lunes, 25 de mayo de 2015

Fantasma de Enrique Anderson Imbert


Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte los objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha... Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! "Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo", pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver -jaula vacía- y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
-¡No entres! -gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
-¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! -gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas. En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Sí... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas. Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.


lunes, 11 de mayo de 2015

Juul de Gregie de Maeyer


      Juul tenía rizos, rizos rojos como alambres de cobre, por eso le gritaban todos:
- ¡Pelos de alambre! ¡Tienes sangre en el pelo! ¡Caca roja!
Un día Juul cogió unas tijeras y rizo a rizo se los cortó.
Juul tenía la cabeza pelona y todos le decían:- ¡Bola de billar! ¡Cabeza de huevo! ¡Pelón pelonete!
Por eso se puso un gorro. Al no tener pelo, el gorro le caía encima de las orejas y éstas se le salían un poco,- ¡Orejas de duende! - ¡Dumbo! -Échate a volar!, le llamaban ahora.
 Eso le hubiese gustado a Juul, volar muy lejos de allí. De dos rabiosos  jalones Juul se arrancó las orejas.
Como no tenía orejas el gorro le caía encima de los ojos impidiéndole ver, y empezó a chocar contra las paredes, contra los otros chicos, contra las sillas, Juul veía estrellas y empezó a hacer bizcos. Entonces los niños empezaron a llamarle:
- ¡Bizco! ¡Cegatón! ¡Topo! Juul cerró fuertemente los ojos hasta que se le salieron de las órbitas, cayeron al suelo como dos canicas calientes, pero no botaron.
Tenía tanto, pero tantísimo dolor, que apenas podía pronunciar una palabra, gemía, babeaba y balbuceaba mientras los otros le decían: - ¡Caracol! ¡Baboso! ¡Miren, Juul no sabe hablar! Juul metió su lengua en un enchufe de la luz, se quemó media boca y su lengua calcinada, desapareció.
       El dolor era tan insoportable que Juul apenas podía caminar, las piernas se le torcían y le fallaban y los chicos le decían: - ¡Juul  patizambo! ¡Juul patas torcidas! ¡Patas de peréntesis!
Juul se fue al tren, puso las piernas sobre las vías, cuando éste pasó dejó un gran reguero rojo.
      Alguien encontró a Juul, alguien lo sentó en una silla de ruedas, y mientras Juul empujaba y empujaba con las manos  para escapar los niños que seguían gritándole: ¡Juul patas de rueda! ¡Juul patas de llanta! cuando le alcanzaron, le mancharon de porquería las ruedas y ahí donde él tenía que agarrarse para escapar.
De la rabia que le dio metió sus manos en agua hirviendo, para tenerlas siempre limpias, pero estaba tan caliente, que se quemó; y le salieron ampollas y llagas que le supuraban.
El médico las mandó amputar y los chicos le decían: ¡Brazos de salchicha! ¡Salchichón ! Juul fue hacia el zoológico, a la jaula de los leones, metió los brazos por los barrotes y un león se los comió.
      Juul sólo era cabeza y torso y los niños decían: - ¡Qué vergüenza de torso! ¡Si no lo tuviese podríamos jugar al fútbol con su cabeza!
Así que entre todos tiraron y tiraron hasta que le separaron la cabeza del tronco. Pero resultó que la cabeza, aunque se podía patear, no botaba bien; y los niños, cansados, dejaron a Juul abandonado en la zona de penalty.
Alguien pasó por allí, lo recogió, le dio de comer, lo mimó, le dio un abrazo, le puso un lápiz en la boca, le ofreció un papel y le preguntó:
-¿Pero qué te ha pasado? A lo que Juul contestó:

Yo tenía rizos rojos, como alambres de cobre
Por eso me gritaban todos: - ¡Pelos de alambre!
¡Tienes sangre en el pelo! ¡Caca roja!
Por eso rizo a rizo, me los corté...




domingo, 3 de mayo de 2015

El fusilado de José Vasconcelos

¡Cuánto tiempo llevábamos a caballo! ¡Al principio éramos un ejército; ahora sumábamos unos cuantos! Quiénes habían muerto en los combates; otros quedaron prisioneros o dispersos, y los más, en seguida de los descalabros, desertaron al abrigo de la noche, abandonando equipo, armas y uniforme, para confundirse con los pacíficos… 

