lunes, 16 de octubre de 2017

Uvieta de Carmen Lyra

Pues, señor, había una vez un viejito muy pobre que vivía solo e íngrimo en su casita y se llamaba Uvieta. Un día le entró el repente de irse a rodar tierras, y diciendo y haciendo, se fue a la panadería y compró en pan el único diez que le bailaba en la bolsa. Entonces daban tamaños bollos a tres por diez; y de un pan que no era una coyunda como el de ahora, que hasta le duelen a uno las quijadas cuando lo come, sino tostadito por fuera y esponjado por dentro.
Volvió a su casa y se puso a acomodar sus tarantines, cuando tun, tun, la puerta. Fue a ver quién era y se encontró con un viejito tembeleque y vuelto una calamidad. El viejito le pidió una limosna y él le dio uno de sus bollos.
Se fue a acomodar los otros dos bollos en sus alforjitas, cuando otra vez, tun, tun, la puerta. Abrió y era una viejita toda tulenca y con cara de estar en ayunas. Le pidió una limosna y él le dio otro bollo.
Dio una vuelta por la casa, se echó las alforjas al hombro y ya iba para afuera, cuando otra vez, tun, tun, la puerta.
Esta vez era un chiquito, con la cara chorreada, sucio y con el vestido hecho tasajos y flaco como una lombriz. No le quedó más remedio que darle el último bollo. -¡Qué caray! A nadie le falta Dios.
Y ya sin bastimento, cogió el camino y se fue a rodar tierras.
Allá al mucho andar encontró una quebrada.
El pobre Uvieta tenía un hambre que se la mandaba Dios Padre, pero como no llevaba qué comer, se fue a la quebrada a engañar a la tripa echándole agua. En eso se le apareció el viejito que le fue a pedir limosna y le dijo: -Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor, que qué querés; que le pidás cuanto se te antoje. Él está muy agradecido con vos porque nos socorriste; porque mirá, Uvieta, los que fuimos a pedirte limosna éramos las Tres Divinas Personas: Jesús, María y José. Yo soy José. ¡Con que decí vos! ¡Cómo estarán por Allá con Uvieta! Si se pasan con que Uvieta arriba, Uvieta abajo, Uvieta por aquí, y Uvieta por allá.
Uvieta se puso a pensar qué cosa pediría y al fin dijo: -Pues andá decile que me mande un saco dende vayan a parar las cosas que yo deseo.
San José salió como un cachiflín para el Cielo y a poco estuvo de vuelta con el saco.
Uvieta se lo echó al hombro. En esto iba pasando una mujer con una batea llena de quesadillas en la cabeza.
Uvieta dijo: -Vengan esas quesadillas a mi saco.
Y las quesadillas vinieron a parar al saco de Uvieta, quien se sentó junto a la cerca y se las zampó en un momento y todavía se quedó buscando.
Volvió a coger el camino y allá al mucho andar, se encontró con la viejita que le había pedido limosna. La viejita le dijo: -Uvieta, que manda decir Nuestro Señor, mi Hijo, que si se te ofrece algo, se lo pidás.
Uvieta no era nada ambicioso y contestó: -No, Mariquita, dígale que muchas gracias, con el saco tengo. Panza llena, corazón contento. ¿Qué más quiero?
La Virgen se puso a suplicarle: -¡Jesús, Uvieta, no seás malagradecido! No me despreciés a mí. ¡Ajá, a José si pudiste pedirle, y a mí que me muerda un burro!
Entonces a Uvieta le pareció muy feo despreciar a Nuestra Señora y le dijo: -Pues bueno: como yo me llamo Uvieta, que me siembre allá en casa un palito de uvas y que quien se suba a él no se pueda bajar sin mi permiso.
La Virgen le contestó que ya lo podía dar por hecho y se despidió de Uvieta.
Este siguió su camino y encontró otra quebrada. Le dieron ganas de beber agua y se acercó. En la corriente vio pasar muchos pececitos muy gordos. Como tenía hambre dijo: -Vengan esos peces ya compuesticos en salsa a mi saco. Y de veras el saco se llenó de pescados compuestos en una salsa tan rica, que era cosa de reventar comiéndolos..
Después siguió su camino y le salió un viejito que le dijo: -Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor que si se te ofrece algo. Él no viene en persona porque no es conveniente, vos ves... ¡Al fin Él es quien es! ¡Que parecía que Él tuviera que repicar y andar la procesión!
-Yo no quiero nada -respondió Uvieta.
-¡No seás sapance, hombre! Pedí, que en la Gloria andan con vos ten que ten. No te andés con que te da pena y pedí lo que se te antoje, que bien lo merecés.
-¡Ay, qué santico este más pelotero! -pensó Uvieta y quería seguir su camino, pero el otro detrás con su necedad, y por quitarse aquel sinapismo de encima, le dijo Uvieta: -Bueno es el culantro pero no tanto. ¡Ave María! ¡Tantas aquellas por unos bollos de pan! Bueno, pues decile a Nuestro Señor que lo que deseo es que me deje morirme a la hora que a mí me dé la gana.
Pero no siguió adelante, porque quiso ir a ver si de veras le habían sembrado el palito de uva, y se devolvió.
Anda y anda hasta que llegó, y no era mentira: allí en el solarcito estaba el palo de uva que daba gusto. Al verlo, Uvieta se puso que no cabía en los calzones de la contentera.
Bueno, pasaron los días y Uvieta vuelto turumba con su palo de uvas. Y nadie le cachaba. Ya todo el mundo sabía que el que se encaramaba en el palo de uva, no podía bajar sin permiso de Uvieta.
Un día pensó Nuestro Señor: -¡Qué engreídito que está Uvieta con su palo de uva! Pues después de un gustazo, un trancazo.- Y Tatica Dios llamó a la Muerte y le dijo: -Andá jalámele el mecate a aquel cristiano, que ya ni se acuerda de que hay Dios en los Cielos por estar pensando en su palo de uvas.
Y la Muerte, que es muy sácalas con Tatica Dios, bajó en una estampida. Llegó donde Uvieta y tocó la puerta. Salió el otro y se va encontrando con mi señora. Pero no se dio por medio menos y como si la viera todos los días, le dijo:
-¡Adiós trabajos! ¿Y eso, qué anda haciendo, comadrita?
-Pues que me manda Nuestro Señor por vos.
-¿Idiay, pues no quedamos en que yo me iría para el otro lado cuando a mí me diera la gana?
-No sé, no sé, -contestó la Muerte. -Donde manda capitán no manda marinero.
-¡Ay! Como no se le vaya a volver la venada careta a Nuestro Señor. -pensó Uvieta.
-Bueno, comadrita, pase adelante y se sienta mientras voy a doblar los petates.
La Muerte entró y Uvieta la sentó de modo que viera para el palo de uva que estaba que se venía abajo de uvas. -¡Aviaos que no le fueran a dar ganas de probarlas! La Muerte al verlo no pudo menos de decir: -¡Qué hermosura, Uvieta!
Y el confisgao de Uvieta que se hacía el que estaba doblando los petates, le respondió: -¿Por qué no se sube, comadrita, y come hasta que no le quepan?
La otra no se hizo de rogar y se encaramó.
Verla arriba Uvieta y comenzar a carcajearse como un descosido, fue uno.
-Lo que el sapo quería, comadrita, -le gritó. -A ver si se apea de ahí hasta que a mí me dé mi regalada gana.
La Muerte quería bajar, pero no podía, y allí se estuvo y fueron pasando los años y nadie se moría. Ya la gente no cabía en la tierra, y los viejos caducando andaban dundos por todas partes, y Nuestro Señor como agua para chocolate con Uvieta, y recados van y recados vienen: hoy mandaba al gigantón de San Cristóbal, mañana a San Luis Rey, pasado mañana a San Miguel Arcángel con así espada: -Que Uvieta, que manda a decir Nuestro Señor que dejés apearse a la Muerte del palo de uva, que si no vas a ver la que te va a pasar.
Y otro día: -Uvieta, que dice Nuestro Señor que por vida tuyita, dejés apearse a la Muerte del palo de uva.
Y otro día: -Uvieta, que dice Nuestro Señor que no te vas a quedar riendo, que vas a ver. - Pero a él por un oído le entraba y por otro le salía. Y Uvieta decía: -¡Ah, sí, por sapo que la dejo apearse!
Por fin Tatica Dios le mandó a decir que dejara bajar a la Muerte y que le prometía que a él no se lo llevaría.
Entonces Uvieta dejó bajar a la Muerte, quien subió escupida a ponerse a las órdenes de Dios.
Pero Nuestro Señor no había quedado nada cómodo con Uvieta y mandó al diablo por él.
Llegó el Diablo y tocó la puerta: -Upe, Uvieta.
El preguntó de adentro: -¿Quién es?
Y el otro por broma le contestó: -La vieja Inés con las patas al revés.
Pero a Uvieta le sonó muy feo aquella voz: era como si hablaran entre un barril y al mismo tiempo reventaran triquitraques. Se asomó por el hueco de la cerradura y al ver al diablo se quedó chiquitico.
-¡Ni por la jurisca! ¡Si es el Malo! ¡Seguro que lo mandan por mí, por lo que le hice a la Muerte, ni más ni menos! ¿Ahora qué hago?
Pero en esto se le ocurrió una idea y corrió a su baúl, sacó su saco, abrió la puerta y sin dejar chistar al otro, dijo: -¡Al saco el diablo!
Y cuando el pisuicas se percató, estaba entre el saco de Uvieta.
-¡Ahora sí, tío Coles -le gritó Uvieta -vas a ver la que te vas a sacar por andar de cucharilla!
El demonio se puso a meterle una larga y otra corta, pero Uvieta le dijo: -¡Ah, sí! ¡Que te la crea pizote! - Y cogió un palo y le arrió sin misericordia, hasta que lo hizo polvo.
A los gritos tuvo que mandar Nuestro Señor a ver qué pasaba. Cuando lo supo, prometió a Uvieta que si dejaba de pegar al diablo, a él nada le pasaría. Uvieta dejó de dar y Nuestro Señor se vio a palitos para volver a hacer al diablo de aquel montón de polvo.
Y el Patas salió que se quebraba para el infierno.
Ya Nuestro Señor estaba a jarros con Uvieta y mandó otra vez a la Muerte, que no se anduviera con contumerias, ni se dejara meter conversona. -Agarralo ojalá dormido y me lo traés. Mirá que si otra vez te dejás engañar, quedás en los petates conmigo.
A la Muerte le entró vergüencilla y siguiendo los consejos de Nuestro Amo, bajó de noche y cuando Uvieta estaba bien privado, lo cogió de las mechas, arrió con él para el otro mundo y lo dejó en la puerta de la Gloria para que allí hicieran con él lo que les diera la gana.
Cuando San Pedro abrió la puerta por la mañana, se va encontrando con mi señor de clucas cerca de la puerta y como con abejón en el buche.
San Pedro le preguntó quién era, y al oír que Uvieta, le hizo la cruz. Si no hubiera estado en aquel sagrado lugar, le hubiera dicho: -¡Te me vas de aquí, puñetero! Pero como estaba, y además él es un santo muy comedido, le dijo: -¡Te me vas de aquí, que bastante le has regado las bilis a Nuestro Señor!
-¿Y para dónde cojo?
-¿Para dónde? Pues para el infierno, pero es ya, con el ya.
Uvieta cogió el camino del infierno. El diablo se estaba paseando por el corredor. Ver a Uvieta y salir despavorido para adentro, fue uno. Además atrancó bien la puerta y llamó a todos los diablos para que trajeran cuanto chunche encontraran y lo pusieran contra la puerta, porque allí estaba Uvieta, el hombre que lo había hecho polvo.
Uvieta llegó y llamó como antes usaban llamar las gentes cuando llegaban a una casa: -¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! - Por supuesto que al oír esto, los demonios se pusieron como si les mentara la mama.
Y allí estuvo el otro como tres días, dándole a la puerta y ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!
Como no le abrían, se devolvió. Cuando iba pasando frente a la puerta del Cielo, le dijo San Pedro: -¿Idiai, Uvieta, todavía andás pajareando?
-¿Idiai, qué quiere que haga? Allí estoy hace tres días dándole a aquella puerta y no me abren.
-¿Y eso qué será? ¿Cómo llamás vos?
-¿Yo? Pues: ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!
La Virgen estaba en el patio dando de comer a unas gallinas que le habían regalado, con el pico y las patitas de oro y que ponían huevos de oro. Cuando oyó decir: ¡Ave María Purísima! se asomó creyendo que la llamaban.
Al ver a Uvieta se puso muy contenta.
-¿Qué hace Dios de esa vida, Uvieta? Entre para adentro.
San Pedro no se atrevió a decir a María Santísima y Uvieta se metió muy orondo en la Gloria y yo me meto por un huequito y me salgo por otro para que ustedes me cuenten otro.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El Cobrador de Rubem Fonseca



