jueves, 18 de octubre de 2018

Hora terminal de Alfonso Orejel


              

                                                                     U N O

           La luz gotea desde las ramas del cerezo. Un viento suave mueve sus hojas. Por la persiana se desliza, tímido, el brillo de la mañana. Sobre la cama yace el enfermo respirando pausadamente. Tiene los ojos hundidos. Su vena atada a la sonda que le alimenta un líquido amarillento.  Mangueras lo abastecen del oxígeno que sus pulmones débiles no pueden inhalar.  La boca se halla entreabierta y le da un aspecto de pez muriendo de asfixia.  Desde el extremo de la cama lo observa detenidamente. La mirada se humedece al cerciorarse de su lenta caída hacia la muerte.
          Sabe que son sus últimas semanas, tal vez, días. El deceso es inminente   y llegará tarde o temprano. Los doctores lo han vaticinado. El cáncer avanza minando su estructura interna, los tejidos se están volviendo polvo, y, por ello, no tardará en derrumbarse.
          Desde hace tres días se ha convertido en el vigía que lo ve partir hacia la nada. Los artefactos a los que está conectado, el suministro de inyecciones, las revisiones periódicas de su presión arterial y los lavados de pulmón parecen infructuosos para detener la enfermedad. No hay mejoría  y él se desespera al contemplar el estado  en que se encuentra.  
          Mira el reloj. En cualquier momento pasará la enfermera a aplicarle el medicamento. Se hará a un lado para no estorbar la maniobra. Se recogerá en un rincón y quizás aproveche su presencia  para ir al baño. El escalofrío lo posee mientras mira hipnotizado el chorro ruidoso cayendo en el ojo del excusado.
        Lleva dos días en el hospital del Seguro Social y su estancia en la ciudad se prolongará seguramente una semana más. El neumólogo pronosticó el fin en ese lapso aproximado. En la empresa en que  labora le dieron un permiso indefinido. No todos los días se va a morir nuestro padre, comentó con torpe cortesía el gerente quien sabe que la institución se enaltece con ese tipo de generosidades.

        Está triste. La tristeza que nace de manera natural de una relación cálida con aquel hombre que lo quiso y protegió desde su infancia. Un padre bueno, silente y afable que tuvo que trabajar el doble cuando su madre murió, en plena adolescencia. Lo recuerda por aquellas mañanas cuando salían a pescar y nunca capturaban algún pez importante pero para quitarse el sabor del fracaso pasaban por el mercado y adquirían un pargo o una lobina enorme. – ¡No íbamos a regresar a casa sin un pez!, decía con buen humor. Sonríe. Otra enfermera pasa frente a él y le devuelve la sonrisa.
       Vuelve al área de terapia intensiva. La enfermera ha realizado su trabajo.
        - Gracias, señorita.
        - Si se le ofrece algo llámeme.
      No distingue signo alguno de mejoría en el rostro demacrado del enfermo. Le preocupa la expresión dolorosa de sus gestos fugaces. Aquel sufrimiento le pertenece de algún modo. Sabe que el dolor ha maniatado su cuerpo. Imagina como el  cáncer va royendo su entraña, silenciosa e inexorablemente. Su pecho es un manantial intermitente del que  mana un dolor agudo que apenas se expresa en esos ayes que resbalan por la comisura de sus labios.
     Lo ha visto mover, desesperado, la cabeza, una y otra vez,  por el lento efecto de las medicinas, agobiado por esta fuerza que ciñe su entraña y que no cede. Se levanta de la silla para decirle  a la enfermera que le aumente la dosis de analgésicos para mitigar el dolor. Se angustia al extremo de suplicarle al doctor que  se encuentra de guardia que haga un poco más por él.
      -No se preocupe. Así es esto. Tómelo con calma. Su papá siente dolor pero  es el mínimo, créame.  Hacemos todo lo posible por reducirlo a su nivel más bajo. Pero si sigue inquieto le administraremos un sedante más fuerte. No se preocupe.
      Lo escucha, asintiendo con la cabeza.  Mira su blanca silueta perderse en el fondo del pasillo.

      Anochece. Desde las lámparas fluye una luz temerosa que palpa con lentitud el rostro de los enfermos. Se acerca a su padre. Acaricia su frente blanca que parece más amplia por la calvicie de los sesenta años. El cabello tan delgado como escaso es dócil ante los dedos que intentan peinarlo con suavidad. Tres grietas pronunciadas cruzan la planicie de esa frente de un extremo a otro. Bajo la nariz recta se halla un bigote que de manera natural se alinea brindándole una extraña dignidad a su cara decrépita.
      Su padre se mantiene imperturbable. Busca en su cara un signo de aprobación que lo reconozca, un mínimo movimiento afectivo que le permita saber que su estancia tiene sentido. Pasan las horas, los días y aún no encuentra esa señal. Deberá tener mayor paciencia. Al fin de cuentas es su padre y la enfermedad no es una elección.
 
      Había llegado con el propósito de acompañarlo en sus momentos últimos. Hacía cuatro años que no tenía contacto con él. Aproximadamente desde que se divorció. Ambos vivían solos y nadie hizo lo propio para acercarse al otro.
        Sin embargo, él, como hijo, se sentía culpable. Por eso pagaría con el tiempo necesario aquel olvido. Esta era una buena ocasión para reivindicarse aunque aquél no estuviera consiente de ello. Pero no tardaría en abrir los ojos y enterarse de su presencia.
        De ser necesario, lloraría todas las lágrimas que ha contenido durante estos años. Al fin de cuentas, los lazos de sangre mantienen un vínculo profundo, misterioso. Y de ese vínculo nacía aquella fuerza misteriosa que lo impulsaba a permanecer a su lado hasta el momento que fuera necesario. Estar a su lado le complacía. Era una demostración notable de afecto. Un ejercicio silencioso de sacrificio por el prójimo.

        En aquel pabellón hay una larga fila de camas donde los enfermos terminales son atendidos por el personal médico, a quien impulsa más un sentimiento de compasión que la certeza de que la ciencia podrá  hacer algo por ellos.
         En todos y cada uno, las esperanzas de recuperación son remotas. Pero el hospital, en un alarde de innecesaria humanidad, los trata infructuosamente de arrebatar a la muerte.
         Hacia la derecha un hombre 40 o 50 años languidece quejándose por el dolor que le atraviesa el vientre. Su madre, una anciana pequeña, envuelta en un rebozo gris, le limpia el sudor que tiene en su frente y le trata de dar consuelo. Aunque son inútiles para sofocar el dolor, los movimientos de sus manos son delicados y transmiten un amor discreto y silencioso. El enfermo huele mal por la diálisis a que está sujeto su cuerpo. A la señora no parece importarle aquello.

         Del otro lado se halla una mujer de mediana edad a quien le ha sido diagnosticado cáncer en los huesos. Está inmóvil. Sedada. Nadie la acompaña. Más allá se multiplican las camas de otros enfermos en condiciones similares. Este es el pabellón de los enfermos  condenados al cadalso, de aquellos que avanzan en el trampolín que los conduce al fin y sólo les falta dar el último paso. Este es pasillo que su padre camina con los ojos cerrados.
         La anciana absorta en la tarea de atender a su hijo cumple con la encomienda de vigilar la evolución de su salud. Después de acomodar la almohada, de alisar la sábana y cubrirlo hasta la cintura con la manta blanca, se sienta en la silla de Pepsi metálica y levanta la bolsa de ixtle para hurgar en ella. Saca un rosario con eslabones de plástico. Se acomoda el rebozo sobre la cabeza y, ajena a la gente que está alrededor, empieza a rezar.
          Apenas un susurro resbala por su boca, como una queja, como un tímido lamento. La voz tiembla en sus labios. Los ojos se concentran en los puños que juguetean con las perlas. Él admira su devoción, la cándida confianza con que ofrece su voluntad a esa fuerza superior. La envidia. Aprieta la mano de su padre y  cierra los párpados por unos instantes.
                                        
         
D O S

          - Papá...papá... Aprieta con ambas manos la mano inerte del anciano. Le habla con suavidad, como lo ha hecho tantas veces. Con cierta dosis de ternura, esperando una reacción. Nada ocurre. Le mira la cara enjuta, los vellos en la barbilla creciendo irregularmente, los ojos perdiéndose cada vez  más en la cavidad que los aloja, la piel untándose a los huesos, la manzana en la garganta más visible que nunca.
        Conoce ese rostro a fuerza de estarlo viendo con detenimiento durante estos meses. Ha aprendido a distinguir los cambios más imperceptibles que ocurren en él. Cuando la morfina entra en sus venas, cuando recibe el suero con nutrientes, cuando descansa plácidamente o cuando duerme atormentado.
       Se sienta. Echa un vistazo al reloj que pende de la pared de la estación de  enfermeras. Es un vistazo innecesario. Lo sabe. Da lo mismo saber la hora que no. Escucha el ruido del agua que cae sobre los utensilios de metal que emplean. Los mueven como trastos sucios. Le molesta. Suenan las ruedas  herrumbradas de una camilla que sale del pabellón  con  otro paciente menos. Lo llevan a la morgue para entregarlo a sus familiares. Así ha sucedido desde que llegó. Perdió la cuenta cuando iba más de 50. Entran los pacientes moribundos y en pocos días o semanas salen muertos.
         Es un ciclo lógico que no parece acatar su padre. Tiene la vaga impresión de que se hace el disimulado para evadir la partida. Lo ve de nuevo. Parece dormir. Sospecha que de algún modo emplea artilugios para mantenerse respirando. En ocasiones voltea de repente para ver si observa en su cara una sonrisa fugaz. Ignora si lo escucha, si desde sus párpados a veces temblorosos puede partir una mirada. Tiene ganas de identificar esa señal para saber que su presencia tiene sentido. Ha pasado tanto tiempo y se desespera sin recibirla.
      Su padre se halla arropado ahora  por la consentida promiscuidad de los enfermos. Un olor acedo emana de su piel, el aliento es fétido. Siente ahora una profunda repugnancia. Un gran desprecio que apenas alcanza a disimular. Es natural, sus órganos funcionan torpemente, la conciencia parece abandonar aquel cuerpo y éste empieza a pudrirse de manera inevitable. Sin embargo, con cuidado, limpia el sudor que aparece en su cara. Hace  demasiado calor en este sitio donde el hacinamiento humano y la indiferencia de las enfermeras compiten con rabia.
         Antes trataba de soportar ese olor sin protestar porque le parecía una canallada condenarlo, rechazarlo. Como si con esa actitud estuviera negándose a aceptar la custodia de su progenitor enfermo. Abrumado por una circunstancia de la que no era responsable él. Por eso, para castigarse, en ocasiones respiraba hondo, tratando de llevar aquel olor a los rincones más íntimos de sus pulmones.
          Ahora era diferente. Aquel amasijo de malos olores le producía una repugnancia enorme. Solía hacer largas caminatas por la sala para evitar aquel olor que penetraba en su nariz pero otros enfermos se hallaban en condiciones similares. Miraba algunos crucifijos encima de las camas. Testigos de ojos petrificados. ¡Le parecían tan inútiles! Cada enfermo iba muriendo poco a poco, cada uno parecía avanzar al patíbulo dócilmente, bajo la mirada indolente de aquellos Cristos.

