jueves, 15 de febrero de 2018

La tía Nela de Enrique Serna



Te lo advertí, a cada puerco le llega su San Martín. Yo sabía que tarde o temprano, cuando ya no pudieras soportar los remordimientos, ibas a venir de rodillas a pedirme perdón. Has comprendido que Tía Nela sólo buscaba lo mejor para ti. Santo y bueno, yo sé perdonar las ofensas. Pero me temo, hijito, que mi absolución ya no puede servirte de mucho. Cada quien tiene la corona que se labra. Mira nomás lo que has hecho con tu vida, con tu pobrecito cuerpo. Ya ni siquiera me das asco, ahora te tengo lástima, ¿y sabes por qué? Porque estás sepultado en un abismo de oscuridad y no haces nada por buscar la luz. ¿Desde hace cuánto no te confiesas? ¿Desde cuándo no vas a misa? Mira, Efrén, te voy a llamar por tu nombre de antes, porque el de ahora me repugna; mira, hijito, si querías hacerme sufrir con tus desfiguros, si pensaste que tus escándalos me iban a amargar la vida, te equivocaste, mi amor: yo sigo igual, vieja y achacosa, pero en paz con mi conciencia, en cambio tú te emborrachas a solas, tomas pastillas para dormir y de noche te oigo rechinar los dientes como alma en pena. Ya lo ves, sólo te hiciste daño a ti mismo. Quién te mandó zopilote salir al campo a volar. ¿Para eso violaste todas las reglas del pudor y de la decencia? ¿Para eso deshonraste nuestro apellido? Con el diablo no se juega, muchacho. Ahora que viene a pasarte la factura corres a refugiarte bajo mis faldas. Pero no me pidas perdón a mí: sólo Cristo con su infinita misericordia podrá salvarte del fuego eterno.
Llora, eso te hará bien, llora hasta desahogar toda la ponzoña que llevas dentro. Así llorabas de niño cuando yo te castigaba por tus malas mañas. Oh, Dios, cuánto batallé para darte una educación y un futuro. Otra en mi lugar te hubiera entregado a un hospicio cuando tus padres se mataron en la carretera. No dejaron nada, sólo deudas, y bien sabes que yo, con las pobres ganancias de la mercería y mis chambitas de costurera, apenas ganaba para malcomer y mantener esta humilde casa. Cuántas veces me quité el pan de la boca para dártelo a ti. Cuántas veces me privé de mis pequeños placeres para comprarte un juguete o una golosina. ¿Y cómo me pagaste esos sacrificios? Con una lanza clavada en mi costado, como los centuriones le pagaron al redentor.
Muy temprano descubrí tus torcidas inclinaciones. A los cinco años preferías jugar con mis figurines que patear la pelota con los niños del parque, no soportabas los programas violentos de la tele, y en cambio te quedabas hechizado con las funciones de ballet. Pero yo pensaba: cuando crezca se le pasará, lo que necesita esta criatura es un poco de rigor y disciplina para hacerse varón. Por eso, en mala hora, te mandé a estudiar con los padres maristas en vez de enviarte a una escuela oficial. Como la colegiatura costaba un Potosí, tuve que ponerme a coser por las noches, a riesgo de quedarme ciega. ¿Y todo para qué? Para que el infeliz mocoso, en la primera semana de clases, tuviera la maldita ocurrencia de besar en la boca a su compañero de banca, un muchacho de excelente familia, emparentado con el gobernador. Y ni siquiera fue a escondidas, no, ¡tuviste que hacer tu mariconada enfrente de todo el salón!