Bajábamos la sierra; en la mañana clara, el temblor del ambiente suscitaba deseos de cantar. El camino seguía un estrecho cañón a la mitad del imponente acantilado. Del fondo subía el rumor de una corriente deshecha en espuma entre peñascos. Por la falda de los montes subían los follajes, anegándonos de frescura, embriagándonos con el aroma intenso de las retamas… El corte sube y baja, y las bestias avanzan resoplando; por fin alcanzamos la altura; el camino se ensancha, se aparta de la cañada, y el cielo se abre inmenso, luminoso. A poco andar nos internamos en un bosque. Cuesta trabajo adelantar, porque las ramas se entrecruzan; pero, en los claros, ¡qué hermosa es la luz!, ¡qué grata la frondosidad de los árboles y cómo tonifica el olor de las resinas! Se siente bello el vivir.
Súbitamente resuena un grito humano; casi simultáneamente, una descarga de fusilería; los caballos se encabritan, instantáneamente se propaga la confusión. No podemos ver a distancia, pero escuchamos tiros y voces extrañas, alguien exige imperioso la rendición: oímos súplicas patéticas: “No tire”. “No me mate”. Queremos embestir y nos cierra el paso un grupo enemigo… Recuerdo las bocas oscuras de las pistolas apuntadas a quemarropa. Nos entregamos; se nos desarma y, después de breve deliberación, se reanuda la marcha… Los vencidos, por delante. Avanzábamos atontados, incapaces todavía de reflexión; únicamente recuerdo que yo repetía mentalmente: emboscada, emboscada, palabra que viene de bosque; así es una emboscada.
Al principio no queríamos resignarnos; secretamente nos aferrábamos a la ilusión de que sobrevendría algo imprevisto o de que, haciendo un esfuerzo, toda la horrible y sencilla ocasión se desvanecería como un mal sueño; pero un dolor físico, clavado fuertemente en el corazón, nos obligaba a confesar nuestra desgracia; de adentro de nuestras conciencias salía una nube gris que empañaba la luz del sol y la hermosura del campo. De sobra conocíamos la práctica brutal de ejecutar a los prisioneros; la reserva de nuestros captores era suficiente aviso… Mientras duraba la marcha, mi imaginación estuvo trabajando con rapidez y profundidad que no me había conocido antes. Íbamos a ser víctimas de una repugnante injusticia, y, sin embargo, no me preocupaba el momento próximo, sino la totalidad de mi vida anterior. Los hombres me parecían irresponsables, y todos los sucesos un tejido absurdo y cruel donde lo único natural e inevitable es morir. Largo sería contar lo que pensé. Al caer la tarde, las sombras de aquel último crepúsculo se me metían en el pecho, sentí frío y desaliento… De no contenerme la voluntad, me habría puesto a llorar y suplicar por mi vida, según vi hacerlo a algunos prisioneros nuestros, que supusieron éramos también unos desalmados. No me resignaba a morir; pensaba en el desamparo de los míos y en tantas cosas que tenía proyectadas… El botín que me arrebataban; aquella hermosa, mi compañera de los días felices, ¡qué importaba!, ya la sentía yo, un poco atrás de mí, llena de aplomo, conversando con el capitán enemigo; pronto se las arreglaría la perra para salvarse; volvería al fausto de las ciudades, a despertar la codicia en todos los ojos… De todas maneras, tarde o temprano, así había de ser, el valiente las toma y las deja sin reproche. Pero la otra, la que me lloraría, y los pequeños huérfanos…, huérfanos, ¡horrible palabra!, ¡y peor aún el gesto de piedad que la acompaña! Y me sacudió esta idea: “Si yo mostraba abatimiento, eso dejaría una huella de debilidad en el alma de mis hijos; en cambio, si me mantenía firme, si los entregaba, confiado en Dios, único repartidor de fortunas y penas, entonces ellos también adquirirían un temple altivo. La muerte de su padre no sería una escena lacrimosa: iba yo a legarles un molde altanero donde podrían ensayar sus almas…” ¡Y me erguí en los estribos! Frecuentemente me había ocurrido salir de las situaciones apuradas imaginando una actitud de audacia –cuando sufrimos un gran bochorno anhelamos correr, arrogantemente, a galope de caballo–; así las penas y situaciones dolorosas se alivian al instante si nos las representamos en panorama, si mentalmente las incorporamos a la estatuaria… Inmediatamente me entristeció pensar en lo bueno que hubiera sido dejar escrita aquella teoría; pero, reflexionando me dije que tal aflicción mía no era sino un pretexto para rehusar la muerte, pues ni aquella teoría ni la más original de las teorías se pierden porque un hombre muera; otros la pensarán tarde o temprano, y todas ellas existen independientemente del azar de que alguien las descubra o se dedique a escribirlas. Otra bella teoría perdida, pero perdida para mi gloria personal, no para la riqueza del mundo. Meditando así, me puse risueño, pero sin ironía; siempre desdeñé a los ironistas.