          Conoce la cantidad de mosaicos que tiene a lo largo este pabellón, las leves grietas que tienen las paredes, las llaves de oxígeno en mal estado, los rostros y las corpulencias de las enfermeras. Ha caminado tantas veces por aquí. Al final hay una ventana que da hacia el jardín en la planta baja de este edificio. Siempre está solo y solamente sirve como un espacio que separa los dos módulos del hospital.
           Observa un pájaro que picotea el pasto. A pesar de ser negro y de  patas largas, con  los ojos feos y el pico rústico, tiene cierta gracia, salta de un lugar a otro. No encontró alimento y decide largarse. Alza las alas delgadas y emprende el vuelo. La superficie verde queda de nuevo despoblada. Al menos ese pájaro tiene las agallas para marcharse. ¡Qué alegoría más barata para explicar su reclusión!

          El invierno ha desnudado los pocos árboles que alargan sus ramas hasta el segundo piso. El viento helado agita las pocas hojas que han quedado en ellas. El pabellón se mantiene a una temperatura estable por la calefacción.
          Los familiares de los nuevos enfermos que ingresan al hospital visten suéteres o abrigos para enfrentar el frío. Algunos padecen de gripe o catarro y se sacuden la nariz repetidamente. Las hondas gélidas atraviesan la ciudad. Los días duran menos y las noches se prolongan.
          Escucha risas en la estación. Dos enfermeras conversan animadamente mientras gesticulan con discreción. No se molesta. Al contrario, le gusta escuchar de nuevo el sonido de las carcajadas. Ya se estaba acostumbrando a no hacerlo. Hace tanto que no ríe de esa manera.
         Cuando sale a la casa de su padre  –una casa austera, pequeña y con pocos utensilios domésticos- para asearse o dormir acostado algunas horas, sospecha que su padre aprovechará la oportunidad para morirse y tenerle esa buena noticia al regresar de nuevo al hospital. Pero no se queda mucho tiempo en ella. Le incomoda su estrechez y frialdad. Es la habitación de un solitario. Semejante a la suya.
          Prefiere volver porque al menos en el hospital su presencia tiene algo de heroísmo. Su padre en  cualquier momento puede abrir los ojos, identificarlo y después morir. Solamente necesita ese instante para justificarlo todo. No espera más. Por la ventana que se localiza a un costado de la última cama, justo a la derecha de aquella donde yace su papá, el cerezo cobra una apariencia de fragilidad con sus ramas completamente desnudas.  

T R E S

          Escucha el martilleo. Tac-tac, tac-tac, tac-tac. Es incesante. Cada golpe es idéntico al siguiente y al anterior. Tac-tac, tac-tac, tac-tac. Cada segundo cae al mismo ritmo. Un ritmo monótono, seco, uniforme. Cada segundo tiene la misma factura, la misma composición. Caen y caen y no cesan de caer. Y en el nicho del oído está el punto donde éstos se sumergen. Segundos herméticos, puntuales, perfectos. Segundos que suceden unos a otros con una disciplina extrema, con un frenesí desquiciante, rígidos,  impasibles, insensatos. Lentos. Sádicamente lentos. Bajo la servidumbre de un tiempo que no  se sacia nunca. De un tiempo que los aletarga para prolongar la agonía.

         El tiempo que transcurre sin la menor prisa, que respira con la mínima frecuencia para exaltar sus sentidos. El tiempo despiadado que aumenta el volumen del golpeteo  de aquellos segundos  insaciables e indolentes. Estos segundos que han perforado su paciencia, que lo sacan de quicio y no tardarán en enloquecerlo.

Levanta la cabeza y mira el reloj blanco con manecillas negras del que saltan esos segundos, colgado, en aparente inocencia, sobre la pared.

          Se lleva la mano a la barbilla. Acaricia los vellos que la cubren con una capa delgada de felpa obscura. Desde hace algunas semanas decidió no rasurarse más. Es un  buen momento de mostrar su descontento. Su propia ropa está descuidada y sucia. Su aspecto tiene los evidentes signos del abandono.

         Han pasado seis meses y ya está harto de esperar. A  estas alturas ya lo habrán despedido del trabajo. Se cansó de estar renovando el permiso y tal vez el dueño de la empresa buscó algún suplente. Un moribundo con buenos modales se moriría en un lapso prudente, no abusaría de la paciencia de los demás. Pero su padre parece ignorar tales reglas de cortesía.
          Desea huir, alejarse de aquella entidad enferma, emisora de quejidos tenues y respiraciones entrecortadas. Aquel hombre que solía abrazarlo de niño, pasar la palma abierta sobre su cabeza y alentarlo a golpear el balón con fuerza se había convertido en una masa informe, incapaz de expresar emoción y sentimiento alguno.
          La esperanza de identificar a ese padre a través, al menos, de una  mirada, de un apretón de manos o una sonrisa se desvanecía. Su cuerpo era un vegetal, un tronco pudriéndose, un ser al que habían arrancado de raíz el alma. No, ese  sujeto no puede ser su padre. Es una cáscara vacía que el viento no tardará en derribar definitivamente. Quedarse a su lado no tiene ya sentido.
         Se ha cansado de mirarlo morir sin prisa, tomándose todo el tiempo del mundo para hacerlo.  Y le molesta su necedad, su renuencia a entregarse al fin. A pesar de que los enfermos que  lo han acompañado durante esos largos meses en esa travesía ya se han marchado, convencidos de la inutilidad de vivir con el dolor a cuestas.
       Pero su padre no parece darse por enterado. Cuantas veces lo ha observado fingiendo indiferencia o desdén ante el deceso de los otros, sus compañeros, sus semejantes. Como si continuar resistiendo el embate del  cáncer fuera heroico. Intuyendo en su somnolencia que esa vida que sostiene con un hilo vale la pena seguirla viviendo.

          El tedio, como un cáncer más temible, lo ha invadido. El tedio es un sopor que impregna el ambiente, penetra en los huesos y debilita la voluntad. Es el transcurrir anodino de las horas bajo el dominio de un letargo que embota los sentidos. Contempla la lentísima muerte de su padre y se desespera. Porque su  demorado deceso no encuentra desenlace. La espera se alarga innecesariamente. Bosteza una y otra vez. Su boca exhala quejidos. Él lo ve y en su propia boca nace un bostezo que se agranda hasta el límite. ¡Es tan aburrido verlo morir!
         Una desesperación sorda, inexpresable, hace presa de él. ¡Por cuánto tiempo ha vivido esta rutina circular, idéntica a sí misma, desprovista de intensidad o tensión dramática!

          Las enfermeras pasan, llevando las inyecciones, los sueros, las sábanas. El golpe de sus zapatos de goma en el piso es igual al de todos los días. Su voz, sus desplazamientos, sus gestos, los mismos. Los enfermos terminales articulan sus quejidos, respiran apresuradamente y se envuelven en silencios dolorosos.
         En infinitas ocasiones ha visto repetirse este comportamiento. Está harto. Está aburrido. Ha pensado en todos sus asuntos, le han dado vuelta por la cabeza tantos recuerdos, ha agotado todos los temas que ya no tiene más en que concentrarse. Se deja llevar por esta marea  somnolienta.
          Abre los ojos. Ve a su alrededor. Los enfermos y su quejumbre, los crucifijos sobre las camas, los pasos de las enfermeras, los sueros colgados de los percheros, el llanto de los dolientes. La terquedad de su padre en mantenerse vivo. Su grandiosa ingratitud. ¿No eran ya suficientes los 200 días que había pasado a su lado? ¿No le bastaba su sacrificio?
       Tal vez aquella obstinación por mantenerse respirando nacía de algún rencor que no alcanzaba a vislumbrar. Esta enfermiza espera obedecía a un ajuste de cuentas con su propio hijo. Por supuesto que hasta ese momento lo sabía.
         Claro, no se había dado cuenta de ello: su agonía silenciosa era un acto premeditado para  arrancarlo de su vida hecha, para joderlo. Era de tal magnitud el rencor que, aún dominado por la inconsciencia, era capaz de infringirle ese daño. Porque se moría y se moría y se no acababa – por su puta madre – de morir.
          Suspira profundamente y mira su semblante pálido, el cuerpo flaco, la cama revuelta, la ventana, las ramas reverdeciendo, el aire de primavera moviendo las hojas, el cerezo –ensimismado- abriendo sus flores de pétalos rojos, coloreados por la luz solar.  Cierra los ojos.              