La escena en el despacho del prefecto, donde tu profesor te acusó en presencia del niño ofendido, fue uno de los tragos más amargos de mi vida. Te abrí la boca de un bofetón, ¿recuerdas? Tú me mirabas con asombro, como si hubieras esperado que saliera en tu defensa, y ahora mismo, después de tantos años, podría jurar que aún me guardas rencor. Si, Efrencito, nadie como tú para cultivar el resentimiento. Lo riegas cada mañana con agua tibia, lo sientes crecer en tus vísceras como una orquídea de invernadero. Gracias a Dios, a esa edad todavía eras dócil: reprimías tus berrinches y nunca me repelabas cuando te daba coscorrones por contonearte demasiado en la calle. Pero sólo fingías mansedumbre mientras esperabas el momento de hincarme los dientes.
La oportunidad llegó el día de tu primera comunión. Como en la escuela te habías convertido en un apestado, sólo pude invitar a la familia y a tus amigos de la colonia. En la iglesia todo había salido a pedir de boca: estabas monísimo con el hábito de monaguillo, tomaste la hostia con devoción y al salir del templo caminabas con paso marcial, como un ferviente soldadito de Cristo. En la merienda con galletas y ponche ofrecida a los invitados, te comportaste con tal seriedad que hasta pensé: Dios ha obrado el milagro de enderezarlo. Pero qué va: Dios no cumple antojos ni endereza jorobados. Saliste con los niños a jugar en el patio y las señoras nos quedamos platicando en la sala. De pronto cesó la gritería, mi amiga Licha fue a ver qué pasaba allá afuera y ioh sorpresa!: te habías maquillado con mis cosméticos y estabas pintándole los labios a tus amigos. No me pegues, gritaste cuando te cogí del pelo, estábamos jugando al salón de belleza. Ojalá hubiera muerto de la bilis en ese momento. Me hubiera evitado la pena de verte convertido en un adefesio repudiado por toda la gente de bien.
Cuando llegaste a la adolescencia ya no hubo manera de sujetarte la rienda. Junto con la niñez perdiste el decoro, al punto de que ya no te quisieron aceptar en el Colegio Militar, donde la ingenua de mí creía que podían corregirte. Los vagos de la calle imitaban tus andares, los dependientes de la panadería te gritaban leperadas, veía tu nombre garrapateado en todas las bardas de la colonia, acompañado de albures y epítetos denigrantes: "Efrén quiere que le den", "Efrén cacha granizo", "Efrén se la come doblada". Como tus modales de señorita escandalizaban al vecindario, el padre Justiniano me rogó que fuéramos a misa de siete y nos sentáramos en la última fila, para no llamar la atención. Querías estudiar una carrera técnica y dije de acuerdo, en pocos años tendrá un oficio y se largará a la capital para vivir su vida. Como quien dice, ya no quería queso sino salir de la ratonera, librarme de ti para recuperar el aprecio de mis vecinos.
Pero en vez de largarte a México, donde la gente como tú puede perderse en la multitud, al terminar la carrera de contabilidad conseguiste trabajo en una empresa textil de Puebla, donde te las ingeniaste para disimular tus rarezas. Confiésalo; en realidad no eras tan amanerado, de lo contrario no habrías conseguido trabajo, más bien te afeminabas adrede para hacerme sufrir. Yo no entendía tu apego al terruño. Cuando descubrí el motivo se me vino el alma a los pies. Dime, infeliz: ¿cómo pudiste hacerte amante de un mecánico soldador 20 años mayor que tú, casado y con hijos, sin la menor consideración por su pobre familia? Lo peor fue cuando la esposa vino a reclamarme a la mercería. Era una pelada, en otras circunstancias la hubiera echado a la calle, pero con gran dolor de mi orgullo me vi obligada a pedirle disculpas. No se preocupe, le dije, yo me encargo de meter en cintura al chamaco. Quería denunciarte a la policía, y si no es por mis ruegos, ten por seguro que te hubiera refundido en la cárcel. Pero esa noche, cuando volviste a casa y te eché en cara la monstruosidad que habías cometido, te pusiste muy gallito en vez de agradecerme el favor. Perdida la vergüenza, cubriste de injurias a la esposa del mecánico y me gritaste que ese pelafustán era el gran amor de tu vida. Pero cuál amor, te grité furiosa, y ahora te lo repito: el amor de la gente como tú es una enfermedad venérea, una infección parecida a la lepra. Tomado de la oreja te llevé al baño y de un tirón te bajé los pantalones. Eres un macho, mírate al espejo, ¿no ves ese badajo que te cuelga en la ingle? ¡Pues un día de estos te lo voy a cortar si te sigues comportando como una mujer!