En la puerta de la calle, una dentadura enorme; debajo, escrito, Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un cartel, Espere, por favor, el doctor está atendiendo a un cliente.
Esperé media hora, con la muela rabiando. La puerta se abrió y apareció una mujer acompañada de un tipo grandulón, de unos cuarenta años, con bata blanca.
Entré en el consultorio, me senté en el sillón, el dentista me sujetó al pescuezo una servilleta de papel. Abrí la boca y dije que la muela de atrás me dolía mucho. Él miró con un espejito y preguntó por qué había descuidado la boca de aquella manera.
Como para partirse de risa. Tienen gracia estos tipos.
Voy a tener que arrancársela, dijo, le quedan ya pocos dientes, y si no hacemos un tratamiento rápido los va a perder todos, hasta estos – y dio un golpecito sonoro en los de delante.
Una inyección de anestesia en la encía. Me mostró la muela en la punta del botador: la raíz está podrida, ¿ve?, dijo como al desgaire. Son cuatrocientos cruceiros.
De risa. Ni hablar, dije.
¿Ni hablar, qué?
Que no tengo los cuatrocientos cruceiros. Me encaminé hacia la puerta.
Me cerró el paso con el cuerpo. Será mejor que pague, dijo. Era un tipo alto, manos grandes y fuertes muñecas de tanto arrancar muelas a los desgraciados. Mi pinta, un poco canija, envalentona a cierta gente. Odio a los dentistas, a los comerciantes, a los abogados, a los industriales, a los funcionarios, a los médicos, a los ejecutivos, a toda esa canalla. Tienen muchas que pagarme todos ellos. Abrí la camisa, saqué el 38, y pregunté con tanta rabia, que una gotita de saliva salió disparada hacia su cara: ¿qué tal si te meto esto culo arriba? Se quedó blanco, retrocedió. Apuntándole al pecho con el revolver empecé a aliviar mi corazón: arranqué los cajones de los armarios, lo tiré todo por el suelo, la emprendí a puntapiés con los frasquitos, como si fueran balones; daban contra la pared y estallaban. Hacer añicos las escupideras y los motores me costó más, hasta me hice daño en las manos y en los pies. El dentista me miraba, varias veces pareció a punto de saltar sobre mi, me hubiera gustado que lo hiciera, para pegarle un tiro en aquel barrigón lleno de mierda.
¡No pago nada! ¡Me he hartado de pagar!, le grité. ¡Ahora soy yo quién cobra!
Le pegué un tiro en la rodilla. Tendría que haber matado a aquel hijo de puta.

La calle abarrotada de gente. A veces digo para mi, y hasta para fuera ¡todos me las tienen que pagar! ¡Todos me deben algo! Me deben comida, coños, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben. Un ciego pide limosna agitando una escudilla de aluminio con unas monedas. Le arreo una patada en la escudilla, el tintineo de las monedas me irrita. Calle Marechal Floriano, armería, farmacia, banco, fotógrafo, Light, vacuna, médico, Ducal, gente a montones. Por las mañanas no hay quien avance camino de la Central, la multitud viene arrollando como una enorme oruga ocupando toda la acera.
Me cabrean estos tipos que tiran de Mercedes. También me fastidia la bocina de un coche. Anoche fui a ver a un tipo que tenía una Mágnum con silenciador para vender y cuando estaba atravesando la calle tocó la bocina un fulano que había ido a jugar al tenis en uno de aquellos clubs finolis de por allá. Yo iba distraído, que estaba pensando en la Mágnum, cuando sonó la bocina. Vi que el auto venía lentamente y me quedé parado.
¡Eh! ¿Qué pasa?, gritó.
Era de noche y no había nadie por allí. El iba vestido de blanco. Saqué el 38 y disparé contra el parabrisas, más para cascarle el vidrio que para darle a él. Arrancó a toda prisa, como para atropellarme o huir, o las dos cosas. Me eché a un lado, pasó el coche, los neumáticos chirriando sobre el asfalto. Se paró un poco más allá. Me acerqué. El tipo estaba tumbado con la cabeza hacia atrás, la cara y el cuerpo cubiertos de millares de astillitas de cristal. Sangraba mucho, con una herida en el cuello, y llevaba ya el traje blanco todo manchado de rojo.
Volvió la cabeza, que estaba apoyada en el asiento, los ojos muy abiertos, negros y el blanco parecía de un azul lechoso, como una nuez de jabuticaba por dentro. Y como le vi los ojos así, azulados, le dije – oye, que vas a morir, ¿quieres que te pegue el tiro de gracia?
No, no, me dijo con esfuerzo, por favor.
En una ventana vi un tío mirándome. Se escondió cuando miré hacia allá. Debía de haber llamado a la policía.
Salí andando tranquilamente, volví a la Cruzada. Había sido una buena idea, aquella de partirle el parabrisas del Mercedes. Tendría que haberle pegado un tiro en el capot y otro en cada puerta, el carrocero lo iba a agradecer.

El tío de la Mágnum ya había vuelto. A ver, los treinta perejiles. Ponlos aquí, en esta mano que no ha agarrado en su vida el tacho. Tenía la mano blanca, lisita, pero la mía estaba llena de cicatrices, tengo todo el cuerpo lleno de cicatrices, hasta el pito lo tengo lleno de cicatrices.
También quiero comprar una radio, le dije.
Mientras iba a buscar la radio, yo examiné a fondo mi Mágnum. Bien engrasadita, cargada. Con el silenciador puesto, parecía un cañón.
El perísta volvió con una radio de pilas. Era japonesa, me dijo.
Dale, para que lo oiga.
Lo puso.
Más alto, le pedí.
Aumentó el volumen.
Puf. Creo que murió del primer tiro. Pero le aticé dos más sólo para oír puf, puf.
Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, bocadillo de mortadela en la tasca de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de fútbol.
Me quedo ante la televisión para aumentar mi odio. Cuando mi cólera va disminuyendo y pierdo las ganas de cobrar lo que me deben, me siento frente a la televisión y al poco tiempo me viene el odio. Me gustaría pegarle una torta al tipo ese que hace el anuncio del güisqui. Tan atildado tan bonito, tan sanforizado, abrazado a una rubia reluciente, y echa unos cubitos de hielo en el vaso y sonríe con todos los dientes, sus dientes, firmes y verdaderos, me gustaría atraparlo y rajarle la boca con una navaja, por los dos lados, hasta las orejas, y esos dientes tan blancos quedarían todos fuera, con una sonrisa de calavera encarnada. Ahora está ahí, sonriendo, y luego besa a la rubia en la boca. Se ve que tiene prisa el hombre.