lunes, 1 de octubre de 2018

El huevo. Howard Fast


Fue un hecho afortunado, como lo reconocieron todos, que Souvan estuviera a cargo de las excavaciones –167-arco II, porque aunque era un arqueólogo de segundo orden, su hobby o afición lateral era las excentricidades de las ideas sociales de la segunda mitad del siglo veinte. No era simplemente un historiador, sino un estudioso cuya curiosidad lo llevó por los pequeños atajos olvidados por la historia. De otra manera, el huevo no hubiera recibido el tratamiento que tuvo.
La excavación tenía lugar en la parte norte de una región que en tiempos antiguos se había llamado Ohio, perteneciente a un ente nacional conocido como Estados Unidos de América en aquel entonces. Había sido una nación tan poderosa que había resistido tres incendios atómicos antes de desintegrarse, y por eso era más rica en tesoros enterrados que cualquier otra parte del mundo. Como lo sabe cualquier escolar, fue sólo en el siglo pasado que logramos llegar a entender las antiguas costumbres sociales de las últimas décadas de la era anterior. No es muy fácil superar una brecha de tres mil años, y es muy natural que la edad de la guerra atómica esté más allá de la comprensión de los seres humanos normales.
Souvan había pasado años de investigación calculando el lugar exacto para la excavación, y aunque nunca lo había declarado públicamente, no estaba interesado en refugios atómicos sino en otra manifestación de aquella época, una manifestación olvidada. Habían sido tiempos de muerte (el mundo no había visto antes tantas muertes), y por eso habían sido tiempos en que se había tratado de conquistar la muerte, mediante curas, sueros, anticuerpos, y mediante algo que le interesaba a Souvan de manera especial: el método de congelación.
A Souvan le interesaba sobremanera la cuestión de la congelación. Según sus investigaciones, parecería que al comenzar la segunda mitad del siglo veinte, se habían congelado órganos humanos así como también animales enteros. Los más simples habían sido descongelados y revividos. Algunos médicos habían concebido la idea de congelar a seres humanos que padecían enfermedades incurables, manteniéndolos luego en hibernación hasta que se hubiera descubierto la cura de la enfermedad en cuestión. Para entonces, en teoría, se los reviviría para curarlos. Si bien sólo los ricos aprovecharon las ventajas del método, fueron varios cientos de miles de personas las que lo utilizaron (no se conocía a ciencia cierta si alguien había sido revivido y curado), y los centros construidos a tal efecto fueron destruidos por los incendios y los siglos de barbarie y salvajismo.
Sin embargo, Souvan había hallado una referencia a uno de esos centros, construido durante la última década de la era atómica. Era subterráneo y aparentemente tenía compresores accionados por energía atómica. Los años de trabajo e investigación estaban a punto de dar fruto. Habían hundido el socavón a unos cien pies dentro de la materia como lava que estaba al sur del lago, y ya habían llegado a las ruinas de lo que parecía ser la instalación que buscaban. Ya habían penetrado en el antiguo edificio y ahora, armados con poderosos reflectores, picos y palas, Souvan y los estudiantes que lo ayudaban caminaban por las ruinas, pasando de habitación en habitación y de sala en sala.
Sus investigaciones y cálculos no lo habían defraudado. El lugar era precisamente lo que había esperado: un instituto para la congelación y preservación de seres humanos.
Entraron en todas las cámaras donde estaban apilados los ataúdes. Parecían las catacumbas cristianas de un pasado remotísimo. La energía que impulsaba los compresores se había detenido hacía tres milenios y hasta los esqueletos dentro de los ataúdes se habían convertido en polvo.
–Ahí termina el sueño de la inmortalidad del hombre –pensó Souvan, preguntándose quiénes habrían sido esos pobres diablos y cuáles habrían sido sus últimos pensamientos antes de ser congelados para desafiar lo más ineludible del universo, el tiempo mismo. Sus estudiantes charlaban excitados, y si bien Souvan sabía que su descubrimiento sería recibido como uno de los más importantes de su tiempo, se sentía profundamente decepcionado. Él había esperado encontrar algún cuerpo bien preservado en alguna parte, y con ayuda de la medicina, al lado de la cual la del siglo veinte había sido bastante primitiva, volverlo a la vida y así obtener un informe directo de esas misteriosas décadas en que la raza humana, en un ataque de locura generalizado en el mundo entero, se había vuelto contra sí misma destruyendo no sólo el 99 % de la humanidad sino también todas las formas de vida animal existente. Sólo habían sobrevivido datos muy incompletos de las formas de vida de esa época, mucho menos de los pájaros que de otros animales, a tal extremo que las maravillosas criaturas aéreas que surcaban los vientos del cielo eran parte integrante de mitos más que de la realidad histórica.
El sueño dorado de Souvan, ahora destrozado, había sido encontrar un hombre o una mujer, un ser humano que hubiera sido capaz de arrojar luz sobre el origen de los incendios provocados por las naciones de la Tierra para destruirse entre sí. Por todas partes se veían importantes trozos de esqueletos que permanecían intactos, como un cráneo que presentaba un maravilloso trabajo de restauración en la dentadura (Souvan quedó impresionado por la eficiencia técnica de los antiguos), un fémur, un pie, y en un ataúd encontró un brazo momificado, lo que lo sorprendió. Todo esto era fascinante e importante, pero nada si se lo comparaba con las posibilidades inherentes a su sueño destrozado.
No obstante Souvan inspeccionó todo con gran cuidado. Condujo por las ruinas a sus estudiantes, y no se perdieron nada. Examinaron más de dos mil ataúdes, en los que no encontraron más que el polvo de la muerte y del tiempo.
Pero el sólo hecho de que la instalación hubiera sido construida a tal profundidad sugería que pertenecía a la última parte de la era atómica. Indudablemente los científicos de la época se habrían dado cuenta de la vulnerabilidad de la energía eléctrica cuyo origen no fuera atómico, y a menos que los historiadores estuvieran equivocados, ya se utilizaba la energía atómica para la producción de electricidad.
Pero, ¿qué clase de energía atómica? ¿Cuánto tiempo podría funcionar? ¿Dónde había estado la planta de energía? ¿Utilizaban el agua como agente refrigerante? En ese caso, la planta de energía estaría en la ribera del lago, ahora convertida en vidrio y lava. Posiblemente no habían llegado a descubrir cómo se construía una unidad atómica autónoma capaz de producir energía por lo menos para cinco mil años. Si bien no habían encontrado una planta así en ninguna de las ruinas, había que considerar que la mayor parte de la civilización antigua había sido destruida por los incendios y por eso sólo habían sobrevivido fragmentos de su cultura.
En ese momento de sus meditaciones fue interrumpido por el alarido proferido por uno de sus estudiantes, cuya tarea era detectar radiaciones.
–Tenemos radiación, señor.
No era extraño en una excavación a bajo nivel, pero muy inusual a esa profundidad.
–¿Cuánto?
–De 003. Muy baja.
–Muy bien –dijo Souvan–. Guíenos, proceda lentamente.
Sólo faltaba examinar un recinto, una especie de laboratorio. ¡Qué extraño cómo los huesos perecían pero sobrevivían la maquinaria y los equipos! Souvan caminaba detrás del detector de radiaciones, y detrás de él todos los otros, desplazándose con gran lentitud.
–Es energía atómica, señor, ahora 007, todavía inofensiva. Creo que ésa es la unidad, la que está en el rincón, señor.
Del rincón se oía un murmullo muy débil.
Había una gran unidad sellada conectada por un cable a una caja de unos treinta centímetros cuadrados. La caja, construida de acero inoxidable, en partes todavía brillante, emitía un sonido apenas audible.
Souvan se volvió a uno de sus discípulos.
–Análisis de sonido, por favor.
El estudiante abrió una caja que llevaba, la puso sobre el suelo, ajustó los diales, y leyó los resultados.
–Es un generador –dijo, excitado–. Activado por energía atómica, más bien simple y primitivo, pero increíble. No demasiada energía, pero constante. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
–Tres mil años.
–¿Y la caja?
–Presenta algunos problemas –dijo el estudiante–. Parece que hay una bomba, un sistema de circulación, quizás un compresor. El sistema está funcionando, lo que indicaría que hay refrigeración en alguna parte. Es una unidad sellada, señor.
Souvan tocó la caja. Estaba fría, pero no más fría que los demás objetos metálicos que había en las ruinas. Bien aislado, pensó, maravillándose nuevamente del genio técnico de esos antiguos.
–¿Qué porcentaje –preguntó al estudiante– estima que está dedicado a la maquinaria?
El estudiante volvió a tocar los diales y estudió las agujas de su detector de sonido.
–Es difícil decirlo, señor. Si quiere algo aproximado, yo diría que un ochenta por ciento.
–Así que si contiene un objeto congelado, debe ser muy pequeño, ¿verdad? –preguntó Souvan, tratando de que no se notara que le temblaba la voz de ansiedad.
–Muy pequeño, sí señor.
Dos semanas más tarde Souvan habló por televisión. Habló para la gente. Con el final de los grandes incendios atómicos de hacía tres mil años se habían terminado las razas y los idiomas. Las pocas personas que sobrevivieron se juntaron y se casaron entre sí, y de todas las lenguas salió una sola. Con el tiempo se propagaron a los cinco continentes de la Tierra.