Por tu conducta discreta y respetuosa en las semanas siguientes, creí que mi duro regaño había tenido un efecto saludable sobre tu conciencia. Me dio una gran alegría saber que habías vuelto a confesarte con el padre Justiniano, y ante Dios habías hecho propósitos de enmienda, descorazonado por la noticia de que tu mecánico se había mudado a Cuautla con su familia. Dejaste de usar pantalones entallados, te planchabas el pelo con brillantina como los conscriptos y hasta hiciste el esfuerzo de leer periódicos deportivos. Complacida por tu formalidad, no me inquietó demasiado que cambiaras el empleo en la compañía textil por una plaza de contador en un bar del centro. El único problema es que voy a desvelarme un poco, me dijiste muy compungido, tengo que hacer el corte de caja pasada la medianoche. Ahora ganabas un poco mejor y de vez en cuando me invitabas a comer o me traías algún regalito.
Por esas fechas la ciudad esperaba con sus mejores galas la primera visita de Su Santidad Juan Pablo II. Será por supersticiosa, pero yo atribuí tu cambio de carácter a la visita papal. Contagiada por el júbilo de los poblanos, adorné el zaguán con los colores de la Santa Sede, y el día en que Juan Pablo paseó en carro descubierto por la calle Reforma, me fui a verlo a casa de las Fernández de Zamacona. Mi corazón se inundó de gozo cuando el Sumo Pontífice bendijo con la mano a los espectadores de los balcones. Mis amigas habían preparado una rica merienda, y como los rompopes nos habían puesto un poco alegres, la charla se prolongó hasta las once y media. Para volver más pronto a casa corté camino por la calle 13 Sur, sin sospechar que se había vuelto una zona de tolerancia. De las cantinas salían hombres beodos que trastabillaban al andar y en cada esquina dos o tres mujeres del ganado bravo fumaban con impaciencia esperando clientes. Ni por ser un día de fiesta religiosa habían dejado de practicar su inmundo comercio.
Al cruzar el almacén de telas, donde la calle se oscurecía por las deficiencias del alumbrado, descubrí atónita que las meretrices paradas en la banqueta ya no eran hembras, sino mujercitos. Me cambié de banqueta para eludirlos y entonces te descubrí: llevabas una peluca rubia con rayos, botas altas hasta las rodillas y minifalda de cuero. Tenías las piernas tan bien depiladas que cualquiera te hubiera tomado por una mujer de verdad. En ese momento un automóvil se detuvo junto a ti, cruzaste unas palabras con el conductor y te subiste al asiento delantero con aires de vampiresa. Ni siquiera me dio tiempo de gritarte. Muda como una piedra, avergonzada de haber nacido, la bendición de Su Santidad me quemaba el pecho como una marca de hierro candente.
