquellos que se
liberaban de la carga se iban hasta el final de la caravana. En esa forma todos
descansaban y ayudaban a levar al muerto, por turno.
Cada vez que se relevaban, aquellos que se
quedaban a lo último de la fila trataban de evadirse. Sus cuerpos somnolientos,
exhaustos por el licor, trataban de
alcanzar el campo, el camino. Huir. Pero siempre los dos hombones estaban
alerta para ponerlos en orden, y la procesión seguía su marcha.
Al cambiar turnos, los hombres se descubrían
reverentemente. Hablaban bien del hombre muerto, así que lo cargaban, y así que
eran revelados por otros. Se lo estaban llevando, furtivamente, hacia el campo
para poderlo enterrar en algún panteón rural, ahorrando veinte libras a la
comunidad. El muerto iba acomodado en una caja corriente de pino, en lugar de
ir en un ataúd decente. Nadie oraba,
pero en cambio en cada alto del camino se hablaba bien del difunto.
En ciertas ocasiones, se efectuaba un cambio
completo de hombres, pues había cuatro, bajos de estatura, pero no podrían
haber llevado la caja junto con dos grandes. Uno de ellos, particularmente, era
locuaz en sus elogios hacia el muerto.
-Descansa en paz, Bartle- decía al féretro al
recibir su esquina del cajón sobre el hombro; Descansa en paz, que siempre
fuiste un alma limpia.
-Descanse en paz, Amén- respondían los otros,
sofocados y arrastrando los pies, cargando con el gigantesco ataúd-. Amén,
descansa en paz, amén.
No caminaban mucho sin que se detuvieran,
pues el muerto era enorme, y el cajón pesaba mucho.
-Sí, ciertamente- decía el más bajito-, pobre Bartle, el mejor hombre del mundo.
-El mejor en el mundo, Dios lo tenga en su
seno- respondía otro.
-Sí, Tim –le hacían coro al apologista-,
tienes razón. El mejor del mundo.
Con su sombrero aun en la mano, murmurando
una especie de plegaria, Tim, el de la elegía, viéndose relevado, tomó su lugar
al final de la procesión. Delgado, con aire de estar hambriento, ojillos alerta
encima de un enorme mostachón rubio, bebido y cansado, se fue quedando rezagado
poco a poco. Todavía mascullando plegarias, su sombrero ocultando una parte de
la cara, hizo como que se tropezaba a un lado, y trató de huir a campo
traviesa.
Inmediatamente, los vigilantes a la zaga, lo
devolvieron al grupo.
Como era pequeño, desistió en huir, al primer
cambio de palabras.
-Ándale, es tu turno, le aclaró uno.
-Si, toma tu turno. Comiste y bebiste, pues
ahora lleva la carga, dijo el otro.
El aludido comenzó a caminar con el cortejo,
su cara hambrienta en un mohín de disgusto. Murmuraba, colérico, solamente
callando al decir “Amén” como corolario a la letanía del que le pasaba su
puesto.
-¡Que Dios le llene de luz su alma!
Otros dos hombres intentaron desertar, cada
uno por rumbo distinto. Pero los vigilantes estaban alerta, y los hicieron
volver al cortejo, tropezando, mezclando las imprecaciones con las plegarias.
Las pautas se hacían más y más frecuentes.
Así que los hombres helados se cambiaron la carga, las exclamaciones piadosas
se hacían más largas y elocuentes. Cada cuantos pasos se detenía el cajón, los
hombres se turnaban; se pronunciaban las buenas palabras; los que habían sido
relevados trataban de escapar; los dos vigilantes los hacían volver nuevamente
a la línea y la procesión reasumía la marcha unos diez o doce pasos, cobre el
hielo.
-Dios lo bendiga. Eres un gran hombre, si lo
hubo alguna vez -dijo uno de los hombres, con voz fuertemente laudatoria.
- Si, si un gran hombre. Y que dios lo
bendiga.
-Ya van veinte turnos que tomo –dijo otro-, y
nunca he llevado un cadáver mas grande… ni mas bueno. Que descanse en santa
paz.
-Amén- dijo Tim, a quien le había llegado
nuevamente el turno-. Amén y que dios lo bendiga- terminó con prisa.
-Nunca le hizo mal a nadie- dijo sofocándose
el bajito que acompañaba a Tim-. Dios los bendiga, amén.
Otra vez el ataúd pasó a otros hombros,
después de una disputa sobre cuantos había recorrido.
-Esta bueno, yo tomaré mi turno, no se
preocupen. Y me aguanto lo que me toque. Dios los bendiga –pronunció uno de los
nuevos.