Mi arsenal está casi completo: tengo la Mágnum con silenciador, un Colt cobra 38, dos navajas, una carabina 12, un Taurus 38, un puñal y un machete. Con el machete voy a cortarle a alguien la cabeza de un solo tajo. Lo vi en el cine, en uno de esos países asiáticos, aún en tiempo de los ingleses. El ritual consistía en cortar la cabeza a un animal, creo que un búfalo, de un solo tajo. Los oficiales ingleses presidían la ceremonia un poco incómodos, pero los decapitadores eran verdaderos artistas. Un golpe seco, y la cabeza del animal rodaba chorreando sangre.
En casa de una mujer que me atrapó en la calle Corona, dice que estudia de noche en una academia. Ya pasé por eso, mi escuela fue la más nocturna de todas las escuelas nocturnas del mundo, tan mala que ya ni existe. La derribaron. Hasta la calle donde estaba la han derribado. Me pregunta qué hago, y le digo que soy poeta, cosa que es rigurosamente cierta. Me pide que le recite un poema mío. Ahí va: A los ricos les gusta acostarse tarde / sólo porque saben que los currantes tienen que acostarse temprano para madrugar / Esa es otra oportunidad suya para mostrarse diferentes: / hacer el parásito, / despreciar a los que sudan para ganarse el pan / dormir hasta tarde, / tarde / un día / por fortuna / demasiado tarde, /
Me interrumpe preguntándome si me gusta el cine, ¿Y el poema? Ella no entiende. Sigo: sabia bailar la samba y enamorarse / y rodar por el suelo /sólo por poco tiempo. / Del sudor de su rostro nada se había construido. / Quería morir con ella, / pero eso fue otro día, / realmente otro día, / En el cine Iris, en la calle Carioca / El Fantasma de la Opera / Un tipo de negro, cartera negra, el rostro oculto, / en la mano un pañuelo blanco inmaculado, / metía mano a los espectadores; / en aquel tiempo, en Copacabana. / otro / que ni apellido tenía, / se bebía los orines de los mingitorios de los cines / y su rostro era verde e inolvidable. / La Historia está hecha de gente muerta / y el futuro de gente que va a morir. / ¿Crees tú que sufre? / Ella es fuerte, aguantará. / Aguantaría también si fuera débil. / Ahora bien, tú, no sé. / Has fingido tanto tiempo, pegaste bofetadas y gritos, mentiste / Estas cansado, / has terminado / no sé qué es lo que te mantiene vivo. /
No entendía la poesía. Estaba sólo conmigo y quería fingir indiferencia, bostezaba desesperadamente. La eterna trapacería de las mujeres.
Me das miedo, acabó confesando.
Este pendejo no me debe nada, pensé, vive con estrechuras en su pisito, tiene los ojos hinchados de beber porquerías y de leer la vida de las niñas bien en la revista Vogue.
¿Quieres que te mate?, pregunté mientras bebíamos güisqui de garrafa.
Quiero que me revuelques en la cama, se rió ansiosa, dubitativa.
¿Acabar con ella? Nunca había estrangulado a nadie con mis propias manos. No queda bien, ni siquiera resulta dramático, estrangular a alguien; es como si fuera una pelea callejera. Pero, pese a todo, tenía hasta ganas de estrangular a alguien, pero no a una desgraciada como aquella. Para un don nadie basta quizá con un tiro en la nuca.
Lo he venido pensando últimamente. Se había quitado la ropa: pechos mustios y colgantes; los pezones, como pasas gigantescas que alguien hubiera pisoteado; los muslos, flácidos, con celulitis, gelatina estragada con pedazos de fruta podrida.
Estoy muerta de frío, dijo.
Me eché encima de ella. Me cogió por el cuello, su boca y la lengua en mi boca, una vagina chorreante, cálida y olorosa.
Jodimos.
Ahora se ha quedado dormida.
Soy justo.

Leo los periódicos. La muerte del perista de Cruzada ni viene en las noticias. El señoritingo del Mercedes con ropa de tenista murió en el Miguel Couto y los periódicos dicen que fue atacado por el bandido Boca Ancha. Es como para morirse de risa.
Hago un poema titulado Infancia o Nuevos Olores de Coño con U: Aquí estoy de nuevo / oyendo a los Beatles / en Radio Mundial / a las nueve de la noche / en un cuarto / que podría ser / y era / el de un santo mártir / No había pecado / y no sé por qué me condenaban / ¿por ser inocente o por estúpido? / De todos modos /el suelo seguía allí / para zambullirse. / Cuando no se tiene dinero / es conveniente tener músculos / y odio.
Leo los periódicos, para saber qué es lo que están comiendo, bebiendo, haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos.

Desde la calle veo la fiesta en Vieira Souto, las mujeres con vestido de noche, los hombres de negro. Ando lentamente, de un lado a otro, por la calle; no quiero despertar sospechas y el machete lo llevo por dentro de la pernera, amarrado, no me deja andar bien. Parezco un lisiado, me siento como un lisiado. Un matrimonio de media edad pasa a mi lado y me mira con pena; también yo siento pena de mí, cojo, y me duele la pierna.
Desde la acera veo a los camareros sirviendo champán francés. A esa gente le gusta el champán francés, la ropa francesa, la lengua francesa.
Estaba allí desde las nueve, cuando pasé por delante, bien pertrechado de armas, entregado a la suerte y al azar, y la fiesta surgió ante mi.
Los aparcamientos que había ante la casa se ocuparon pronto todos, y los coches de los asistentes tuvieron que estacionarse en las oscuras calles laterales. Me interesó mucho uno, rojo, y en él, un hombre y una mujer, jóvenes y elegantes los dos. Fueron hasta el edificio sin cruzar palabra; él, ajustándose la pajarita, y ella, el vestido y el peinado. Se preparaban para una entrada triunfal, pero desde la acera veo que su llegada fue, como la de los otros, recibida con total desinterés. La gente se acicala en el peluquero, en la modista, en los salones de masaje, y sólo el espejo les presta, en las fiestas, la atención que esperan. Vi a la mujer con su vestido azul flotante y murmuré: te voy a prestar la atención que te mereces, por algo te pusiste tus mejores braguitas y has ido tantas veces a la modista y te has pasado tantas cremas por la piel y te has puesto un perfume tan caro.
Fueron los últimos en salir. No andaban con la misma firmeza y discutían irritados, con voz pastosa, confusa.
Llegué junto a ellos en el momento en que el hombre abría la puerta del coche. Yo venía cojeando y él apenas me lanzó una mirada distraída, a ver quién era, y descubrió sólo a un inofensivo inválido de poca monta.
Le apoyé la pistola en la espalda.
Haz lo que te diga o vais a morir los dos, dije.
Entrar con la pata rígida en el estrecho asiento de atrás no fue cosa fácil. Quedé medio tumbado, con la pistola apuntando a su cabeza. Le mandé que tirara hacia la Barra de Tijuca. Saqué el cuchillo de la pernera cuando me dijo llévate el dinero y el coche y déjanos aquí. Estábamos frente al Hotel Nacional. De risa. Él estaba ya sereno y quería tomarse el último güisqui mientras daba cuenta a la policía por teléfono. Hay gente que se cree que la vida es una fiesta. Seguimos por el Recreio dos Bandeirantes hasta llegar a una playa desierta. Saltamos. Dejé los faros encendidos.
Nosotros no le hemos hecho nada, dijo él.
¿Que no? De risa. Sentí el odio inundándome los oídos, las manos, la boca, todo mi cuerpo, un gusto de vinagre y de lágrimas.
Está en estado, dijo él señalando a la mujer, va a ser nuestro primer hijo.
Miré la barriga de aquella esbelta mujer y decidí ser misericordioso, y dije, puf, allá donde debía estar su ombligo y me cargué al feto. La mujer cayó de bruces. Le apoyé la pistola en la sien y dejé allí un agujero como la boca de una mina.
El hombre no decía ni palabra, la cartera del dinero en su mano tendida. Cogí la cartera y la tiré al aire y cuando iba cayendo le largué un taconazo, así, con la zurda, echándola lejos.
Le até las manos a la espalda con un cordel que llevaba. Después le amarré los pies.
Arrodíllate, le dije.
Se arrodilló.
Los faros iluminaban su cuerpo. Me arrodillé a su lado, le quité la pajarita, doble el cuello de la camisa, dejándole el pescuezo al aire.
Inclina la cabeza, ordené.
La inclinó. Levanté el machete, sujeto con las dos manos, vi las estrellas en el cielo, la noche inmensa, el firmamento infinito e hice caer el machete, estrella de acero, con toda mi fuerza, justo en medio del pescuezo.
La cabeza no cayó, y él intentó levantarse agitándose como una gallina atontada en manos de una cocinera incompetente. Le di otro golpe, y otro más y otro, y la cabeza no rodaba por el suelo. Se había desmayado o había muerto con la condenada cabeza aquella sujeta al pescuezo. Empujé el cuerpo sobre el guardabarros del coche. El cuello quedó en buena posición. Me concentré como un atleta a punto de dar un salto mortal. Esta vez, mientras el cuchillo describía su corto recorrido mutilante zumbando, hendiendo el aire, yo sabía que iba a conseguir lo que quería. ¡Broc!, la cabeza saltó rodando por la arena. Alcé el alfanje y grité: ¡Salve al Cobrador! Di un tremendo grito que no era palabra alguna, sino un aullido prolongado y fuerte, para que todos los animales se estremecieran y se largaran de allí. Por donde yo paso, se derrite el asfalto.