Necesitaba un trago para reponerme de la impresión, y cuando llegué a casa me tomé cuatro copas de jerez como si fueran agua. En la televisión, un coro infantil cantaba en honor del Santo Padre: "Tú eres mi hermano del alma realmente el amigo" y esas vocecillas angelicales, no sé por qué, me inflamaron de cólera santa. En una maleta cuidadosamente oculta bajo el armario de las medicinas encontré tu infecto vestuario: vestidos de lentejuela con atrevidos escotes, pelucas, lencería de colores chillones, tacones dorados de plataforma. Eché toda la ropa en una canasta y subí a la azotea decidida a prenderle fuego para acabar con ese foco de infección. Pero las emociones del día me habían alterado los nervios y a media escalera de caracol mis piernas flaquearon. Por más que jalaba aire no podía respirar, de pronto me quedé a oscuras con un sudor helado en la nuca. Ni siquiera pude meter las manos al rodar por las escaleras y sólo comprendí la gravedad de lo sucedido cuando abrí los ojos en el cuarto del hospital, vendada de pies a cabeza como las momias de Guanajuato. Dime, señor, si el pecador es él, ¿por qué me tocó a mí pagar sus culpas? Siempre has negado tu responsabilidad en el accidente, pero sabes de sobra que fuiste el causante de mi desmayo. ¿Quién me había puesto en ese estado de zozobra? ¿Quién me empujó en la escalera sino tu perfidia, tu refinada crueldad? Reconócelo, canalla: estoy paralítica por tu culpa. Dale gracias a Dios que odio los escándalos, pues pude haber presentado una denuncia legal en tu contra. Pero primero muerta que salir retratada en la nota roja como víctima de un travesti asesino.
Desde entonces no he tenido vida, sólo un camino sembrado de abrojos. Estamos a mano, hijo: primero fuiste una carga para mí, ahora yo lo soy para ti. Debo reconocer que no me has escatimado las atenciones. Gracias a tu éxito con los ricos degenerados, en poco tiempo ganaste más que yo en toda una vida de honestas fatigas. Te has esmerado en llevarme con los mejores doctores de la ciudad, sin duda alguna para aplacar tu sentimiento de culpa. Si fueras un trabajador honrado, tendría una deuda de gratitud enorme contigo. No lo voy a negar, disfruto mucho la silla de ruedas eléctrica, el sofá reclinable y el televisor con pantalla gigante donde veo cada tarde la barra de telenovelas. Pero cuando pienso de dónde han salido estas comodidades, el hígado se me hace moño. Lo que se da sin fineza se acepta sin gratitud. Preferiría mil veces comer pan y agua, dormir en un catre piojoso, morir lentamente por falta de medicinas, antes que padecer esta ignominia. Lo más doloroso ha sido tener que mentir para salvar las apariencias. Yo, que siempre amé la verdad por encima de todas las cosas, me he visto en la obligación de sostener una farsa para hacerle creer a mis pocas amigas que sigues trabajando de contador. Heme aquí convertida en una vulgar embustera, en una encubridora de la peor calaña. Y como ahora dependo completamente de ti, has aprovechado mi debilidad para imponer tus reglas del juego y obligarme a renegar de mis principios morales.
Un buen día se te hizo fácil venir a casa vestido de mujer y en el colmo del cinismo quisiste que te llamara Fuensanta, como te dicen todos tus compañeros de oficio. Dios sabe cuánto me resistí a ser tu cómplice en esa abominable suplantación de sexos. Por más que hicieras caras largas, yo te seguía diciendo Efrén, y cuando me tocaba contestar el teléfono respondía con enfado: ¡Aquí no vive ninguna Fuensanta! Pero tú recurriste a las más viles técnicas de extorsión para hacerme morder el polvo. Jamás olvidaré tu criminal proceder cuando tuve el ataque de cólico. ¡Efrén, te grité, ven por favor a ponerme el cómodo! Tú estabas abajo jugando canasta con tu palomilla de anormales y te hiciste el sordo para castigarme por no hablarte en femenino. Querías ostentar tu poder delante de esa gentuza, a la que tantas veces le colgué el teléfono, y fingiste sordera más de tres horas mientras yo me desgañitaba, torturada por los atroces retortijones. Cuando el colchón de la cama ya era una letrina y las moscas revoloteaban a mi alrededor, la necesidad me obligó a deponer el orgullo y te rogué con tono comedido: "¡Fuensanta, ven por favor!" Sólo entonces interrumpiste la partida de cartas para venir en mi auxilio.