Ahora había medio billón de habitantes. Volvía a haber campos de trigo, huertos y bosques, y peces en el mar. Pero no existía el canto de los pájaros ni el grito de ninguna bestia, porque ni bestias ni pájaros habían sobrevivido.
–“Sin embargo, algo sabemos acerca de los pájaros.” –dijo Souvan, un poco nervioso porque era la primera vez que hablaba por el circuito mundial. Ya les había contado acerca de sus cálculos, la excavación y el hallazgo.
–"No es mucho, desgraciadamente, porque no ha quedado ninguna imagen ni representación de un pájaro. Pero durante nuestras investigaciones hemos tenido la suerte de encontrar algún libro que mencionaba a los pájaros, o un verso, una referencia en una novela. Sabemos que su hábitat era el aire, que volaban sobre alas extendidas, no como vuelan nuestros aviones impulsados por sus chorros atómicos, sino como nadan los peces, con belleza y gracia. Sabemos que algunos era pequeños, otros muy grandes, y sabemos también que estaban cubiertos por una pelusa que llamaban plumas. Pero cómo era exactamente un ave o una pluma o un ala, eso no lo sabemos, fuera de la imaginación de nuestros artistas, que tantas veces han imaginado a los pájaros.”
–"Bien, en el último cuarto que examinamos en el extraño lugar de resurrección construido por los antiguos en América, en la única célula de refrigeración que todavía funcionaba, descubrimos una cosita ovoide que creemos que es el huevo de un pájaro. Como saben, existe una disputa entre los naturalistas; algunos sostienen que no es posible que una criatura de sangre caliente se reproduzca por medio de huevos, otros dicen que sí, que es igual que los insectos y los peces, pero esa disputa no ha sido resuelta todavía. Muchos hombres de ciencia de gran reputación creen que el huevo del pájaro era simplemente un símbolo, un símbolo mitológico. Otros sostienen con igual firmeza que los pájaros se reproducían poniendo huevos. Quizá podamos por fin resolver esta disputa.”
–"De cualquier modo, ahora verán el dibujo de un huevo"
En las cámaras de televisión apareció una cosa pequeña, de una pulgada de largo, y toda la gente de la Tierra la miró.
–"He aquí el huevo. Lo hemos sacado de la cámara de refrigeración con el mayor de los cuidados, y ahora está en una incubadora que le hemos construido especialmente. Hemos analizado todos los factores que podrían indicarnos cuál sería el calor adecuado, y ahora que hemos hecho todo lo posible, debemos esperar. No tenemos idea de cuánto tiempo llevará la incubación. La máquina que se usó para congelarlo y mantenerlo fue probablemente la primera de su tipo que se construyó (tal vez la única), y seguramente se planeaba congelar el huevo por un período muy breve, quizá para comprobar la eficacia de la máquina. Sólo podemos tener esperanzas de que, tres mil años después, quede un germen de vida".
Pero Souvan tenía mucho más que esperanzas. El huevo había sido puesto bajo el cuidado de una comisión de naturalistas y biólogos, pero como él había sido su descubridor, Souvan podía estar presente en todo. Ni sus amigos ni su familia lo veían. Vivía en el laboratorio, comía y dormía allí. Las cámaras de televisión, fijas sobre el minúsculo objeto en la incubadora de vidrio, informaban en la hora de su progreso a todo el mundo. Souvan, junto con la comisión de científicos, no podían apartarse del lugar. El arqueólogo se despertaba y en seguida recorría los silenciosos corredores para ir a mirar el huevo. Cuando dormía, soñaba con el huevo. Observó cientos de dibujos hechos por artistas sobre pájaros, y recordó antiguas leyendas de seres metafísicos llamados ángeles, preguntándose si no habían tenido origen en alguna especie de pájaro.
Él no era el único cuyo interés era fanático. En un mundo sin fronteras; sin guerras ni enfermedades, casi sin odio, no había sucedido nada tan excitante como el descubrimiento del huevo. Millones y millones de personas observaban el huevo en sus televisores. Millones soñaban con lo que podría llegar a convertirse.
Y luego sucedió. A los catorce días Souvan fue despertado por uno de los ayudantes del laboratorio.
–¡Está saliendo del cascarón! –exclamó–. ¡Venga, Souvan, que está saliendo!
Todavía en su ropa de dormir, Souvan corrió al cuarto de la incubadora, donde ya estaban reunidos los naturalistas y los biólogos junto a la máquina. En medio de las voces se oía el ruego de los camarógrafos pidiendo más espacio para la imagen. Souvan los ignoró, abriéndose paso para ver.
Estaba sucediendo. Ya la cáscara estaba agrietada, y mientras observaba vio un pequeño pico que se abría paso, seguido de una bolita de plumas amarillas. Su primera reacción fue de gran desilusión. ¿Así que éste era un pájaro? ¿Esta minúscula e informe bolita de vida parada sobre dos patas que apenas si podía caminar, y que evidentemente era incapaz de volar? Luego su entrenamiento científico lo hizo razonar asegurándole que el infante no necesariamente se parece al adulto, y que el hecho de que emergiera vida de un antiguo huevo congelado era el milagro más grande que hubiera presenciado.
Ahora se hicieron cargo de todo los naturalistas y los biólogos. Ya habían determinado, recomponiendo todos los fragmentos de información que poseían, y utilizando el ingenio, además, que la dieta de la mayoría de los pájaros debía haber consistido de raíces y de insectos, y ya tenían preparado todas las variaciones posibles de dietas, listos para ver cuál era la mejor para el velloncito amarillo. Trabajaron siguiendo el instinto pero también rezando, y por suerte hallaron una dieta adecuada.
Durante las semanas siguientes el mundo y Souvan observaron la cosa más maravillosa, el crecimiento de un polluelo que llegó a convertirse en un hermoso pájaro cantor. Lo trasladaron de la incubadora a una jaula y luego a otra jaula más grande, y luego un día extendió las alas e hizo el primer intento para volar.
Casi medio billón de personas gritaron de alegría, pero nada de esto sabía el pájaro. Cantó, débilmente al principio, luego cada vez con más fuerza. Hizo sus trinos, y el mundo escuchó con más interés que el que prestaba a sus grandes orquestas sinfónicas.
Construyeron una gran jaula de, treinta pies de alto, cincuenta de largo y cincuenta de ancho, y colocaron la jaula en el medio de un parque, y el pájaro volaba y cantaba dentro de la jaula como si fuera una veloz bola sonora.
Millones de personas iban al parque a ver el pájaro con sus propios ojos. Atravesaban los continentes y los anchos mares. Llegaban de todos los confines de la Tierra para ver el pájaro.
Quizás algunos de ellos sintieron que les cambiaba la vida, así como Souvan sintió que su vida había cambiado. Vivía ahora con los sueños y recuerdos de un mundo que había existido, un mundo en el que esos bailarines plumados eran cosa de todos los días, en el que el cielo estaba lleno de sus formas que planeaban, se precipitaban y bailaban. Vivir con ellos debe haber sido un goce sin fin. Verlos desde la puerta de la casa, observarlos, oír sus trinos de la mañana hasta el atardecer debe haber sido un éxtasis. Iba a menudo al parque (tan a menudo que interfería con su trabajo), se abría paso entre las inmensas muchedumbres hasta que se acercaba y podía ver el rayito de sol que había regresado al mundo desde la inmensidad de los tiempos y un día; parado allí, miró la lejanía azul del cielo y supo lo que debía hacer.
Era una figura de fama mundial, así que no le fue difícil que el Consejo le diera audiencia.
Parado ante el augusto cuerpo de cien hombres y mujeres que administraban todo lo relacionado con la vida en la Tierra, esperó hasta que el presidente del consejo, un venerable viejo de barba blanca y más de noventa años, le dijo:
–Te escuchamos, Souvan.
Estaba nervioso, intranquilo, pero sabía qué era lo que debía decir y juntó ánimos para decirlo.
–El pájaro debe ser puesto en libertad –dijo Souvan.
Se hizo un silencio que duró varios minutos, hasta que se puso de pie una mujer y le preguntó, no sin amabilidad:
–¿Por qué dices eso, Souvan?
–Quizá porque, sin querer ser egoísta, estoy en condiciones de decir que mi relación con el pájaro es especial. De cualquier manera, ha entrado en mi vida y en mi ser, dándome algo de lo que antes carecía.
–Posiblemente lo mismo nos pase a todos, Souvan.
–Posiblemente, y por eso sabrán lo que siento. El pájaro está con nosotros desde hace más de un año. Los naturalistas con los que he discutido creen que un ser tan pequeño no puede vivir mucho. Vivimos por amor y hermandad.
Damos porque recibimos. El pájaro nos ha dado el don más precioso, un nuevo sentido de la maravilla que es la vida. Todo lo que podemos darle en cambio es el cielo azul, para el que fue creado. Es por eso que sugiero que soltemos el pájaro.
Souvan se retiró y los consejeros se pusieron a hablar entre ellos, hasta que al día siguiente anunciaron al mundo su decisión. Iban a soltar el pájaro. La explicación que dieron fueron las palabras de Souvan. Así llegó un día, no mucho después, en que medio millón de personas se agolparon en las colinas y valles del parque donde estaba la jaula, mientras medio billón más miraba en sus televisores.
Había miles de largavistas enfocados sobre la jaula. Souvan no tenía necesidad de ellos, porque estaba junto a la jaula. Observó cómo corrían el techo de la jaula, y luego observó al pájaro.
Se quedó sobre la percha, cantando con todos sus bríos, mientras un torrente de sonidos brotaba de su pequeña garganta. Luego, de alguna manera, se dio cuenta de la libertad. Voló, primero dentro de la jaula, luego en círculos, elevándose cada vez más alto hasta que sólo fue un aleteo brillante de sol, y luego nada más.
–A lo mejor regresa –dijo alguien que estaba cerca de Souvan.