Una caja negra bajo el brazo. Digo, trabada la lengua, que soy el fontanero y que voy al apartamento doscientos uno. Al portero le hace gracia mi lengua estropajosa y me manda subir. Empiezo por el último piso. Soy el fontanero (lengua normal ahora) vengo a arreglar eso. Por la abertura, dos ojos: nadie ha llamado al fontanero. Bajo al séptimo: lo mismo. Sólo tengo suerte en el primero.
La criada me abrió la puerta y gritó hacia dentro, es el fontanero. Salió una muchacha en camisón, con un frasquito de esmalte de uñas en la mano, guapilla, de unos veinticinco años.
Debe de ser un error, dijo, no necesitamos al fontanero.
Saqué la Cobra de dentro de la funda. Claro que lo necesitáis, y quietas o me cargo a las dos.
¿Hay alguien más en casa? El marido estaba trabajando, y el chiquillo, en la escuela. Agarré a la criadita, le tapé la boca con esparadrapo. Me llevé a la mujer al cuarto.
Desnúdate.
No me da la gana, dijo con la cabeza erguida.
Me lo deben todo, calcetines, cine, solomillos, me lo deben todo, coño, todo. Anda, rápido. Le dí un porrazo en la cabeza. Cayó en la cama, con una marca roja en la cara. No disparo. Le arranqué el camisón, las braguitas. No llevaba sostén. Le abrí las piernas. Coloqué las rodillas sobre sus muslos. Tenía una pelambrera basta y negra. Se quedó quieta, con los ojos cerrados. No fue fácil entrar en aquella selva oscura, la abertura era apretada y seca. Me incliné, abrí la vagina y escupí allá dentro, un gargajo gordo. Pero tampoco así fue fácil. Sentía la verga desollada. Empezó a gemir cuando se la hundí con toda mi fuerza hasta el fin. Mientras la metía y sacaba le iba pasando la lengua por los pechos, por la oreja, por el cuello, y le pasaba levemente el dedo por el culo, le acariciaba la barriguita. Empezó a quedárseme lubricada por los jugos de su vagina, ahora tibia y viscosa.
Como ya no me tenía miedo, o quizá porque lo tenía, se corrió antes que yo. Con lo que me iba saliendo aún, le dibujé un círculo alrededor del ombligo.
A ver si ahora no abrirás al fontanero cuando llame, le dije antes de marcharme.

Salgo de la buhardilla de la calle del Vizconde de Maranguape. Un agujero en cada muela lleno de cera del Dr. Lustosa / masticar con los dientes de delante / caray con la foto de la revista / libros robados. / Me voy a la playa.
Dos mujeres charlan en la arena; una está bronceada por el sol, lleva un pañuelo en la cabeza; la otra está muy blanca, debe ir poco a la playa; tienen las dos un cuerpo muy hermoso; la barriguita de la más pálida es la más hermosa que he visto en mi vida. Me siento cerca y me quedo mirándola. Se dan cuenta de mi interés y empiezan a menearse inquietas, a decir cosas con el cuerpo, a hacer movimientos tentadores, de trasero. En la playa todos somos iguales, nosotros los jodidos, y ellos. Y nosotros quedamos incluso mejor, porque no tenemos esos barrigones y el culazo blando de los parásitos. Me gusta la paliducha esa. Y ella parece interesada por mí, me mira de reojo. Se ríen, se ríen, enseñando los dientes. Se despiden, y la blanca se va andando hacia Ipanema, el agua mojando sus pies. Me acerco y voy andando junto a ella, sin saber qué decir.
Soy tímido, he llevado tantos estacazos en la vida, y el pelo de la chica se ve cuidado y fino, tiene el pecho altito, los senos pequeños, los muslos sólidos, torneados, musculosos, y el trasero formado por dos hemisferios consistentes.
Cuerpo de bailarina.
¿Estudias ballet?
Estudié, me dice. Me sonríe. ¿Cómo puede tener alguien una boca tan bonita? Me dan ganas de lamer su boca diente a diente. ¿Vives por aquí?, me pregunta. Si, miento. Ella me señala una casa en la playa, toda de mármol.

De vuelta a la calle del Vizconde de Maranguape. Voy matando el tiempo hasta el momento de ir a casa de la paliducha. Se llama Ana. Me gusta Ana. Me gusta Ana, palindrómico. Afilo el cuchillo en una piedra especial. Los periódicos dedicaron mucho espacio a la pareja que maté en la Barra. La chica era hija de uno de esos hijos de puta que se hacen ricos, en Segipe o Piauí, robando a los muertos de hambre, y luego se vienen a Rio, y los hijos de cara chata ya no tienen acento, se tiñen el pelo de rubio y dicen que descienden de holandeses.
Los cronistas de sociedad estaban consternados. Aquel par de señoritingos que me cargué estaban a punto de salir hacia París. Ya no hay seguridad en las calles, decían los titulares de un periódico. De risa. Tiré los calzoncillos al aire e intenté cortarlos de un tajo como hacía Saladito (con un lienzo de seda) en la película.
Ahora ya no hacen cimitarras como las de antes / Yo soy una hecatombe / No fue ni Dios ni el Diablo / quien me hizo un vengador / Fui yo mismo / Yo soy el Hombre-Pene / Soy el Cobrador.
Voy al cuarto donde doña Clotilde está acostada desde hace tres años. Doña Clotilde es la dueña de la buhardilla.
¿Quiere que le barra la habitación?, le pregunto.
No, hijo mío; sólo quería que me pusieras la inyección de trinevral antes de marcharte.
Pongo la jeringuilla a hervir, preparo la inyección. El culo de doña Clotilde está seco como una hoja vieja y arrugada de papel de arroz.
Vienes que ni caído del cielo, hijo mío. Ha sido Dios quien te ha enviado, dice.
Doña Clotilde no tiene nada, podría levantarse e ir de compras al supermercado. Su mal está en la cabeza. Y después de pasarse tres años acostada, sólo se levanta para hacer pipí y caquitas, que ni fuerzas debe tener.
El día menos pensado le pego un tiro en la nuca.