Engreído por tu victoria, a partir de entonces me has humillado con una perversidad sin límites. Dime, descastado: ¿qué necesidad tenías de traer a tus clientes a la casa, en vez de hacer tus marranadas en moteles de paso? Ninguna, simplemente querías darte el gusto de restregarme en la cara tus perversiones. Hasta dejabas entornada la puerta de tu cuarto a propósito, para que yo presenciara desde el mío los acoplamientos contra natura cuando estaba recostada en el sofá y no podía moverme a otra parte. Aun con los ojos cerrados oía los rechinidos del colchón y no podía evitar los malos pensamientos. Para colmo, al día siguiente me encontraba los condones usados en el retrete. ¿No podías haberle pedido a esos barbajanes que tuvieran un poco más de higiene, un poco más de consideración con tu pobre tía? ¿O la exhibición de los condones era la parte más divertida de tu nefando placer? Pero a fin de cuentas la justicia celestial impone sus leyes. Si ahora estás derrotado y contrito, si odias hasta el aire que respiras y te has encerrado a piedra y lodo como un leproso, es porque allá en el cielo, donde todo se sabe, la Divina Providencia está cobrándote ojo por ojo y diente por diente.
Si hubieras seguido despeñándote en el vicio sin meterte cuchillo, quizá tendrías aún posibilidades de salvación. ¿Quién te mandaba someterte a esa costosa cirugía para cambiarte los órganos genitales? Antes de esa horrible mutilación eras sólo un alma extraviada: ahora ya no perteneces al género humano, eres un espantajo, una morbosa atracción de feria, como la mujer serpiente y el niño con dos cabezas. Adiviné lo que andabas fraguando desde que trajiste a la casa los folletos médicos en inglés y al escuchar a hurtadillas tus llamadas telefónicas confirmé mis temores. Cuando lo tenías todo listo para largarte a la clínica de Chicago, cumplí con el deber moral de expresarte mi más enérgica condena a la operación. ¿Y cuál fue tu respuesta? Una demencial risotada ¿quién te entiende, tía?, me dijiste. Primero querías castrarme y ahora te enojas porque voy a hacer tu santa voluntad. Pero el que ríe al último ríe mejor. En el fondo, lo que buscabas con esa cirugía era recobrar la dignidad, salir del hediondo subsuelo donde reptabas y volver al mundo de la gente normal, ¿no es cierto? Pues te salió el tiro por la culata. Mira cómo estás ahora, mira nomás en lo que has venido a parar. Eso es, llora más fuerte y repite conmigo: por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. ¿Te extraña el rechazo de la gente respetable? ¿Y qué esperabas, iluso? ¿Una bienvenida con cuetes y serpentinas?
Regresaste de Chicago más cambiado por dentro que por fuera. Para sorpresa mía y de toda tu palomilla, en vez de estrenar tu cuerpo feminoide pavoneándote por las calles, me pediste que te enseñara a cocinar y empezaste a tomar clases de bordado. De un día para otro, la vulgar trotacalles se había convertido en una mujer de hogar. Cuando tus amigos prostitutos te invitaban a salir de juerga, les contestabas muy sería: vayan ustedes, ya no me gusta beber, los médicos me prohibieron las desveladas. Quién lo dijera: en el fondo la obsesión de tu vida, el sueño que habías acariciado desde la infancia era ser una joven casadera. Nunca me lo dijiste con claridad, porque la comunicación entre los dos se había reducido al mínimo, pero nadie te conoce mejor que yo. Tía Nela no tiene un pelo de tonta. Tía Nela ha aprendido mucho en la universidad de la vida. Tía Nela sabe escudriñar los recovecos del corazón. Como buena poblana de clase media, la meta suprema de tu existencia era hacer un buen matrimonio y quién sabe si en tus locas fantasías no abrigaste incluso la ilusión de ser madre.