Extrañamente, el arqueólogo deseó que no fuera así. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero sentía una alegría y una plenitud que nunca había experimentado en su vida.




sábado, 15 de septiembre de 2018

La iglesia que había en Antioquía. Rudyard Kipling


Cuando Pedro vino a Antioquía,
yo me enfrenté a él cara a cara y le reprendí.
Carta de san Pablo a los gálatas 2:11
La madre, una viuda romana, devota y de alta cuna, decidió que al hijo no le hacía ningún bien continuar en aquella Legión del Oriente tan próxima a la librepensadora Constantinopla, y así le procuró un destino civil en Antioquía, donde su tío, Lucio Sergio, era el jefe de la guardia urbana. Valens obedeció como hijo y como joven ávido por conocer la vida, y en ese momento llegaba a la puerta de su tío.
—Esa cuñada mía —observó el anciano— sólo se acuerda de mí cuando necesita algo. ¿Qué has hecho?
—Nada, tío.
—O sea que todo, ¿no?
—Eso cree mi madre, pero no es así.
—Ya lo veremos.
—Tus habitaciones se encuentran al otro lado del patio. Tu… equipaje ya está allí… ¡Bah, no pienso interferir en tus asuntos privados! No soy el tío de lengua áspera. Toma un baño. Hablaremos durante la cena.
Pero antes de esa hora «Padre Serga», que así llamaban al prefecto de la guardia, supo por el erario que su sobrino había marchado desde Constantinopla a cargo de un convoy del tesoro público que, tras un choque con los bandidos en el paso de Tarso, entregó oportunamente.
—¿Por qué no me lo dijiste? —quiso saber su tío mientras cenaban.
—Primero debía informar al erario —fue la respuesta.
Serga lo miró y dijo:
—¡Por los dioses! Eres igual que tu padre. Los cilicios sois escandalosamente cumplidores.
—Ya me he dado cuenta. Nos tendieron una emboscada a menos de ocho kilómetros de Tarso. ¿Aquí también son frecuentes esas cosas?
—Veo que no tardas en adaptarte. No. No lo son; pero Siria es una provincia autónoma que depende directamente del emperador, no del Senado. Tenemos a un lado todo el Oriente libre, la escoria del Mediterráneo al otro, y la ciénaga de Judea al sur. Todo es posible en Siria. ¿Te agrada la perspectiva?
—Seguro… estando contigo.
—Se lleva en la sangre. Lo mismo los hombres que los caballos. Y ahora dime, ¿qué has hecho para afligir tanto a tu madre?
—Es mujer de principios antiguos. Sigue a la vieja escuela: rinde culto a los lares y a la estricta Trinidad latina. No creo que reconozca más dioses que a Júpiter, Juno y Minerva.
—Tampoco yo… oficialmente.
—Ni yo como funcionario, señor. Pero un hombre desea algo más y… y… lo que aprendí en Bizancio concordaba con lo que vi con la Decimoquinta.
—No digas más. Todas las legiones son iguales. ¿Quieres decir que sigues a Mitras?
El joven agachó ligeramente la cabeza.
—Eso no hace daño, hijo. Es una religión de soldados, aun cuando venga de fuera.
—Lo mismo pensé yo. Pero mi madre se enteró. No lo aprobaba y… supongo que ésa es la razón por la que estoy aquí.
—¡De la sartén a las brasas! ¡Así son las mujeres! El mitraísmo se ha propagado por toda Siria. Mi única objeción a las religiones de moda es que celebran sus reuniones cuando ya ha oscurecido, y eso significa más trabajo para la guardia. Tenemos aquí una escuela de hebreos contumaces que se hacen llamar cristianos.
—He oído hablar de ellos —afirmó Valens—. No hay una sola ceremonia o un solo símbolo que no hayan plagiado del ritual mitraico.
—¡Eso no es nuevo para mí! Las religiones forman parte de mi trabajo, y también lo serán del tuyo. Nuestros judíos combaten como escitas esta nueva fe.
—¿Y eso importa mucho?
—Mientras peleen entre ellos sólo tenemos que mantener el cerco. Divide y vencerás… sobre todo entre los hebreos. Incluso esos cristianos están ahora divididos. Uno de sus ritos es el de comer juntos.
—¡Otro plagio! La cena es para nosotros el símbolo esencial —interrumpió Valens.
—Para «nosotros» es el símbolo esencial de los problemas de tu tío, querido mío. Cualquiera puede convertirse al cristianismo. Los judíos pueden hacerlo, pero siguen viviendo bajo la Ley de Moisés (he tenido que estudiar también ese código maldito); todos sus actos se rigen por ella. Luego se sientan a celebrar un banquete del amor con los cristianos junto a un griego o a un occidental, que no matan ni corderos ni cerdos. ¡No! ¡No! Los judíos no tocan el cerdo, tal como estipula la Ley judía. Y entonces las mesas se vienen abajo, pero no por las carcajadas. ¡No! ¡No! ¡Disturbios!
—Eso es infantil —señaló Valens.
—Ojalá lo fuera. Pero mis lictores deben preservar el orden y yo me veo obligado a aceptar las declaraciones de los judíos que denuncian a los cristianos ante César como traidores. Si creyera sólo la mitad de las acusaciones que formulan sus rabinos, prendería cada semana a un puñado de pequeños y respetables comerciantes judíos por conspiración.
¡Nunca fíes tu decisión a las pruebas cuando se trate de los judíos! ¡Acabarás hasta la coronilla! Mañana tendrás que vértelas con ellos, cuando hagas la ronda del mercado en el Circo Menor. ¡Y ahora, que duermas bien! Llevo en esta frontera más de lo que nadie recuerda… por eso me llaman el Padre de Siria… y… ¡me complace ver de nuevo a un ejemplar de la vieja estirpe!
A la mañana siguiente, y por espacio de muchas semanas sucesivas, Valens entró de servicio en el mercado junto a un edil gordo que montaba en cólera cuando los tenderetes no estaban instalados a la hora prevista. Se asignó al mismo servicio a un par de hombres de su tío, quienes naturalmente introdujeron a Valens en los barrios de los ladrones y de las prostitutas, además de presentarle a los principales gladiadores y ese tipo de cosas.
Un día, cuando se encontraba detrás del Circo Menor, cerca de la calle Singon, tropezó con una multitud en medio de la cual un grupo de aurigas intentaba recolectar o evadir algunas de las apuestas de las recientes carreras de carros. El edil dijo que no era de su competencia y dio media vuelta. Los lictores cerraron filas con Valens, si bien dejaron la situación en sus manos. Un hombre fuerte y de escasa estatura, con densas cejas, recibió una patada en el pecho, mientras la multitud lo acusaba entre aullidos de ser el cabecilla de una conspiración.
—Sí —dijo Valens—; este viejo truco también se practicaba en Bizancio. Pero creo que vendrás con nosotros, amigo mío. —Y soltando al agredido prendió al más vociferante de los acusadores para llevarlo ante su tío.
—Tenías toda la razón —dijo Serga al día siguiente—. Ese gentilhombre fue incitado por alguien. He ordenado que reciba una docena de latigazos. ¿Sabes el nombre del hombre al que intentaban acusar?
—Sí. Gayo Julio Pablo.
—Ya lo suponía. Es un viejo conocido mío, un cilicio de Tarso. De alta cuna, descendiente de patricios y bien educado, pero su familia lo ha desheredado. Por eso trabaja para ganarse la vida.
—Hablaba como un patricio. Y su forma física era excelente. Lo toqué. Todo músculo.
—No es extraño. Resiste más que un camello. En realidad es el prefecto de esa nueva secta. Viaja por todas las provincias orientales, creando escuelas y ocupándose de mantenerlas al día. Por eso los judíos de la sinagoga lo persiguen. Intentan que lo prendan por algún cargo político para acabar con él.
—¿Es sedicioso?
—En absoluto. Y aun cuando lo fuera, no se lo arrojaría a los judíos sólo porque ellos lo quieran. Uno de nuestros gobernadores ya lo intentó en el litoral hace algunos años… en aras de la paz. No lo consiguió. ¿Te gusta el trabajo en el mercado, hijo mío?
—Es interesante. Ya sabes, tío, que en mi opinión los judíos de la sinagoga son mejores carniceros que nosotros.
—Cierto. Por eso son tan severos. Una docena de latigazos no son nada para Apella, aunque no te quepa duda de que derribará el patio con sus aullidos mientras los recibe. La escuela cristiana se encuentra en tu zona. ¿Qué te parece?
—Son tranquilos. Parecen un poco preocupados por lo que deberían comer en sus banquetes del amor.
—Lo sé. Ah, quería decirte… que no debemos presionarlos demasiado por el momento, Valens. Mi prefectura ha comunicado que tu amigo Pablo ha emprendido un viaje de varios días por el país para reunirse con otro sacerdote de la escuela, al que traerá con él para que le ayude a resolver sus dificultades por las vituallas. Eso significa que la congregación se sentirá perdida hasta su regreso. La masa no sabe hacer nada sin un líder. Los judíos de la sinagoga aprovecharán para comprometerlos. No quiero que esos pobres diablos se vean empujados a cometer lo que podría parecer un crimen político. ¿Entendido?
Valens asintió. Entre las veladas discursivas con su tío, tachonadas con griego de cocina y obsoletos versos de sociedad romanos, sus rondas matinales con el jadeante edil y las confidencias que a todas horas le hacían sus lictores, Valens se figuraba que conocía Antioquía.
Se mantuvo así atento a la iglesia de la columnata situada tras el Circo Menor, donde se congregaban los fieles de la nueva fe. Uno de tantos carniceros judíos le contó que Pablo había dejado ciertos asuntos en manos de un hombre llamado Barnabás, pero que regresaría con otro, Pedro —un personaje a todas luces famoso—, para que estableciera todas las diferencias dietéticas entre los cristianos griegos y judíos. El carnicero no tenía nada en contra de los cristianos griegos como tales, siempre y cuando mataran su carne como judíos decentes.
Serga rió el comentario, si bien asignó a Valens otros dos hombres y le auguró que en breve tendría que lidiar con ese león.