Cuando satisfago mi odio, me siento poseído por una sensación de victoria, de euforia, que me da ganas de bailar – doy pequeños aullidos, gruño sonidos inarticulados, más cerca de la música que de la poesía, y mis pies se deslizan por el suelo, mi cuerpo se mueve con un ritmo hecho de esguinces y de saltos, como un salvaje, o como un mono.
Quien quiera mandar en mí, puede quererlo, pero morirá. Tengo ganas de acabar con un figurón de esos que muestran en la tele su cara paternal de bellaco triunfador, con una de esas personas de sangre espesa a fuerza de caviares y champán. Come caviar / tu hora va a llegar./ Me deben una mocita de veinte años, llena de dientes y perfume. ¿La de la casa de mármol? Entro y me está esperando, sentada en la sala, quieta, inmóvil, el pelo muy negro, la cara blanca, parece una fotografía.
Bueno, vámonos, le digo. Me pregunta si traigo coche. Le digo que no tengo coche. Ella sí tiene. Bajamos por el ascensor de servicio y salimos en el garaje, entramos en un Puma descapotable.
Al cabo de un rato le pregunto si puedo conducir y cambiamos de sitio. ¿Te parece a Petrópolis?, pregunto. Subimos a la sierra sin decir palabra, ella mirándome. Cuando llegamos a Petrópolis me pide que pare en un restaurante. Le digo que no tengo ni dinero ni hambre, pero ella tiene las dos cosas, come vorazmente, como si temiera que el cualquier momento viniesen a retirarle el plato. En la mesa de al lado, un grupo de muchachos bebiendo y hablando a gritos, jóvenes ejecutivos que suben el viernes y que beben antes de encontrarse con madame toda acicalada para jugar a cartas o para cotillear mientras van catando quesos y vinos. Odio a los ejecutivos. Acaba de comer y dice, ¿qué hacemos ahora? Pues ahora nos volvemos, le digo, y bajamos sierra abajo, yo conduciendo como un rayo, ella mirándome. Mi vida no tiene sentido, hasta a veces he pensado en suicidarme, dice. Paro en la calle del Vizconde de Maranguape. ¿Vives aquí? Salgo sin decir nada. Ella viene detrás: ¿cuándo te volveré a ver? Entro, y mientras subo las escaleras oigo el ruido del coche que se pone en marcha.
Top Executive Club. Usted merece el mejor relax, hecho de cariño y comprensión. Masajistas expertas. Elegancia y distinción.
Anoto la dirección y me encamino a un local, una casa, en Ipanema. Espero a que él salga, vestido de gris ceniza, cuello duro, cartera negra, zapatos brillantes, pelo planchado. Saco un papel del bolsillo, como alguien que anda en busca de una dirección, y voy siguiéndole hasta el coche. Estos cabrones siempre cierran el coche con llave, saben que el mundo está lleno de ladrones, también ellos lo son, pero nadie los agarra. Mientras abre el coche le meto el revolver en la barriga . Dos hombres, uno ante el otro, hablando, no llama la atención. Meter el revolver en la espalda asusta más, pero eso sólo debe hacerse en lugares desiertos.
Estate quieto o te lleno de plomo esa barrigota ejecutiva.
Tiene el aire petulante y al mismo tiempo ordinario del ambicioso ascendente inmigrado del interior, deslumbrado por las crónicas de sociedad, elector, inversor, católico, cursillista, patriota, mayordomista y bocalibrista, los hijos estudiando en la Universidad, la mujer dedicada a la decoración de interiores y socia de una boutique.
A ver, ejecutivo, ¿qué te hizo la masajista? ¿Te hizo una paja o te la chupó?
Bueno, usted es un hombre y sabe de estas cosas, dijo. Palabras de ejecutivo con chofer de taxi o ascensorista. Desde Bazucada a la Dictadura, cree que se ha enfrentado ya con todas las situaciones de crisis.
Qué hombre ni qué niño muero, digo suavemente, soy el Cobrador.
¡Soy el Cobrador!, grito.
Empieza a ponerse del color del traje. Piensa que estoy loco y aún no se ha enfrentado con ningún loco en su maldito despacho con aire acondicionado.
Vamos a tu casa, le digo.
No vivo aquí, en Rio, vivo en Sao Paulo, dice.
Ha perdido el valor, pero no las mañas. ¿Y el coche?, le pregunto., ¿El coche? ¿Qué coche? ¿Ese con matrícula de Rio? Tengo mujer y tres hijos, intenta cambiar de conversación. ¿Qué es esto? ¿Una disculpa, una contraseña, habeas corpus, salvoconducto? Le mando parar el coche. Puf, puf, puf, un tiro por cada hijo en el pecho. El de la mujer, en la cabeza. Puf.
Para olvidar a la chica de la casa de mármol, voy a jugar al fútbol a un descampado. Tres horas seguidas, tengo las piernas hechas un Cristo de los`patadones que me llevé, el dedo gordo del pie izquierdo hinchado, tal vez roto. Me siento, sudoroso, a un lado del campo, junto a un mulato que lee O Dia. Los titulares me interesan, le pido el periódico, el tío me dice ¿por qué no compras uno, si quieres leerlo? No me enfado. El tipo tiene pocos dientes, dos o tres retorcidos y oscuros. Digo, bueno, no vamos a pelearnos por eso. Compro dos bocadillos calientes de salchichas y dos coca-colas, le doy la mitad y entonces me deja el periódico. Los titulares dicen: La policía anda a la busca del loco de la Mágnum. Le devuelvo el periódico, el no lo acepta, sonríe para mí mientras mastica con los dientes de delante, o mejor, con las encías de delante, que de tanto usarlas, las tiene afiladas como navajas. Noticias del diario: Un grupo de peces gordos de la zona sue haciendo preparativos para el tradicional Baile de Navidad, Primer Grito del Carnaval. El baile empieza el día veinticuatro y termina el día de Año Nuevo. Vienen hacendados de la Argentina, herederos alemanes, artistas norteamericanos, ejecutivos japoneses, el parasitismo internacional. La Navidad se ha convertido en una fiesta. Bebida, locura, orgía, despilfarro.
El Primer Grito de Carnaval. De risa. Tienen gracia estos tipos…
Un loco se tiró desde el puente de Niteroi y estuvo nadando doce horas hasta que dio con el una lancha de salvamento. Y no agarró ni un resfriado.
Cuarenta viejos mueren en el incendio de un asilo. Las familias lo celebrarán.

Estoy acabando de ponerle la inyección de trinevral a doña Clotilde cuando llaman al timbre. Nunca llama nadie al timbre de la buhardilla. Yo hago las compras, arreglo la casa. Doña Clotilde no tiene parientes. Miro desde la galería. Es Ana Palindrómica.
Hablamos en la calle. ¿Es que andas huyendo de mi?, pregunta. Más o menos eso, digo. Subo con ella a la buhardilla. Doña Clotilde, estoy aquí con una chica, ¿puedo llevármela al cuarto? Hijo mío, la casa es tuya, haz lo que quieras; pero me gustaría verla.
Nos quedamos de pie al lado de la cama. Doña Clotilde se queda mirando a Ana un tiempo inmenso. Se le llenan los ojos de lágrimas. Yo rezaba todas las noches, solloza, todas las noches, para que encontraras una chica como esta. Alza los brazos flacos cubiertos de colgajos de piel flácida, junta las manos y dice, oh Dios mío, gracias, gracias.
Estamos en i cuarto, de pie, ceja contra ceja, como en el poema, y la desnudo, y ella me desnuda a mi, y su cuerpo es tan hermoso que siento una opresión en la garganta, lágrimas en mi rostro, ojos ardiendo, mis manos tiemblan
y ahora
estamos tumbados, uno junto a otro, entrelazados, gimiendo,
y más, y más, sin parar, ella grita la boca abierta, los dientes blancos, como de elefante joven;
¡ay, ay adoro tu obsesión!, grita ella, agua y sal y humores chorrean de nuestros cuerpos sin parar.
Ahora, mucho después, tumbados, mirándonos hipnotizados hasta que anochece y nuestros rostros brillan en la oscuridad y el perfume de su cuerpo traspasa las paredes de la habitación.
Ana despertó antes que yo y la luz está ya encendida. ¿Sólo tienes libros de poesía? Y todas estas armas ¿para qué? Coge la Mágnum del armario, carne blanca y acero negro, apunta hacia mí. Me siento en la cama.
¿Quieres disparar? Puedes disparar, la vieja no va a oír. Pero un poco más arriba. Con la punta del dedo alzo el cañón hasta la altura de mi frente. Aquí no duele.
¿Has matado a alguien alguna vez? Ana apunta el arma a mi cabeza.
Si.
¿Y te gustó?
Me gustó.
¿Qué sentiste?
Como un alivio.
¿Cómo nosotros dos en la cama?
No, no. Otra cosa. Lo contrario.
Yo no te tengo miedo, dice Ana.
Ni yo a ti. Te quiero.
Hablamos hasta el amanecer. Siento una especie de fiebre. Hago café para doña Clotilde y se lo llevo a la cama. Voy a salir con Ana, digo. Dios oyó mis oraciones, dice la vieja entre trago y trago.

Hoy es veinticuatro de diciembre, el día del Baile de Navidad o primer Grito de Carnaval. Ana Palindrómica se ha ido de casa y vive conmigo. Mi odio ahora es diferente. Tengo una misión. Siempre he tenido una misión y ni lo sabía. Ahora lo sé. Ana me ha ayudado a ver. Sé que si todos los jodidos hicieran lo que yo, el mundo sería mejor y más justo. Ana me ha enseñado a usar los explosivos y creo que estoy ya preparado para este cambio de escala. Andar matándolos uno a uno es cosa mística, y ya me he librado de eso. En el Baile de Navidad mataremos convencionalmente a los que podamos. Será mi último gesto romántico inconsecuente. Elegimos para iniciar la nueva fase a los consumistas asquerosos de un supermercado de la zona sur. Los matará una bomba de gran poder explosivo. Adiós machete, adiós puñal, adiós mi rifle, mi Colt Cobra, mi Mágnum, hoy será el último día que os use. Beso mi cuchillo. Hoy usaré explosivos, reventaré a la gente, lograré fama, ya no seré sólo el loco de la Mágnum. Tampoco volveré a salir por el parque de Flamenco mirando a los árboles, los troncos, la raíz, las hojas, la sombra, eligiendo el árbol que querría tener, que siempre quise tener, un pedazo de suelo de tierra apisonada. Y los ví crecer en el parque, y me alegraba cuando llovía, y la tierra se empapaba de agua, las hojas lavadas por la lluvia, el viento balanceando las ramas, mientras los automóviles de los canallas pasaban velozmente sin que ellos miraran siquiera a los lados. Ya no pierdo mi tiempo en sueños.
El mundo entero sabrá quien eres tú, quienes somos nosotros, dice Ana.
Noticia: El gobernador se va a disfrazar de Papá Noel. Noticia: Menos festejos y más meditación, vamos a purificar el corazón. Noticia: No faltará cerveza. No faltará pavo. Noticia: Los festejos navideños causarán este año más víctimas de tráfico y agresiones que en años anteriores. Policía y hospitales se preparan para las celebraciones de Navidad. El Cardenal en la televisión: la fiesta de Navidad ha sido desfigurada, su sentido no es éste, esa historia de Papá Noel es una desgraciada invención. El Cardenal afirma que Papá Noel es un payaso ficticio.
La víspera de Navidad es un buen día para que esa gente pague lo que debe, dice Ana. Al Papá Noel del baile quiero matarlo yo mismo a cuchilladas, digo.
Le leo a Ana lo que he escrito, nuestro mensaje de Navidad para los periódicos.
Nada de salir matando a diestro y siniestro, sin objetivo definido. Hasta ahora no sabía qué quería, no buscaba un resultado práctico, mi odio iba siendo desperdiciado. Estaba en lo cierto por lo que a mis impulsos se refiere, pero mi equivocación consistía en no saber quien era el enemigo y por qué era enemigo. Ahora lo sé. Ana me lo ha enseñado. Y mi ejemplo debe ser seguido por otros, sólo así cambiaremos el mundo. Esta es la síntesis de nuestro mensaje de Navidad.
Meto las armas en una maleta. Ana tira tan bien como yo, sólo que no sabe manejar el cuchillo, pero ésta es ahora un arma obsoleta. Le decimos adiós a doña Clotilde. Metemos la maleta en el coche. Vamos al baile de Navidad. No faltará cerveza, ni pavo. Ni sangre. Se cierra un ciclo de mi vida y se abre otro.