Al principio, lo confieso, no vi con malos ojos tu cambio de conducta. Hasta orgullosa me puse cuando arrumbaste tus prendas de mujerzuela para copiar mi forma de vestir. Las blusas con puño de encaje, las medias de hilo color carne, los zapatos bajos y las faldas escocesas por debajo de la rodilla no eran ciertamente el atuendo más apropiado para una chica moderna. Pero de cualquier modo, tu nuevo aspecto era una señal de respeto hacia mí. Así fuera de un modo retorcido, mis sacrificios y mis desvelos habían dado fruto, pues ahora seguías como mujer el ejemplo que no te pude inculcar como hombre. Pero una cosa era estar complacida con tu decencia y otra que yo te siguiera el juego cuando perdiste la chaveta y empezaste a buscar marido. Qué poco me conoces, hijito. ¿Acaso pensaste que te iba a servir de tapadera para engañar a un pobre inocente?
Como en Puebla tu reputación estaba por los suelos, preferiste buscar un novio chilango. Y como dice el refrán, nunca falta una media rota para una pierna podrida. Pobre Gustavo, era la víctima ideal. Como sólo venía dos veces por semana a Puebla, para supervisar la fábrica donde trabajaba, y no tenía amigos en la ciudad, nadie podía ponerlo al corriente de tu pasado. Su timidez y su buena crianza te permitieron llevar la engañifa hasta extremos intolerables. Cómo él sí era católico de a de veras, sólo se atrevía a tomarte de la mano en la sala mientras escuchaban discos de Julio Iglesias, sin aventurarse jamás a caricias mayores. El pobre pensaba que la consumación del amor carnal sólo debe llegar con el matrimonio y tú le hiciste creer que eras virgen. Ja ja, sí lo eras, pero sólo del orificio recién abierto en tu cuerpo. Por lo menos debiste dejarme fuera de la comedia. Pero como necesitabas completar el cuadro de la armonía familiar, de la moralidad intachable, me incluías en las veladas de sobremesa como una actriz de reparto. Total, pensaste, la vieja ya dobló las manos al llamarme Fuensanta y ahora tiene que tragar camote.
Mientras Gustavo se dedicó a medir el terreno y a cortejarte con discreción, tuve la esperanza de que todo concluyera pronto, sin consecuencias graves. Pero el pobre se había enamorado como un colegial. Cuando te propuso matrimonio delante de mí, pensé que por una elemental honradez finalmente ibas a quitarle la venda de los ojos. ¡Qué esperanza! En lugar de eso te ruborizaste como una chiquilla, y musitaste un tímido sí con la voz quebrada por la emoción. Cuando los vi besarse en los labios no pude contener un gruñido de protesta, que tú achacaste a mis problemas gástricos. Trágame tierra, pensaba yo, devórame en este instante para no ver más horrores. Fuiste muy astuta, eso sí lo reconozco, fuiste muy lagartona al pedirle que se casaran en México, donde nadie te conoce, en vez de celebrar la boda en Puebla, donde te hubieran corrido a patadas de cualquier templo. ¡Cuántas noches de insomnio pasé mortificada por tu artero engaño, con la oprobiosa certeza de vivir en pecado mortal!
Como tú estabas tan alegre con los preparativos de la boda, ni siquiera notaste mi enconada lucha interior. En tu extrema locura, llegaste a creer que la aberrante boda me hacía feliz. Pues no, óyelo bien, ¡jamás estuve de acuerdo! Sólo aparentaba estarlo por el miedo al escándalo. Habían empezado a correr las amonestaciones y una voz interior me reprochaba mi cobarde silencio. Por eso, cuando Gustavo se presentó en la casa sin previo aviso el día que tú saliste a recoger el vestido de novia, no pude contenerme y le solté la verdad: Fuensanta no es mujer, se llama Efrén y es un joto operado, todavía estás a tiempo de cancelar la boda. El pobre muchacho se demudó de asombro. Como era tan noble, no creía que semejante cosa fuera posible y me pidió detalles de la operación. Sólo se convenció cuando le mostré tu cartilla del servicio militar. Para ti soy una traidora, lo sé. Pero ante Dios y ante los hombres sólo obedecí el dictado de mi conciencia.