El muchacho tuvo que lanzarse a la arena un atardecer muy caluroso, cuando cundió la noticia de que esa noche habría problemas. Apostó a sus lictores en un callejón cercano y entró en la sala común de la iglesia, donde se celebraban los banquetes del amor. Todos se mostraban amigables como cristianos —por emplear la jerga del barrio—, especialmente Barnabás, un hombre majestuoso y sonriente que acechaba junto a la puerta.
—Me complace verte —dijo—. Ayudaste a nuestro Pablo en esa escaramuza el otro día. No podemos prescindir de él. ¡Ojalá ya hubiera vuelto!
Lanzó una ojeada nerviosa a la sala, pues empezaba a llenarse de gente de mediana y humilde condición que disponía su comida sobre las mesas vacías y se saludaba con un gesto especial.
—Te aseguro —continuó con la mirada aún perdida— que no tenemos intención de ofender a ninguno de los hermanos. Podríamos resolver nuestras diferencias si…
Como a una señal, un clamor se elevó desde media docena de mesas, con gritos de «¡Corrupción! ¡Profanación! ¡Paganismo! ¡La Ley! ¡La Ley! ¡Que el César lo sepa!». Y mientras Valens se apoyaba en la pared, la multitud la emprendía a golpes con trozos de carne y loza rota, hasta que de la nada empezaron a llover piedras.
—Esto estaba preparado —le dijo Valens a Barnabás.
—Sí. Han entrado con piedras ocultas en el pecho. ¡Cuidado! Apuntan hacia ti —replicó Barnabás—. El alboroto era notable. Una parte de la multitud se acercó hasta ellos, exigiendo a gritos la Justicia de Roma. Los dos lictores se situaron detrás de Valens, y un hombre se abalanzó sobre él con un cuchillo.
Valens le agarró de la mano, y los lictores lo redujeron mientras el arma caía al suelo. El ruido que hizo al caer acalló un poco el tumulto. Valens aprovechó la calma y empezó a hablar despacio:
—Ciudadanos, ¿es preciso que comencéis vuestros banquetes con una batalla? Hasta los vendedores de tripas de las funerarias gastan mejores modales.
Una carcajada alivió la tensión.
—Esto lo ha organizado la sinagoga —murmuró Barnabás—. La culpa caerá sobre mí.
—¿Quién es la cabeza de vuestra congregación? —interrogó Valens a la multitud.
Las voces se alzaron en competición.
—¡Pablo! ¡Saúl! ¡Él conoce el mundo!…
—¡No! ¡No! ¡Pedro! ¡Nuestra piedra! Él no nos traicionará. Pedro, la piedra viva.
—¿Cuándo regresan? —preguntó Valens.
Se ofrecieron, juraron y negaron distintas fechas.
—Posponed la pelea hasta que hayan vuelto. Yo no soy sacerdote, pero si no recogéis esta sala, nuestro edil —Valens lo llamó por el apodo soez con que se le conocía en el barrio— os quitará las sandalias de los pies. Y tampoco debéis pisotear los alimentos. Yo me encargaré de cerrar cuando hayáis terminado. Daos prisa. Conozco bien al prefecto.
Se pusieron manos a la obra, como niños reprendidos.
Valens les sonreía al verlos salir con cestos de basura. El incidente no tendría mayores consecuencias.
—Aquí tienes nuestra llave —dijo al fin Barnabás—. La sinagoga jurará que yo contraté a ese hombre para que te matara.
—¿Tú crees? Veámoslo.
Los lictores empujaron a su prisionero.
—¡Infortunio! —dijo el hombre—. Estaba en deuda contigo por la muerte de mi hermano en el paso de Tarso.
—Tu hermano intentó matarme —replicó Valens.
El hombre asintió con la cabeza.
—En ese caso estamos en paz —dijo Valens, haciendo una señal a los lictores, que soltaron al prisionero—. A menos que quieras ver a mi tío.
El hombre se esfumó como un pez en el anochecer. Valens le devolvió la llave a Barnabás y dijo:
—Yo que tú no dejaría a tu gente que vuelva a entrar aquí hasta que no hayan regresado vuestros líderes. Tú no conoces Antioquía como yo.
Volvió a casa, seguido de los satisfechos lictores, quienes informaron a su tío, que también sonrió y dijo que Valens había hecho lo correcto, incluso siendo condescendiente con Barnabás.
—Desde luego que yo no conozco Antioquía como tú, pero en verdad te digo, hijo mío, que por esta vez has salvado la iglesia de los cristianos. Ya tengo tres declaraciones en las que se asegura que tu amigo el cilicio era un cristiano contratado por Barnabás. Tanto mejor para él que hayas soltado a ese bruto.
—Me dijiste que no querías verlos envueltos en problemas. Además, hicimos las paces. Es posible que a fin de cuentas yo matara a su hermano. Tuvimos que matar a dos de ellos.
—¡Bien! Veo que sabes conservar la cabeza en un momento difícil. Lo necesitarás. ¡No acabaremos en plazas solitarias! Quiero ver a Pedro y a Pablo en cuanto regresen para saber qué han decidido con respecto a sus infernales banquetes. ¿Por qué no se limitan a emborracharse decentemente?
—Se habla de ellos en toda la ciudad como si fueran dioses. Por cierto, tío, fueron los judíos de la sinagoga llegados desde Jerusalén quienes organizaron los disturbios… no ha sido nuestra gente.
—¿De veras? Ahora tal vez comprendas por qué te destiné al servicio del mercado con ese viejo puerco. Llegarás a oficial de la guardia.
Valens se encontró con la sagrada y heterogénea congregación en torno a las fuentes y los establos mientras hacía su ronda por el barrio. Parecían aliviados de no poder entrar en sus cenáculos por el momento, tanto como por la noticia de que Pedro y Pablo debían comparecer ante el prefecto antes de dirigirse a ellos sobre la gran cuestión de la comida.
No estuvo presente Valens en la primera parte de esta reunión oficial. La segunda, que se celebró en el patio fresco y entalamado, con bebidas y refrigerios, todo ello dispuesto bajo el vasto crepúsculo de limón y lavanda, fue mucho menos formal.
—Creo que ya os conocéis —dijo Serga al pequeño y delgado Pablo cuando entró Valens.
—Así es. Ante Dios proclamo que tenemos una doble deuda contigo —fue la rápida respuesta.
—Sólo cumplí con mi deber. Espero que hayáis encontrado bien los caminos en vuestro viaje —dijo Valens.
—Sin duda lo estaban —dijo Pablo, como si no se hubiera fijado en ellos.
—Habríamos hecho mejor en venir en barca —intervino su compañero, Pedro, un hombre grande y carnoso, con ojos que parecían no ver nada, la mano derecha medio paralizada reposando ociosamente sobre el regazo.
—Valens viene desde Bizancio —informó su tío—. Aprecia mucho sus piernas.
—Así debe ser a su edad. ¿Cuál fue tu mejor marcha en la Via Sebaste? —preguntó Pablo con interés; y al momento Valens relataba su caminata por sendas de montaña que el cristiano parecía haber recorrido palmo a palmo.
—Bien está —fue su comentario—. Y confío en que marches en formación más densa que la mía.
—¿Cuál dirías tú que ha sido tu mejor trabajo? —preguntó a su vez Valens.
—He logrado… —Pablo se contuvo—. En realidad no he sido yo, sino Dios —murmuró—. ¡Es difícil librarse de la vanidad!
Un espasmo torció el semblante de Pedro.
—En verdad difícil —dijo. Y seguidamente se dirigió a Pablo como si no hubiera nadie más presente—. Verdad es que he comido entre gentiles y como comen los gentiles. Aunque dudo de que fuese prudente en ese momento.
—Eso es agua pasada —respondió amablemente Pablo—. La decisión para la Iglesia ya está tomada… esa pequeña Iglesia que tú has salvado, hijo mío. —Se volvió hacia Valens con una sonrisa que casi cautivó el corazón del muchacho—. Ahora, como romano y como oficial de policía, dime… ¿qué piensas de nosotros, los cristianos?
—Que debo mantener el orden en mi jurisdicción.
—¡Bien! Es preciso servir al César. Pero, como siervo de Mitras, digamos… ¿qué opinión te merecen nuestras disputas por los alimentos?
Valens vaciló. Su tío lo animó con un asentimiento de cabeza.
—Como siervo de Mitras yo como con cualquier iniciado, siempre y cuando los alimentos sean puros —respondió Valens.
—Pero ése es el quid —dijo Pedro.
—Mitras también nos dice —continuó Valens— que podemos compartir un hueso cubierto de polvo si no encontramos nada mejor.
—¿No observáis entonces ninguna diferencia entre los pueblos en vuestros banquetes? —preguntó Pablo.
—¿Cómo haríamos tal cosa? Todos somos hijos suyos. Los hombres hacen las leyes. No los dioses —citó Valens del viejo Rito.
—¡Repite eso, hijo!
—Los dioses no hacen las leyes. Ellos transforman los corazones de los hombres. El resto es el Espíritu.
—¿Has oído eso, Pedro? ¿Lo has oído? ¡Es la verdadera Doctrina! —insistió Pablo ante su silencioso compañero.
Ligeramente avergonzado por haber hablado de su fe, Valens siguió diciendo:
—Me dicen que aquí los carniceros judíos desean el monopolio de la matanza para vuestras gentes. Al final casi todo se reduce a intereses comerciales.
—Puede que haya algo más —dijo Pablo—. Escucha un momento.
Entonces se dispuso a relatar una curiosa historia sobre el Dios de los cristianos, Quien, según dijo, había adoptado la forma de un Hombre, y a Quien años atrás los judíos de Jerusalén prendieron y llevaron ante las autoridades para que lo juzgaran por conspirador. Afirmó que, por su parte, puesto que en esa época era un buen judío, se mostró de acuerdo con la sentencia y denunció a todos los seguidores del nuevo Dios. Pero un día, la Luz y la Voz de Dios llegaron hasta él, y en su corazón se produjo un cambio desgarrador… exactamente igual que en el credo de Mitras. Más tarde conoció a ciertos hombres, con los que se inició, que habían caminado, hablado y, sobre todo, comido, con el nuevo Dios antes de que Éste fuera asesinado, y quienes Lo habían visto después de que, como Mitras, hubiera resucitado de Su tumba. Pablo y los demás hombres —Pedro era uno de ellos— intentaron predicar entonces su fe entre los judíos, mas no tuvieron éxito; y, una cosa llevó a la otra, Pablo regresó a su hogar en Tarso, donde su familia lo desheredó por haber abjurado de su fe. Se derrumbó, de agotamiento y desesperación. Hasta entonces, dijo, nunca se les ocurrió a ninguno de ellos enseñar la nueva religión a nadie más que a los judíos, puesto que su dios había nacido judío. El propio Pablo no llegó a vislumbrar las posibilidades de intentarlo en otros lugares sino poco a poco. Ahora era el encargado de predicar en cualquier tierra extranjera, y con ello esperaba transformar el mundo entero.