viernes, 15 de septiembre de 2017

Un día perfecto para el pez plátano de J.D. Salinger


         Como en el hotel había noventa y siete publicistas neoyorquinos que monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la muchacha del cuarto 507 tuvo que esperar desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde para hacer su llamada. De cualquier modo, no fue un tiempo 
perdido. La muchacha leyó un artículo en una revista para mujeres; 
el artículo se llamaba “El sexo: cielo o infierno”. Lavó sus cepillo y su peine. Sacudió la pelusa que tenía la falda de su traje beige. Puso un botón en su blusa de Saks. Se quitó dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando la operadora al fin llamó a su cuarto, estaba sentada en el borde de la ventana y ya casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. Era una muchacha para la que un teléfono 
sonando no significaba nada. Era como si su teléfono sonara continuamente 
desde que ella entró en la pubertad. El teléfono seguía sonando mientras ella, 
con el   pincel, repasaba una vez más la uña de su dedo meñique, acentuando 
la línea de la luna. Luego tapó el botecito de barniz y, levantándose, agitó su mano izquierda, la húmeda, en el aire, de un lado a otro. Con su mano seca recogió un cenicero repleto de colillas del asiento de la ventana y lo llevó hasta la mesita de noche, sobre la cual estaba el teléfono. Se sentó sobre una de las bien tendidas camas gemelas y –era el quinto o 
sexto timbrazo—levantó el teléfono.  ­­
Bueno—dijo, conservando los dedos de su mano izquierda extendidos y apartados de su bata blanca de seda que, a excepción de las sandalias, era lo único que llevaba puesto: sus anillos estaban en el baño. ­
- ­Ya tengo su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora. 
 Gracias—dijo  la   muchacha, mientras hacía lugar para el cenicero en la mesita 
de noche. Entró la voz de una mujer. ­­Muriel, ¿eres tú? La muchacha separó un poco la bocina de su oído. ­­Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo. ­
- ­He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no habías llamado? ¿Estás bien?  ­
Hace  dos noches que estoy tratando de comunicarme contigo. 
Pero aquí el teléfono estaba … 
- ­­Muriel, ¿estás bien? La muchacha aumentó el ángulo de distancia entre 
la bocina y su oído. Estoy muy   bien. Con mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida durante… ­­¿Por qué  no me habías llamado? 
No sabes qué  pendiente tenía de…
- ­­Mamá, mamita, no me grites. Te oigo perfecto y no hace falta   gritar—
dijo la muchacha­­.   Anoche te llamé dos veces. Una después de… ­­Anoche   
mismo le  dije a tu padre que a   lo mejor nos llamabas. Pero no, él tenía que…Muriel, ¿estás bien? 
Dime la verdad.
- ­­Estoy bien. Ya deja de preguntarme eso, por favor. ­­¿Cuándo llegaron? ­­No me acuerdo. El miércoles temprano, por la mañana. ­­¿Quién manejó? ­­Él—dijo la muchacha­­. Y no  empieces.  Manejó muy bien. Yo estaba sorprendida. ­
- ­¿Cómo que él manejó? Muriel, tú me prometiste que… ­­Mamá—interrumpió la muchacha­­, ya te dije. Manejó muy bien. A menos de  cincuenta todo el camino, de hecho. ­
- ­¿No trató de hacer otra vez su numerito con los árboles?
- ­­Mamá, te digo que manejó muy bien. Ya, por favor. Le pedí que se mantuviera pegado a la línea blanca y toda la cosa, y él entendió a qué me estaba refiriendo, y sí hizo lo que yo le decía. Hasta se esforzó por no mirar a los árboles, de eso puedes estar segura. Oye, y por cierto, ¿ya le arreglaron el coche a mi papá?
- ­­Todavía no. Nos quieren cobrar cuatrocientos dólares y sólo por
- … ­­Mamá, Seymour le dijo a mi papá que él lo iba a pagar todo. No sé por qué no…
- ­­Bueno, a ver qué pasa. Oye, y ¿cómo se portó?... en el carro y en general. ­­Bien—dijo la muchacha. ­­¿Te siguió diciendo ese apodo espantoso? ­­No. Ya tiene uno nuevo. ­­
¿Cuál? ­­Ay, da igual, eso qué importa, mamá. ­­Muriel, quiero saber. Tu padre…  ­­
Está bien. Me dice Miss Trampa Espiritual 1948—dijo la muchacha, y se rio. ­­
No tiene  nada de gracioso,  Muriel.  Nada de gracioso.  
Es espantoso. Es deprimente, de veras. Cuando pienso en cómo… ­­Mamá—interrumpió la muchacha­­, óyeme bien, por favor. ¿Te acuerdas de ese libro de poemas que él me envió desde Alemania? Ya sabes cuál; el de los poemas alemanes. ¿Dónde lo dejé? He estado como loca tratando de acordarme… ­­Tú lo tienes. ­­¿Segura?—dijo la muchacha.
- ­­Segura.   Mejor   dicho,   yo   lo   tengo.   Está   en   el   cuarto   de Freddy. Lo dejaste aquí y yo no tengo otro lugar para… ¿por qué? ¿Te lo pidió? ­
- ­No. Sólo me preguntó por el libro, cuando veníamos para acá en la carretera. Quería saber si lo había leído. ­­Pero si estaba en alemán.
- ­­Sí mamá, pero eso qué importa –dijo la muchacha, cruzando las piernas­­. Él dijo que los poemas los había escrito el  único  gran poeta del siglo. Dijo que yo debía haberme comprado una traducción o algo así. O aprender el idioma, en todo caso.
- ­­Qué cosa tan terrible. Es deprimente, de veras, eso es lo que es. Anoche tu padre me decía que…­­Espérame un momentito, mamá—dijo la muchacha. Fue porsus cigarros hasta el asiento de la ventana, encendió uno, 
y volvió a sentarse sobre la cama­­. ¿Mamá?—dijo, exhalando el humo. ­
- ­Muriel. Mira, óyeme lo que te voy a decir. ­­Te estoy oyendo. ­
- ­Tu papá habló con el doctor Sivetski. ­­¿Ah, sí?—dijo la muchacha. 
 Le contó todo.  O al menos eso dice… tú sabes cómo es tu papá. Los árboles. Lo de la ventana. Todas esas cosas horribles que le dijo a tu abue sobre lo que ella debía planear para su muerte. Lo que hizo con esas fotos preciosas de las Bermudas… to­do… ­­¿Y qué?—dijo la muchacha.
- En primer lugar, pues dijo que era un absoluto crimen que el Ejército lo hubiera dado de alta en el hospital… te juro que eso dijo. Le aseguró a tu padre que hay una posibilidad ( que es muy posible, dijo) de que Seymour pudiera perder totalmente el control de sí mismo. 
Te lo juro. ­
- ­Aquí en el hotel hay un psiquiatra—dijo la muchacha. ­­¿Quién? 
¿Cómo se llama? ­
- ­No sé. Rieser o algo así. Se supone que es muy bueno. ­­
Nunca he oído hablar de él. ­­Y eso qué, de todos modos se supone que es muy bueno. ­
- ­Muriel, por favor, no le hables así a tu madre. Estamos muy preocupados por ti. Anoche tu padre quería mandarte un telegrama para decirte que te regresaras, de hecho estamos pens… ­
- ­Todavía no me voy a regresar. Así que cálmense. 
- ­­Muriel. Te lo juro. El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder absolutamente el con…
- ­­Acabo de llegar aquí, mamá. Son mis primeras vacaciones en años y no voy a empacarlo todo así nada más para regresarme a la casa —dijo la muchacha­­. Y de todos modos, aunque quisiera, no puedo viajar como así. Estoy tan quemada que apenas me puedo mover.  ­
- ­¿Estás muy quemada? ¿No usaste el bloqueador que te puse en la maleta? Lo puse exactamente en… ­­Sí lo usé, pero me quemé de 
todos modos. ­
- ­Qué espanto. ¿De dónde estás quemada? ­­Toda, en todo el cuerpo. ­­
Qué espanto.
- ­­No me voy a morir por eso. ­­Oye, ¿hablaste con ese psiquiatra? ­­
Sí, más o menos. ­
- ­¿Y qué dijo? ¿Y Seymour dónde estaba cuando hablaste con él? ­
- ­En el Salón Marino, tocando el piano. Ha estado tocando el piano las dos noches que llevamos aquí. ­­Bueno ¿y qué te dijo?  
Pues no mucho. 
Él fue el que habló primero conmigo. Anoche yo estaba sentada a su lado, estábamos jugando Bingo, y él me preguntó si no era mi esposo el que estaba tocando el piano en el salón de junto. Le dije que sí, que sí era, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Y yo le dije que… ­­¿Por qué te preguntó eso? ­
- ­Yo qué sé, mamá. Supongo que porque vio a Seymour muy pálido y todo eso –dijo la muchacha­­. La cosa es que después del Bingo  él y su esposa me invitaron  a tomar una copa con ellos. 