Una gran luna amarillenta se había levantado por el cielo crepuscular y ahora iluminaba el campo. A distancia comenzó a divisarse un caserío… El jefe mandó hacer alto, cruzó algunas palabras con sus inferiores y en seguida nos dividieron en dos grupos. Seis más y yo, que era el jefe vencido, recibimos orden de permanecer allí. Todos comprendimos; se sintió pasar un escalofrío general, que a nosotros se nos disolvió en el cuerpo y nos entumeció los miembros. Los demás comenzaron a desfilar; yo me mostraba indiferente, a fin de dar consuelo a los compañeros, que se despedían cabizbajos. Sin embargo, no me atrevía a buscar la mirada de mi amiga; con esa rápida penetración que se posee en los últimos instantes, me la representé ganándose amores nuevos. Se fue con su mirada dura de los últimos días, la que le observé desde que se inició el fracaso; pero no obtuvo la satisfacción cruel de compadecerme. ¡Recuerdo su silueta voluptuosa, bañada de luna!... Largo rato la miré y, al recordar a la esclava de sólo unas semanas antes, me llené de rabia y la injurié bellacamente; pero como ella iba ya a distancia en que no podía escucharme, y nadie la quería en la tropa, todos soltaron la risa, yo, contagiado, me reí también y recobré la calma.
No me quedaba odio en el pecho; nadie lo tiene cuando va a morir; todo lo contrario, la conciencia rebosa energía. Cierto que los miembros flaquean por miedo del dolor físico, pero el ánimo se pone alerta. La vida entera, rápidamente recordada, parece un incidente de un camino muy largo. Comienza a borrarse la noción del tiempo, a un grado que lo más reciente se confunde con los sucesos remotos, y viceversa. Mejor dicho, todo aparece renovado y luminoso; la misma idea de la muerte nos revela aspectos piadosos de redención. Y parece que todo nuestro ser implora: “Señor, recíbenos en tu seno, perdónanos el haber vivido y condúcenos, líbranos pronto de todo esto…”
En un momento quedamos alineados; nadie hablaba, pero sentíamos con precisión rara todos los movimientos de nuestros ejecutores. El sonido metálico y unísono de la preparación de los rifles nos causó un fuerte estremecimiento; pero no intentamos huir; todo sucedía muy de prisa. Como en un delirio vimos que nos apuntaron los rifles; salió el fogonazo y un violento golpe de costado nos derribó en tierra… Desde entonces ya no supe lo que fue de mis compañeros; recuerdo haber visto mi cuerpo destrozado y contrahecho por las contorsiones de los últimos instantes; pero me aparté de él sin amargura, contemplándolo casi con disgusto; igual, ni más ni menos, que cuando se desecha un traje usado. Entré en seguida en un período de somnolencia durante el cual me daba cuenta perfecta de que subsistía, aunque de una manera extraña, sin apoyo en ningún elemento. Poco tiempo después recuerdo haber pasado, a la hora del crepúsculo, por una calle de la ciudad donde fui relativamente famoso, y esto lo digo sin vanidad, tan sólo para explicar la conversación que escuché: “Pobre Fulano –aquí mi nombre–; lo mataron; después de todo no era malo, sino excesivamente díscolo…, por aquí viven sus hijos…” Ni siquiera me ocupé de ver quién era el que hablaba ni qué más decía: ¡desde acá se ven tan efímeras las cosas del mundo que no inspiran el menor interés! La mención de mis hijos me puso a pensar y advertí que no experimentaba aquella honda y casi dolorosa ternura que únicamente los padres conocen; en seguida me lo expliqué: yo no tenía ya corazón y el dolor depende de que éste, mal hecho, se tuerce con la pena; en cambio, el espíritu puro tan sólo conoce la alegría. Sin embargo, en aquellos instantes yo no estaba para problemas, me dedicaba por entero a adaptarme a mi nuevo estado; sin exageración, puedo calificarlo de delicioso: mis poderes centuplicados; en mí ya no regía la ley newtoniana de la pesantez; podía ir y venir a mi antojo no sólo en el espacio, sino también en el tiempo; vagaba por los aires y los campos; no me interesaba el bullicio pequeño de las ciudades; me sentía hecho como de luz de halo; rozaba ligeramente con el aire al avanzar y esto me producía un goce delicadísimo, semejante a la impresión de ver correr el agua, o a la que produce la flecha que señala la trayectoria de una fuerza en los diseños de los libros de mecánica. Así entraba y penetraba en el mundo, sin perder mi unidad… Desde el principio sentí ganas de presentarme en la tierra para informar a los hombres de la beatitud que aquí alcanzan los blandos de corazón, porque pueden penetrar el universo, en tanto que las almas duras se desmoronan como lodo seco y podrido, se confunden con el humus terrestre. Necesitan pasar a la fragua de los volcanes, a la prueba del fuego, para tornar a convertirse, primero, en gas y, después, en aliento de vida. De aquí justamente, procede el mito de los infiernos. En realidad, sucede que la conciencia perversa tarda millares de años para volver al estado humano, donde podrá intentar, una vez más, su liberación. En cambio, los buenos como ya lo he dicho, se ligan con las fuerzas superiores e intervienen en la obra del universo. Ya lo sé, mis revelaciones serán inútiles; la ley es que cada quien sea el autor de su propia salvación.