Dejó entonces que Pedro concluyera el relato, y éste, hablando muy despacio, explicó que años atrás recibió órdenes de Dios para predicar a un oficial romano de los irregulares tierra adentro, a raíz de lo cual dicho oficial y la mayoría de sus soldados quisieron convertirse al cristianismo. De manera que Pedro los inició a todos la misma noche, aunque ninguno de ellos fuese hebreo. Pedro concluyó:
—Y comprendí que no hay nada bajo el cielo que podamos llamar impuro.
Pablo se volvió hacia él como un rayo y exclamó:
—¡Lo has reconocido! Ha salido de tu boca.
Tembló Pedro como una hoja, y casi levantando la mano derecha, dijo:
—¿También tú vas a burlarte de mí por esto? —empezó a decir, pero cambió de expresión y guardó silencio.
—¡No! ¡Líbreme Dios! ¡Y Dios me perdone una vez más! —dijo Pablo, que parecía tan afligido como su compañero, mientras Valens observaba con asombro el sorprendente estallido.
—Hablando de lo puro y de lo impuro —terció su tío con delicadeza—, vuelve a oírse en la ciudad esa fea canción. Ayer mismo la estuvieron cantando ante las puertas, Valens. ¿Te diste cuenta?
Miró a su sobrino, que captó la indirecta.
—Si se refiere a «Pescado en salmuera», señor, así es. ¿Causará eso problemas?
—Tan seguro como que esos peces —había un frasco sobre la mesa— producen sed. ¿Cómo es? Ah, sí. —Serga tarareó:
¡Aiaaiaa!
La sardina y el escualo —el impuro y el más puro—
y hasta el pescado en salmuera que se hace en Galilea,
dijo Pedro, serán míos.
Su voz vibró, arrastrando debidamente las palabras:
(¿Có-omo?)
Con las redes o la caña,
hasta que los dioses vengan.
(¿Cuá-ando?)
¡Cuando el pescado en salmuera que se hace en Galilea
ascienda hasta el Esquilino!
Y terminó diciendo:
—Para eso haría falta una buena inundación… ¡peor que peces vivos en los árboles! ¿Verdad?
—Eso sucederá un día —sentenció Pablo.
Se apartó de Pedro, a quien había estado tranquilizando tiernamente y, recuperando su tono natural, levemente áspero, dijo:
—Sí. Es mucho lo que le debemos a ese centurión por convertirse en ese momento. Nos enseñó que el mundo entero puede recibir a Dios, y a mí me mostró mi siguiente tarea. Vine desde Tarso para predicar aquí por algún tiempo. Y nunca olvidaré lo bien que se portó entonces con nosotros el prefecto de la guardia.
—Para empezar, Cornelius fue compañero mío —dijo Serga, esbozando una amplia sonrisa por encima de su copa de vino fuerte—. Un compañero excelente… ¿cómo le va? Pasábamos el largo día de la Pascua bebiendo juntos. Además, sé reconocer a un buen trabajador cuando lo veo. Esa tienda que me hiciste para mis viajes por el desierto, Pablo, es perfecta. Y en tercer lugar, lo cual para un hombre de mis costumbres es lo más importante, ese médico griego que me recomendaste es el único que comprende mi hígado túmido.
Le pasó una copa de vino casi puro, y Pablo se la ofreció a su vez a Pedro, que tenía las comisuras de los labios blancas y escamadas.
—Pero vuestro problema —continuó el prefecto— será vuestra propia gente. Jerusalén jamás perdona. Tarde o temprano os prenderán por laese majestatis.
—Nadie lo sabe mejor que yo —dijo Pedro—. La decisión que hemos tomado en cuanto a los banquetes del amor podría provocar la alianza de griegos y hebreos en nuestra contra. Como ya te he dicho, prefecto, estamos pidiendo a los cristianos griegos que no dificulten los banquetes de los cristianos hebreos, por lo que deben abstenerse de comer carne que no haya sido matada según la Ley. (Nuestras costumbres son en todo caso más saludables). Sortearemos ese obstáculo. Sin embargo, hay un aspecto vital. Algunos cristianos griegos se presentan en los banquetes del amor con comida que compran a vuestros sacerdotes al término de sus sacrificios. Eso no podemos permitirlo.
Pablo se volvió imperiosamente a Valens.
—¿Quiere decir que compran los restos de los altares? —preguntó el muchacho—. Eso sólo lo hacen los más pobres; compran recortes de piezas grandes. Los carniceros de los altares tienen la prerrogativa de la venta. No les gustaría verse privados de ella.
—Permitamos mesas separadas para hebreos y griegos, como ya propuse en su día —terció Pedro.
—Eso terminaría por crear iglesias separadas. No debe haber sino una sola Iglesia —repuso Pablo, hablando por encima del hombro; y sus palabras sonaron como golpes de vara—. ¿Tú crees que podría haber problemas, Valens?
—Mi tío… —empezó Valens.
—¡No, no! —rió el prefecto—. Los mercados de la calle Singon son tu Siria. Escuchemos lo que nuestro legado piensa de su provincia.
Valens se sonrojó e intentó poner orden en sus ideas.
—Supongo que se trata principalmente de carne de cerdo. Los hebreos la detestan.
—Muy cierto. ¡A mí no me sorprenderán comiendo cerdo al este del Adriático! No quiero morir por causa de los gusanos. ¡Dadme una buena pierna de jabalí de la joven Sabina! ¡He dicho!
Serga se sirvió otra copa de vino y tomó un poco de pescado en salmuera del Lago para reforzar su sabor.
—Aun cuando —dijo Pedro, inclinándose hacia delante como un hombre sordo—, admitiéramos mesas separadas para hebreos y griegos deberíamos evitar…
—Nada, excepto la salvación —lo interrumpió Pablo—. Hemos roto con la Ley de Moisés. Vivimos sólo en, por y a través de nuestro Dios. Nada somos aparte de eso. ¿Qué sentido tiene rememorar la Ley en las comidas? ¿A quién engañamos? ¿A Jerusalén? ¿A Roma? ¿A Dios? ¡Tú mismo has comido con los gentiles! Tú mismo has dicho…
—Uno dice más de lo que desea cuando se deja llevar —respondió Pedro. Y su rostro volvió a tensarse.
—Esta vez dirás precisamente lo que se ha de decir —dijo Pablo entre dientes—. Habrá una sola Iglesia, en y a través del Señor. ¿No te atreverás a negar esto?
—¡Bien sabe el Dios que a nada me atrevo! Sin embargo, a Ello he negado… lo he negado… Y Él dijo… dijo que yo era la Piedra sobre la que se habría de edificar Su Iglesia.
—Y yo me ocuparé de que así sea; no seré yo, sin embargo… —Pablo bajó la voz una vez más—. Mañana hablarás a la única Iglesia de una única Mesa en el mundo entero.
—Eso es asunto vuestro —terció el prefecto—. Pero yo os prevengo de que los problemas vendrán de vuestra propia gente.
Pablo se levantó para despedirse, mas al hacerlo perdió el equilibrio, se llevó una mano a la frente y, mientras Valens lo ayudaba a llegar a un diván, se desplomó, atacado por la mortal malaria siria, que muerde como una serpiente. Valens, que había sufrido la enfermedad, pidió que le trajeran su pesada pelliza de viaje de sus habitaciones. Su joven esclava, a quien había comprado en Constantinopla meses atrás, fue en su busca. Pedro arropó torpemente con las pieles el cuerpo menudo y tembloroso; el prefecto ordenó zumo de lima y agua caliente, y Pablo se excusó y les dio las gracias, mientras sus dientes castañeteaban contra el borde de la copa.
—Mejor hoy que mañana —dijo el prefecto—. Bebe, suda, y pasa la noche aquí. ¿Quieres que llame a mi médico?
Pero Pablo dijo que la enfermedad pasaría naturalmente, y en cuanto pudo ponerse en pie insistió en marcharse con Pedro, pese a lo avanzado de la hora, para preparar su anuncio a la Iglesia.
—¿Quién era el hombre grande y torpe? —preguntó a Valens su esclava cuando se llevaba la pelliza—. Alborotaba más que el pequeño, que era el que estaba sufriendo.
—Es un sacerdote de la nueva escuela que hay junto al Circo Menor, querida. Cree, así me lo ha dicho mi tío, que una vez negó a su dios, quien, según dice, murió por él.
La esclava se detuvo a la luz de la luna, sosteniendo sobre un brazo las brillantes pieles de chacal.
—¿Eso hizo? Mi dios me compró a los mercaderes como a un caballo. Y pagó demasiado por ello. ¿No es cierto? ¿Lo confesáis?
—¡No, vos! —respondió Valens enfáticamente.
—Pero yo jamás negaría a mi dios… ¡ni vivo ni muerto! ¡Que no muera! Mi dios vivirá… para mí. ¡Vivid… vivid, sangre de mis venas, eternamente!
Mejor hubiera sido que Pedro y Pablo no dejaran a esas horas la casa del prefecto, pues se rumoreaba en la ciudad, tal como el prefecto sabía y la prolongada reunión parecía confirmar, que el mismísimo secretario del Estado de César en Roma planeaba —sirviéndose de Pablo— un envilecimiento general de los hebreos con ayuda de los cristianos griegos, una vez efectuado el cual, merced a la promiscua ingestión de alimentos prohibidos, todos los judíos serían indiscriminadamente tachados de cristianos, esto es, de miembros de una secta de librepensadores, y dejarían de ser la peculiar y conflictiva «nación judía en el seno del Imperio». Y, según se decía, perderían sus derechos como ciudadanos romanos, y podrían así ser vendidos como esclavos.
—Naturalmente —le explicó Serga a Valens al día siguiente—, el rumor lo ha propagado la sinagoga de Jerusalén. Nuestros judíos de Antioquía no son tan listos. ¿Comprendes su juego? Pedro es un corruptor del pueblo hebreo. Tanto mejor si esta noche algún joven fanático debidamente cebado lo acuchilla.
—Eso no ocurrirá. Yo cuidaré de él.
—Confío en que así sea. Sin embargo, aun cuando no lo apuñalen, intentarán provocar disturbios en la ciudad alegando que, cuando todos los judíos hayan perdido sus derechos civiles, él se convertirá en una especie de rey de los cristianos.
—¿En Antioquía? ¿En el presente año de Roma? Eso es una locura, tío.