-Siempre un amigo en tiempos de necesidad
–Afirmó otro, y después, como para convencerse el mismo-: si así no fuera, no estaría
yo aquí. Claro que no estaría. Que dios lo bendiga.
-Cierto lo que dices- respondió el que salía
del turno-, cierto, cierto. Nunca supe nada malo de el, que si no, no lo estaría
cargando. Dios lo bendiga, amén –terminó.
Avanzaban cada vez más lentamente. A cada
rato se peleaban discutiendo la distancia que cada grupo había recorrido. Los
dos hombres, atrás, batallaban mas por mantener juntos a los demás y evitar que
escaparan. Las plegarias escaseaban cada vez más, y comenzaban a rebatirse más
abiertamente la impresión sobre el carácter del difunto. Las voces se hacían
violentas, perdiéndose la reverencia.
-¡Bueno, bueno! ¿Quién se esta haciendo
atrás? ¡Buen hombre, este Bartle!
-¿Cuándo nos cambian? ¿Lo vamos a llevar todo
el maldito camino?
-¡Epa, álcenlo! Tomen su turno. Ya se que
pesa como el diablo… buen hombre, descanse en paz.
-¡Qué! ¿Nosotros de nuevo? ¡Si ustedes no
dieron ni un paso con el! ¡Descanse en paz!
-Pobre Bartle, hay que llevarlo, fue buen
hombre.
-Yo nunca lo conocí.
-No por hablar mal de los muertos, pero me
pegó una vez…
-Era medio de mal carácter. Pobre. Era su
modo de ser.
- No es por que no quiera llevarlo, pero…
La procesión se detuvo. Los hombres atrás
intentaron reanudar la marcha. En vano. Caras enojadas se miraban
silenciosamente, maldiciones entre dientes se escapaban de sus labios
amoratados. Los que mas protestaban eran los que en ese momento soportaban la
caja, sin que nadie los relevara.
-Es un crimen, salir a andar tan lejísimos.
-No lo digo por mal, pero Bartle nunca me
cayó bien.
-¿Quién fue el que le hizo un chamaco a Ana
Hennessy? ¿Quien fue, a ver?
-No soy chismoso, pero fue Bartle.
-¡Y me pego, cuando que era más grandote que
yo!
-Si hubiera sido bueno, yo…
-Nunca fue bueno…
-Al diablo con él…
-¡Con él!...
Tiraron el cajón sobre el hielo del canal. Al
caer, abrió un boquete negro y desapareció bajo la capa de hielo, con un sonido
sordo y acuoso. Los hombres se quedaron mirando al agujero por unos instantes.
Después se desparramaron con gran ligereza por el campo.
sábado, 27 de julio de 2013
La noche, cuento de Guy de Maupassant
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a
su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis
sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos,
que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las
alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero
de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el
espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito
vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto
con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada
movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si
levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade
todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento
distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce
sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e
impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las
casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas,
de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se
enciende en mis venas.
Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y
otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las
fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con
violencia acaba siempre por matarlo a uno.
Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender
el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer -¿fue ayer?- Sí, sin duda, a no ser que
haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues
el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde
cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo...? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca?
El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía,
bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los
bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado
en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un
auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire
ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces
allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches
claras son más alegres que los días de sol espléndido.
En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba
o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta
claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel
choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la
enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la
melancolía de esta claridad falsa y cruda.
Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés
concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz
amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas
eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos
del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad
nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las
guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la
larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de
fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados
al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen
soñar e imaginar.
Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un
extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa,
un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del
Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían
lentamente en el cielo.
Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario,
algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche,
que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba
desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches
de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que
parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía
hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y
coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso
uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento
de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se
iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban
de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego,
blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.
Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de
nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo
algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto,
tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí,
pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche
tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de
oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa
como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la
tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la
Place du Château-d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar
conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso
desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó
un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no
respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.»
Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el
Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del
suelo. Le pregunté:
-¿Amigo, qué hora es?
-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.
Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas
estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes
del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...
«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos
encontré vida».
Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba
lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle
Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja
que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo
lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado
junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus
ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan
pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni
siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy
a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada,
aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era?
Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza
mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me
encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando
las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin
llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más
profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un
tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un
hambre horrible.
Me decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de
cobre, que sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este ruido
vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la
puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.
Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte
veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se
despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o
apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas
las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles.
Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un
hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado,
muerto.
Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios
mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿Quién me diría la
hora?
Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos.
Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.»
Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni
siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de
un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un
coche, nada.
Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del
río.
¿Corría aún el Sena?
Quise saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la
corriente bajo los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena...
el fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría,
fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.
Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir...
y que iba a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.
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