Y acepté. Su esposa era horrible. ¿Te acuerdas de ese vestido de noche que estaba espantoso, el que vimos en el aparador de Bonwit? El que dijiste que debías tener un cuerpo delgadí… ­­¿El verde? ­­Ése. Lo tenía puesto. 
Y toda gorda. Se la pasó preguntándome si Seymour era pariente de Suzanne   
Glass, la millonaria que tiene su tienda en Madison Avenue. ­
- ­Bueno, pero ¿qué dijo el doctor? ­
- ­Ah. Pues no mucho, en realidad. O sea, estábamos en el bar y todo eso. Había muchísimo ruido. ­­Sí pero… pero ¿le contaste lo que quiso hacer con la silla de tu abue?
- ­­No, mamá. No llegué a tantos detalles—dijo la muchacha­­. Seguro que voy a tener la oportunidad de hablar con él otra vez. 
Se la pasa en el bar todo el día.
-  ­­¿No dijo si era posible que Seymour se pusiera… ya sabes… que hiciera cosas raras o algo así? ¡Que pudiera hacerte algo! ­­No exactamente—dijo la muchacha­­. Necesitaría tener más detalles, mamá. Tienen que saber sobre tu infancia, y todo eso.Te digo que apenas pudimos hablar. Había mucho ruido ahí dentro. ­
- ­Bueno. ¿Qué tal te quedó tu falda azul? ­­Muy bien. Tuve que arreglarle 
el dobladillo. ­­¿Y cómo está la moda este año? ­­Fatal. Pero algo que no crees, fuera de este mundo. Puras lentejuelas… 
ves de todo—dijo la muchacha. ­­¿Qué tal está tu cuarto? ­
- ­Pues bien. Bien a secas. No pudimos conseguir el cuarto en el que estuvimos antes de la guerra—dijo la muchacha­­. Este año la gente 
está que no   lo   crees. Deberías ver lo que se sienta junto a nosotros en el comedor. 
En   las   mesas de al lado. Parece que los mandaron en un camión de redilas.
- ­­Bueno, en todas partes está igual. ¿Y tu vestido ballerina?
- ­­Muy largo. Te dije que iba a estar muy largo. ­
- ­Muriel, te pregunto por última vez: ¿de veras estás bien? ­­Sí, mamá—dijo la muchacha­­. Por enésima vez.  ­­¿Y no quieres regresarte a la casa? ­­No, mamá. 
- Anoche tu padre dijo que por su parte está más que dispuesto a pagarte tu estancia en otro lugar; para que te fueras sola y pensaras las cosas 
otra   vez, con más calma. Podrías irte en uno de esos cruceros… 
Los dos pensamos que… ­­No, gracias—dijo la muchacha y descruzó las   piernas­­. Mamá, esta llamada va a costar muchísi…
- ­­Cuando pienso cómo esperaste a ese muchacho durante toda la   guerra… O sea,   cuando una piensa en todas esas muchachas descocadas que ya estando casadas se… ­­Mamá—dijo la muchacha­­, mejor   colgamos. Seymour puede llegar en cualquier momento.  ¿Dónde está?
- En la playa. ­­¿En la playa? ¿Solo? ¿Cómo lo dejas solo en la playa? ­­Mamá—dijo la muchacha­­, hablas de él como si fuera un loco de atar.  ­­Yo no dije nada de eso, Muriel. ­
- ­Bueno, pues a eso sonó. No le hace nada a nadie. Sólo se está ahí. Ni siquiera se quita la bata. ­­¿Cómo que no se quita la bata? ¿Y por qué? ­
- ­No sé. Supongo que es porque es tan pálido. ­
- ­Pero mi amor, si a él le hace falta tomar sol. ¿No hay modo de decirle que tome sol? ­­Tú   conoces   a   Seymour—dijo   la   muchacha   y   cruzó   las piernas otra vez­­. Dice que no quiere tener a una bola de estúpidos mirándole su tatuaje.
-  ­­¡Pero si no tiene ningún tatuaje! ¿Qué  se hizo uno en el ejército? ­­No, mamá, no—dijo la muchacha y se puso de pie­­. Oye, mira, si puedo te llamo mañana.
-  ­­Muriel. Escúchame lo que voy a decirte.  ­­Sí,   mamá—dijo la muchacha,   recargando el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha. ­­Llámame en el  mismo momento en que él haga, o diga, cualquier cosa que parezca rara… ya sabes a qué me refiero. ¿Me estás oyendo? ­
- ­Mamá, yo no le tengo miedo a Seymour. ­­Muriel, quiero que me lo prometas. ­
- ­Está bien, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la muchacha­­. Le mando un beso a mi papá—colgó el teléfono. ­­Simor Glass—dijo Sybil Carpenter, quien estaba en el hotel con su madre­­. ¿Y Simor Glass? ­
- ­Mi amor, ya deja de repetir eso. Tu mamita se está volviendo loca. Ya estáte quieta, por favor. La señora Carpenter estaba poniendo bloqueador sobre los hombros de Sybil, extendiéndolo  sobre  los huesos delicados, como alas, de su espalda. 
Sybil miraba al mar sentada, en un equilibrio precario, sobre una pelota de playa inflada e inmensa. Tenía un traje de baño de dos piezas, amarillo canario; en realidad una de esas piezas no le haría falta sino en otros nueve o diez años. ­
- ­De veras que era un pañuelo de seda… una lo veía con sólo acercarse—dijo la   
mujer que estaba junto a la señora Carpenter, sentada en la otra silla de playa­­. Ojalá supiera cómo es que ella se lo pudo amarrar así. Era de veras una lindura. ­
- ­Sí, me lo imagino—convino   la  señora   Carpenter­­. Sybil, estáte quieta, mi amor. ­
- ­¿Y Simor Glass? La señora Carpenter suspiró. ­­Está   bien—dijo. Puso la tapa 
sobre el botecito   del bloqueador­­. Ya vete a jugar, mi amor. Mamá se va a ir al hotel a tomarse un martini con la señora Stubbel. Te guardo la aceituna y te la doy luego. Cuando se quedó sola, Sybil bajó corriendo de inmediato hacia la parte húmeda de la orilla y se encaminó rumbo al pabellón de los pescadores. Sólo se detuvo para aplastar con el pie un castillo derruido y erosionado por el agua; y enseguida dejó atrás la zona reservada a los 
clientes del hotel. Caminó como un cuarto de milla y entonces, de repente, se echó a correr hacia el otro lado, subiendo de la arena húmeda a la parte más seca de la playa. Se detuvo de golpe cuando llegó al sitio donde había un hombre joven tirado bocarriba. ­­¿No vas a meterte al agua, Simor Glass? El joven se incorporó, se llevó la mano derecha a las solapas de su bata de baño. Se puso bocabajo, dejando que la toalla enrollada le cayera sobre los ojos y miró a Sybil de reojo. ­­Ah. Sybil. Qué pasó. ­
- ­¿No vas a meterte al agua? ­­Estaba esperándote a ti—dijo el joven­­. ¿Qué ha habido? ­­
¿Qué? ­­Que ¿qué ha habido? ¿Qué vas a hacer? ­­Mi papá llega   mañana en avión—
dijo   Sybil pateando la arena. ­
- ­Nada más no me la eches en la cara—dijo el joven, poniendo la mano en el talón de Sybil­­. Bueno, ya debía haber llegado. Tu papá. Lo he estado esperando a toda hora. ­­¿Dónde está la mujer que vino contigo? ­
- ­¿La mujer?—el joven se sacudió la arena que le había caído sobre el pelo delgadísimo­­. Es muy difícil saberlo, Sybil. Puede estar en mil partes. Con la peinadora. O tiñéndose el pelo de café. O en su cuarto,
haciendo muñecos para los niños pobres­­. Moviéndose bocabajo, el joven cerró los puños, puso uno encima del otro y recargó la barbilla en el puño de arriba­­. Pregúntame otra cosa, Sybil—dijo­­. Está precioso tu traje de baño. A mí de las cosas que más me gustan son los trajes de baño azules. Sybil lo miró y luego bajó la vista para verse el 
bultito del estómago. 
- ­Este traje de baño es amarillo—dijo­­. Es amarillo. ­­¿Ah, sí? A ver, acércate más. Sybil dio un paso adelante. ­­Tienes toda la razón. Qué tonto me vi.
- ¿No te vas a meter al agua?—dijo Sybil. ­­Lo estoy pensando seriamente. Estoy pensándolo muchísimo, Sybil, por si 
quieres saberlo. Sybil apretó el flotador de hule que el joven utilizaba a veces para recargar la cabeza.  ­­Le hace falta más aire—dijo ella.
- ­­Tienes razón. Necesita más aire del que yo creo­­. Quitó los puños y dejó la barbilla descansando sobre la arena. ­­Sybil—dijo­­, te ves muy bien. Me da gusto verte. Cuéntame algo de tu vida­­. Se incorporó y tomó entre sus manos los dos talones de Sybil­­. Yo soy capricornio—dijo­­. ¿Tú de qué signo eres? ­­Sharon Lipschutz dijo que tú la dejaste sentarse junto a ti en el piano—
dijo Sybil. ­­¿Eso dijo Sharon Lipschutz? Sybil afirmó moviendo la cabeza 
vigorosamente. Él le soltó los talones, retrocedió las manos y recargó la 
cara sobre su antebrazo derecho. 
–Pues en fin –dijo­­, tú sabes cómo pasan esas cosas. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú que no te aparecías por ninguna parte. Y entonces llegó Sharon Lipschutz y se sentó junto a mí. Ni modo de empujarla, ¿o sí? 17 ­­Sí. ­­No, no. No. Cómo iba a hacerle eso—dijo el joven­­. De todos modos, voy a decirte qué fue lo que hice. ­­¿Qué? ­