Llora de dolor, llora de amargura, pero no me mires con esos ojos de basilisco. Así empezaste a verme cuando pasaron los días y Gustavo no daba señales de vida. Faltó a las charlas con el cura de la capital que los iba a casar y en su casa siempre te decían que estaba de viaje. Yo no quise abrirte los ojos, porque la verdad, a esas alturas ya me dabas miedo. Cuando descubra quién lo delató, pensaba, se pondrá como un energúmeno y querrá mandarme a un asilo de inválidos. Ignoro cómo te fuiste a enterar de lo sucedido: quizá Gustavo te dio una última entrevista para aclarar las cosas, quizá uno de sus hermanos o su propia madre te leyeron la cartilla. Nunca me diste explicaciones, ni yo tuve tiempo de pedírtelas, porque el día de tu venganza no me dejaste hablar. Había dormido una siesta y aún no me despertaba del todo cuando entraste a mi cuarto con tu vestido de novia, el delineador de cejas corrido por el llanto, como una muñeca de cera derretida, y con tus recias manos de varón apretaste mi cuello hasta quebrarme la tráquea.
Desde entonces no te has vuelto a quitar el vestido blanco. Lo has percudido de tanto arrastrar la cola por el suelo y a veces, como ahora, te pones mi chal encima para remedarme frente al espejo. Ni siquiera muerta me tienes respeto. ¿Cómo te atreves a dejar mi cuerpo insepulto a merced de los gusanos? Pero mi legado es inmortal como el de todos los mártires. Mi voz sobrevive en tu boca, mi alma se ha mudado a un cuerpo artificial, deforme, grotesco, pero en ella sigue viva la llama de la fe. De ahora en adelante vamos a ser la misma persona y tendrás que obedecerme en todo. Nada de volver a tus antiguas costumbres. Una hija de familia no debe salir a la calle más de lo indispensable. Toma el tejido y siéntate en la silla de ruedas. Así me gusta, obediente y dócil como siempre debiste ser.

jueves, 1 de febrero de 2018

Mago con serrucho de Ana María Shúa



Con el serrucho, el mago corta en dos la caja de donde asoman las piernas, los brazos y la cabeza de su partenaire. La cara de la mujer, sonriente al principio, se deforma en una mueca de miedo. En seguida empieza a gritar. Brota la sangre, la mujer aúlla pidiendo socorro y mueve los brazos y las piernas con aparente desesperación mientras la gente aplaude y se ríe. Al rato sólo se queja débilmente. Después se calla. En otras épocas, recuerda el mago, el público era más exigente: pretendía que la mujer volviera a aparecer intacta. Ahora, en cierto modo, todo es más fácil. Excepto conseguir ayudante, claro.

martes, 16 de enero de 2018

La futura difunta de Richard Mathesson



El hombrecillo abrió la puerta y entró; fuera quedó la deslumbradora luz del sol. Aquel hombrecillo larguirucho, de aspecto simple y ralo cabello gris, rondaría los cincuenta años o poco más. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó en el lóbrego vestíbulo, en espera de que los ojos se le acostumbraran al cambio de luz. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Su pálido rostro aparecía sin transpiración a pesar del calor. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, se quitó el sombrero panamá y avanzó por el pasillo hasta el despacho: sus zapatos negros no hicieron ruido alguno al pisar sobre la alfombra. El empleado de la funeraria levantó la vista de su escritorio para saludarle.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes –repuso el hombrecillo, que tenía una voz suave.
- ¿Puedo ayudarle en algo?
- Sí –respondió el hombrecillo.
Con un ademán, el empleado de la funeraria le indicó la butaca que había del otro lado de su escritorio y le dijo:
– Por favor.