Sin ejercitar los sentidos corpóreos, puesto que ya no tenía yo cuerpo, todo lo percibía y entendía directamente con la inteligencia; sin embargo, me quedaba un extraordinario desarrollo del tacto, ese tacto nervioso que quizá es la base de todos los sentidos corpóreos, algo como la sensibilidad que imaginamos en la corriente eléctrica. Me daban tentaciones de usar este poder a fin de comunicarme con los hombres; pero, aparte de las dificultades de procedimiento, ¡es tan difícil hacer comprender ciertas cosas a los que todavía están metidos en cuerpos! Veía, por ejemplo, las mesas de los espiritistas, tartamudeantes, obtusas, ridículas; ¡no es posible rebajarse a usarlas! Pasaba enseguida a ejercitar contactos sobre la membrana cerebral de los médiums en las sesiones medianímicas; pero, apenas se ponían a hablar, lanzaban tal cúmulo de incoherencias y dislates que me alejaba, disgustado de la máquina humana como medio de expresión. En fin, para todos los que se preocupan de estos asuntos tengo un consejo: no busquen la verdad ni en las pruebas físicas ni en el balbuceo de los médiums ni con ningún procedimiento anormal; búsquenla en la inspiración del genio y en el secreto de los sueños. Desde que estaba en el mundo, yo había concebido escribir un libro intitulado Las hipótesis del sueño, y aquí he venido a confirmar plenamente mis atisbos; el misterio se ilumina en los sueños…
Ahora me encuentro atareadísimo en la más interesante de las ocupaciones. ¿Cómo lo diré? Parece que rozo con la eternidad; el pasado se me va apareciendo tal como fue, vivo y hermoso; en seguida, me prolongo en otro sentido y veo el porvenir, igual, ni más ni menos, que cuando ejercitamos la memoria para recordar, sólo que aquí los hechos recordados se nos presentan intangibles, aunque realísimos, mucho más reales que en la evanescente realidad terrestre. Lo mejor de todas nuestras emociones, extendido a lo largo de una vía luminosa e infinita. ¡Allí se encuentra lo sublime de todos los tiempos! Me diréis que también está allí lo monstruoso, puesto que toda acción queda fotografiada para siempre en el panorama sin términos; sí, pero nadie lo mira; como no hay quien lo ame, nadie lo evoca; y jamás resucita, se confunde con la nada. En cambio, lo hermoso y lo noble reviven sin cesar. Y aquel, mi apasionamiento excesivo, que en el mundo me causaba martirios, y la censura de las gentes, aquí transformado en afán inmenso, me sirve para abarcar más eternidad. Al ir descubriendo estos prodigios comprendí que no andaba muy descaminado en el mundo cuando sostenía conmigo mismo la tesis de la conducta como parte de la estatuaria; es decir, resuelta, grande, de manera que pueda representarse en bloques; acción que merezca la eternidad. Porque lo ruin y lo mediocre no subsisten; el asco o la indiferencia lo matan.
Antes de ir más lejos he querido dejar consignados estos avisos. Ya que en vida no pude escribir tantas teorías como se me confundían en la mente, me complazco en reparar la pérdida de unas cuantas vanidades con el lampo de verdad que dejo apuntado. Los eternos incrédulos alzarán los hombros diciendo: “¡Bah!, otra fantasía”; pero pronto, demasiado pronto, verán que tengo razón. Descubrirán, como he descubierto yo, que aquí no rigen las leyes corrientes, sino la ley estética, la ley de la más elevada fantasía.



lunes, 27 de abril de 2015

La señal de Inés Arredondo

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.
Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.
Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.
Siempre había estado ahí, pero sólo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña –de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.
No había nadie, sólo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel. . . pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.
El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.
Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.
Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestanas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.
—¿Me permite besarle los pies?
Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, !no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.
Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceo algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero sólo pedían.
—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.
Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre. . . Tuvo piedad de él.
—Está bien.
—¿Quiere descalzarse?
Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lúcido, tan lúcido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzo.
Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro. . . nadie sabría nunca lo que eso era. . . era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.
No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.
Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos. . . Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel. . . Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez. . . El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento. . . No, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.
El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.
Pedro se quedo ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.
Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.
¿Por qué yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos. . . Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.
Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.


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