- ­Me hice a la idea de que ella eras tú.  Sybil bajó la vista de inmediato y empezó a cavar en la arena. 
- ­­Vamos a meternos al agua—dijo. ­­Está bien—dijo el joven­­. Yo creo que ya estoy listo.
- Otra vez que pase eso, tírala del asiento—dijo Sybil. ­
- ­¿Que tire a quién? ­­A Sharon Lipschutz. ­­Ah,   Sharon   Lipschutz—dijo   el   joven­­.   
Cómo   vuelve   ese nombre. Mezclando memoria y deseo­­. De repente se puso de pie. Miró el mar. 
–Sybil—le dijo­­, ¿sabes qué vamos a hacer? Vamos a ver si agarramos un pez del plátano.
- ¿Un qué? ­­Un pez del plátano—dijo él, y se desanudó el lazo de la bata. Luego se la quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos, el traje de baño era azul celeste. Fue doblando la bata, primero a la mitad, luego en tres partes. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la extendió   
sobre la arena y tiró la bata doblada encima de ella. Se agachó, recogió el flotador y lo aseguró bajo su brazo derecho. Luego, con su mano izquierda, tomó la mano de Sybil. Los dos empezaron a bajar 
hacia el océano.
- ­Me imagino que ya has visto peces del plátano alguna vez en tu vida—
dijo el joven. Sybil negó con la cabeza. ­­¿Nunca los has visto? ¿Pues dónde vives tú? 
 No sé. 
 Claro que sabes dónde vives. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive y sólo tiene tres años y medio de edad.  Sybil se detuvo y separó con rapidez su mano de la de él. Levantó una concha de mar y la miró con un interés elaborado. Luego la tiró. ­
- ­Whirly Wood, Connecticut—dijo ella, y siguió caminando, con la barriga por delante.
- Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven­­. ¿De casualidad no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró. ­­Yo vivo  en Whirly Wood, Connecticut­­. Sybil se adelantó corriendo unos pasos, se cogió el pie con la mano del mismo lado y brincó dos o 
tres veces.
- No te imaginas el modo en que eso aclara las cosas—dijo el joven. Sybil se soltó el pie.
- ¿Tú ya leíste El pequeño sambo?—dijo. ­­Qué   casualidad   que   me   preguntas   eso—
dijo   él­­. Precisamente anoche lo acabo de leer. Siguió bajando y volvió a tomar la mano de Sybil.
- ¿Qué te pareció?—le preguntó a Sybil. ­­¿Lo de los tigres corriendo alrededor del árbol? ­
- ­Sí, yo creí que nunca iban a parar. Nunca había visto a tantos tigres juntos. ­
- ­Nada más eran seis—dijo Sybil. ­­¡Nada más seis!—dijo el joven­­. ¿Y te parecen pocos?
- ¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil. ­­¿Qué si me gusta qué? ­
- ­La cera. ­­A mí, mucho. ¿Y a ti? Sybil asintió con la cabeza. ­
- ­¿Te gustan las aceitunas?—preguntó luego. ­
- ­Las aceitunas… sí. Las aceitunas y la cera. No voy a ninguna parte sin ellas.
- ­­¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil. ­­Sí. Sí me gusta—dijo el joven­­. Lo que más me gusta de ella es que nunca está viendo cómo hacerles daño a los perritos en el lobby del hotel. Ahí tienes al cachorro de bulldog que es de esa señora de Canadá. Seguro que no me lo vas a creer, pero a  algunas  niñitas les gusta pegarle al perrito con palos de paleta. Pero a Sharon no. Nunca les pega ni los trata mal. Por eso me gusta tanto. Sybil estaba callada. ­
- ­A mí me gusta masticar velas—dijo finalmente. ­­¿A quién no?—dijo el joven mojándose los pies­­. Aj. Está fría­­. Dejó caer el flotador por el reverso­­. No, Sybil, espera, hasta que entremos un 
poco más. Se adentraron hasta que el nivel del agua rebasó la cintura de Sybil. Luego el joven la levantó y la puso bocabajo sobre el flotador. 
- ­­¿Tú nunca usas gorro para bañarte o algo?—preguntó él. ­­No dejes que me vaya—ordenó Sybil­­. Deténme ya. ­
- ­Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo— dijo el joven­­. Tú sólo pónte lista para cuando veas a un pez del plátano. Éste es un día perfecto para el pez del plátano.  ­­Yo no veo ninguno—dijo Sybil. ­­Lo que pasa es que tienen costumbres muy raras—el joven siguió   empujando el flotador. 
El agua apenas le iba llegando al pecho­­. Su vida es muy trágica—dijo él­­. Sybil, ¿tú no sabes lo que hacen? Ella movió la cabeza. ­­Mira, llegan nadando 
a un hoyo, en ese hoyo hay muchísimos plátanos. Cuando van nadando, parecen comunes 
y corrientes. Pero ya que están adentro, se portan como cerdos… No, si te digo: yo me he llegado a enterar de que varios de ellos entraron nadando a uno de esos hoyos y se llegaron a comer hasta setenta y ocho plátanos­­. El joven impulsó el flotador y a su pasajera un pie más cerca del horizonte­­. Y claro que luego están tan gordos que ya no pueden salirse del hoyo otra vez. No caben por la puerta. ­­No me lleves tan lejos—dijo Sybil­­. ¿Y qué les pasa? ­­¿Qué les pasa a quiénes?  ­­A los peces del plátano.
- ­­Ah, ¿tú dices después de que se comen tantos plátanos y que ya no pueden 
salir del hoyo? ­­Sí—dijo Sybil. ­­Bueno, pues no quería decírtelo. Se mueren, Sybil.
 ¿Por qué?—preguntó Sybil. ­
- ­Bueno, pues les da la fiebre de plátano. Es una enfermedad terrible. ­­
Ahí viene una ola—dijo Sybil con nerviosismo. ­
- ­No le vamos a hacer caso. Vamos a hacer como que no existe —dijo el joven­­. Dos esnobs­­. Cogió con sus manos los talones de Sybil y la dirigió como un timón. El flotador se elevó y libró la ola. El agua empapó el pelo rubio de Sybil, pero ésta dio un grito de placer.  Cuando el flotador quedó otra vez a nivel, Sybil levantó la mano y se quitó de los ojos un mechón de pelo húmedo, pegado a la cara, y dijo: ­
- ­Acabo de ver uno. ­­¿Qué viste? ­­Un pez del plátano. ­­¡Pero cómo!—dijo el joven
- ­­. ¿Y tenía muchos plátanos en la boca? 
- Sí—dijo Sybil­­. Seis. El joven cogió de pronto uno de los pies mojados de Sybil, que colgaban del flotador, y le besó el arco.  ­­Hey—dijo la dueña del pie, dándose la vuelta.
-  Oye, ya nos vamos. ¿Ya fue suficiente? ­­¡No! ­­Pues ni modo—dijo y se dedicó a empujar el flotador hacia la playa hasta que Sybil pudo bajarse. Él lo cargó el resto del trayecto. ­­Adiós—dijo Sybil, y corrió sin pena rumbo al hotel. El joven se puso la bata, juntó las solapas y apretujó la toalla en su bolsillo. Recogió el flotador mojado y arenoso y se lo puso bajo el brazo. Luego caminó solo rumbo al hotel pasando por la arena blanda y ardiente.  En la planta baja del hotel, donde se detenían los bañistas con permiso de la gerencia, una mujer que tenía untada en la nariz una pomada color zinc entró al elevador con el joven. ­­Veo que usted está 
mirándome los pies—dijo cuando el ascensor se puso en movimiento. ­­¿Perdón?
- ­­Dije que usted me está mirando los pies. ­
- ­Me perdona, pero lo que estaba mirando es el piso—dijo la mujer, y fijó la vista en las puertas del elevador.
- ­Si quiere mirarme los pies, véamelos—dijo el joven­­, pero no lo haga con su jodida hipocresía. ­­Déjeme bajar aquí, por favor—dijo de inmediato la mujer a la muchacha que manejaba el elevador. Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar atrás. ­

- ­Tengo dos pies normales y no veo la mínima razón para que a cualquiera se le ocurra mirarlos—dijo el joven­­. Quinto piso, por favor­­. Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su bata.  Bajó en el quinto piso, avanzó por el pasillo y se metió en el 507. El cuarto olía a maletas nuevas de piel de borrego y a removedor de 
barniz de uñas. Miró a la muchacha que dormía sobre una de las camas gemelas. Luego fue hasta uno de los velices del equipaje, lo abrió, y desde debajo de una pila de calzones y ropa interior sacó una Ortgies automática,   
calibre 7.65.   Sacó el cargador, lo revisó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Luego cruzó el cuarto y se sentó en la cama gemela desocupada, miró a la muchacha, se apuntó la pistola, y se pegó un balazo en la sien derecha.
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