—El populacho siempre está loco. ¿Por qué si no nos pagan a nosotros? Pero, escucha. Envía una patrulla de guardias a caballo detrás del Circo Menor. Que obliguen a la gente a circular cuando la congregación salga de la iglesia. Y que dos de tus hombres vigilen la entrada del recinto. Diles a Pedro y a Pablo que esperen allí con ellos hasta que las calles se hayan despejado. Luego, tráelos aquí. No lances una carga hasta que sea necesario. Y carga con dureza antes de que empiecen a volar piedras. No permitas que mis caballos sufran si puedes evitarlo, y estate atento al «Pescado en salmuera».
Buen conocedor de su zona, al ponerse en camino esa noche Valens se dijo que las precauciones de su tío eran excesivas. La iglesia cristiana estaba abarrotada, como era de esperar, y un gran gentío aguardaba a las puertas la decisión en cuanto a los banquetes. Parecían en su mayoría buenos cristianos, pero había entre ellos algunos holgazanes, y, como suele hacer la multitud, distraían la espera cantando canciones populares. Las cosas marchaban bien hasta que un grupo de cristianos entonó un himno bastante explosivo que decía así:
¡Más ensalzado que César y Juez de la Tierra entera!
Aguardamos tu llegada… ¡Ah, no te demores!
Como los reyes de Oriente
que empuñaron sus espadas cuando naciste en Belén,
¡así nos armamos en esta noche de oprobio y afrenta!
—Sí… y si un camello derriba alguno de los puestos de pescado… ¡la culpa será mía! —dijo Valens—. ¡Ya han empezado!
Y así era. Se alzaban voces que entonaban «Pescado en salmuera», pero antes de que Valens pudiera intervenir, alguien las acalló, gritando:
—Callaos, si no queréis que os pongan en salmuera a vosotros.
Casi anochecía cuando un grito se elevó desde la iglesia abarrotada y la congregación salió para mezclarse con la multitud. Todos comentaban las nuevas órdenes para los banquetes, y la mayoría coincidía en que eran sencillas y sensatas. Coincidían igualmente en que Pedro (Pablo no parecía haber participado gran cosa en el debate) había hablado como un hombre inspirado, y se sentían profundamente orgullosos de ser cristianos. Algunos empezaban a unir los brazos en el callejón y a entonar el «Más ensalzado que César».
—Y en este momento —dijo Valens al joven comandante de la patrulla montada—, es cuando los enviamos a casa, ¡Ah! Y «dejad que la noche reciba también su merecido himno», como diría mi tío.
A espaldas del Circo Menor resonaron cuatro atronadoras trompetas, y un estandarte apareció entre una docena de guardias a caballo. Sus sabias monturas árabes, pequeñas y grises, empujaban suavemente a la multitud con hombros y hocicos, como si buscaran caricias, mientras las trompetas ensordecían el estrecho callejón. La presión se alivió pronto al llegar a una plaza cercana. La patrulla se desplegó en cuatro grupos para tomar la plaza, saludando a las imágenes de los dioses en cada esquina y en el centro. La gente se detuvo, como de costumbre, a contemplar la habilidad con que lanzaban el incienso desde las cruces de sus caballerías a los pebeteros; los niños se ponían de puntillas para acariciar a los caballos, a los que decían conocer; las familias se reencontraban en el humeante atardecer; los vendedores ambulantes ofrecían comida, y el gentío no tardó en dispersarse por las avenidas principales. Valens volvió a la entrada de la iglesia, donde aguardaban Pedro y Pablo custodiados por sus lictores.
—Bien hecho —dijo Pablo.
—¿Cómo va la fiebre? —preguntó Valens.
—Hoy me he librado. Y creo además que gracias a La Bendición hemos conseguido nuestro propósito.
—¡Me alegra saberlo! Mi tío me pide que les transmita que son bienvenidos en su casa.
—Sus deseos son órdenes —dijo Pablo, con el rápido gesto del país—. Será un placer, ahora que su carga diaria ha concluido.
Se sumó Pedro como un buey fatigado. Valens lo saludó, pero el otro no dijo nada.
—Déjalo —le susurró Pablo—. La virtud nos ha abandonado por el momento… a los dos.
También él parecía cansado y estaba pálido.
Encontraron la calle vacía, y Valens atajó por un callejón donde las casquivanas se asomaban a las ventanas riendo. Avanzaban los tres a buen paso, seguidos de los lictores, mientras oían a lo lejos las trompetas del Caballo Nocturno, saludando a alguna estatua de César y marcando así el final de la ronda. Pablo le decía a Valens cómo el acuerdo alcanzado por los cristianos al respecto de sus banquetes transformaría el Imperio romano, cuando un descarado chiquillo judío se plantó ante ellos, interpretando «Pescado en salmuera» con una especie de gaita del desierto.
—¿Ninguno de vosotros es capaz de detener a esta joven peste? —preguntó entre risas Valens—. No debéis permitir que se burlen de vosotros en vuestra gran noche, Pablo.
Los lictores retrocedieron unos pasos y le lanzaron una antorcha al mocoso, pero éste la esquivó y les increpó. Oyeron entonces que Pablo gritaba y, al regresar corriendo, hallaron a Valens postrado y tosiendo; su sangre teñía el borde de la túnica de Pablo, arrodillado a su lado. Agachado junto a ellos, Pedro agitaba una mano indefensa.
—Alguien ha salido a la carrera de detrás de ese pozo. Lo ha apuñalado sin detenerse y ha seguido corriendo. ¡Escuchad! —dijo Pablo.
Pero no se oía siquiera el eco de una pisada, y el niño judío había volado como un murciélago. Valens dijo desde el suelo:
—¡A casa! ¡Rápido! ¡Lo tengo!
Arrancaron los postigos de un comercio para cargar y transportar al herido, mientras Pablo caminaba a su lado. Lo tendieron en el patio iluminado de la casa del prefecto y un lictor corrió en busca del médico.
Pablo observaba el rostro del muchacho y, al ver que Valens temblaba ligeramente, llamó a la esclava para que trajera la pelliza de la noche anterior. Volvió ella con las pieles, agachó la cabeza y se arrojó junto a Valens.
—No es grave. No sangra mucho. No puede ser grave… ¿o sí? —repetía la muchacha.
Valens la tranquilizó con su sonrisa hasta que llegó el prefecto y examinó la mortal puñalada ascendente bajo las costillas. Se volvió hacia los hebreos.
—Mañana vuestra iglesia ya no estará donde estaba —dijo.
Valens levantó la mano que la muchacha no le besaba.
—¡No! ¡No! —jadeó—. ¡Ha sido el cilicio! ¡Por lo de su hermano! Lo ha dicho.
—¿El cilicio al que dejaste ir para salvar a los cristianos porque yo…? —Valens asintió con un susurro, mientras la muchacha le suplicaba que sacara fuerzas de ella hasta que llegase el doctor.
—Perdóname —le dijo Serga a Pablo—. Sin embargo deseo que vuestro Dios del Hades de una vez por todas… ¿Qué voy a decirle a su madre? ¿Ninguno de vosotros, criaturas parlantes, podéis indicarme qué voy a decirle a su madre?
—¿Y qué tiene ella que ver con él? —gritó la joven esclava—. Él es mío… ¡mío! ¡Juro ante todos los dioses que él me compró! Soy suya. Es mío.
—Ya nos ocuparemos del cilicio y de sus amigos más tarde —dijo uno de los lictores—. Pero ¿qué hacemos ahora?
Pese a estar acostumbrado al trabajo del carnicero, el hombre miró a Pedro por alguna razón.
—Dadle de beber y esperad —dijo Pedro—. He visto heridas similares.
Valens bebió y su rostro recuperó algo de color. Indicó al prefecto que se acercara.
—¿Qué sucede? Dime qué te preocupa, queridísimo hijo.
—El cilicio y sus amigos… No seas duro con ellos… Los han inducido. No saben lo que hacen… ¡Promételo!
—No es cosa mía, hijo. Es la Ley.
—Me da igual. Eres el hermano de mi padre… Los hombres hacen las leyes, no los dioses. ¡Promételo! Ha llegado mi hora.
Valens acomodó la cabeza en la anhelante almohada.
Pedro parecía hallarse en trance. Su rostro dejó de temblar al repetir:
—«¡Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen!». ¿Has oído eso, Pablo? Lo ha dicho él, que es un pagano y un infiel.
—Lo he oído. ¿Qué nos impide ahora bautizarlo? —se apresuró a responder Pablo.
Pedro lo miró como si acabara de salir de las aguas del mar.
—Sí —dijo al fin—. Habla el pequeño constructor de tiendas… ¿Cuál es su orden esta vez?
Pablo repitió su propuesta.
El otro levantó dolorosamente la mano paralizada que otrora alzara en una sala contra una acusación.
—¡Calla! —dijo—. ¿Crees que quien pronuncia esas palabras nos necesita para que lo avalemos ante algún dios?
Pablo se acobardó sin reconocer a su compañero, que de pronto se revelaba autoritario y grande al cabo de tantos años.
—Como gustes… como gustes —balbució, pasando por alto la blasfemia—. Además está la concubina.
La muchacha no prestaba atención, porque la ceja en la que tenía posados sus labios ya empezaba a enfriarse mientras invocaba a su dios, que por haberla comprado a tan alto precio debía seguir viviendo en lugar de morir.
El DISCÍPULO
Él, que tuvo Evangelio
para la Humanidad,
y a conciencia lo cumple
en cuerpo, alma y mente,
Él, que vive a diario
por su triunfo un Calvario,
verá que Su Discípulo
vuelve Su esfuerzo vano.
Él que tuvo Evangelio,
para la Tierra toda,
y lo grabó en acero
o lo talló en la roca
a fin de evitar dudas
en los días por venir,
verá que Su Discípulo
lo entiende a su capricho.
Verá que Su Discípulo
(aun antes de ser polvo Aquellos Huesos)
modifica la Ley,
y divide al Consejo,
amplía distinciones,
y simplifica la Orden,
pretextando que así
habría obrado el Maestro.
Verá que Su Discípulo
nos dice cuánto
pelearía el Maestro si viviera,
y cómo cambiaría
ciertas cosas ya dichas…
Esto y más
ha de hacer Su Discípulo…
Él, que tuvo Evangelio
para ganar el cielo
(camellero, ebanista
o engañado hijo de Maya),
habrá de ser herido por múltiples espadas
que sangre y bilis mezclan;
¡mas será la peor de Sus heridas
la que de Su Discípulo reciba!




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