El hombrecillo se sentó en el borde de la butaca y dejó el panamá sobre su regazo. Observó que el empleado de la funeraria abría un cajón y sacaba un impreso. Después, retiró una estilográfica negra de su base de ónice, y preguntó:
– ¿Quién es el difunto?
– Mi esposa –dijo el hombrecillo.
El empleado de la funeraria emitió un cloqueo de condolencia.
– Lo siento.
–Ya –replicó el hombrecillo con una mirada inexpresiva.
– ¿Cómo se llamaba?
– Marie Arnoid –respondió el hombrecillo en voz baja.
El de la funeraria escribió el nombre.
– ¿Dirección?
El hombrecillo se la dio.
– ¿Está ella allí ahora?
– Si, está allí –respondió el hombrecillo.
El otro asintió.
– Quiero que todo sea perfecto –dijo el hombrecillo–. Quiero lo mejor que haya.
– Claro, claro, por supuesto.
– No me importa lo que cueste –insistió el hombrecillo. Su garganta osciló cuando tragó saliva.
– Ahora ya no me importa nada. Salvo esto.
– Lo comprendo –dijo el de la funeraria.
– Quiero lo mejor que tenga –volvió a insistir el hombrecillo–. Ella es preciosa. Debe tener lo mejor.
– Lo comprendo.
– Siempre tenía lo mejor. Yo me encargaba de ello.
– Claro, claro.
– Asistirá mucha gente –comentó el hombrecillo–. Todo el mundo la quería. Es tan hermosa..., tan joven...
Tiene que darle lo mejor. ¿Me comprende?
– A la perfección –le aseguró el de la funeraria–. Le garantizo que quedará más que satisfecho.
– Es tan hermosa –repitió el hombrecillo–. Tan joven.
– No lo dudo –asintió el de la funeraria.
El hombrecillo permaneció sentado, sin moverse, mientras el empleado de la funeraria le formulaba unas preguntas. El tono de voz del hombrecillo no varió mientras hablaba. Sus ojos parpadeaban tan de vez en cuando que el empleado no los vio moverse ni una sola vez. El hombrecillo firmó el impreso ya rellenado y se incorporó. El de la funeraria hizo lo propio y rodeó el escritorio.
– Le garantizo que quedará usted satisfecho –dijo al tiempo que le tendía la mano.
El hombrecillo se la estrechó. La palma de su mano estaba seca y fría.
– Dentro de una hora iremos a su casa –le indicó el agente funerario.
– Perfecto –repuso el hombrecillo.
El empleado avanzó por el pasillo, al lado del cliente.
– Para ella quiero que todo sea perfecto –dijo el hombrecillo–. Sólo lo mejor.
– Todo saldrá tal como usted desea.
- Se merece lo mejor. –El hombrecillo miró al frente con fijeza–. Es tan hermosa. Todo el mundo la quería.
Todo el mundo. Es tan joven, y tan hermosa...
– ¿Cuándo ha muerto? –preguntó entonces el de la funeraria.
El hombrecillo no pareció haberle oído. Abrió la puerta, salió a la luz del sol y se puso el panamá. Había recorrido ya la mitad de la distancia que lo separaba de su coche cuando, con una leve sonrisa en los labios, contestó:
– En cuanto llegue a casa.

viernes, 5 de enero de 2018

La casa de los deseos de Rudyard Kipling

La nueva visitadora de la iglesia acababa de marcharse tras pasar veinte minutos en la casa. Mientras estuvo ella, la señora Ashcroft había hablado con el acento propio de una cocinera anciana, experimentada y con una buena jubilación que había vivido mucho en Londres. Por eso ahora estaba tanto más dispuesta a recuperar su forma de hablar de Sussex, que le resultaba más fácil, cuando llegó en el autobús la señora Fettley, que había recorrido cincuenta kilómetros para verla aquel agradable sábado de marzo. Eran amigas desde la infancia, pero últimamente el destino había hecho que no se pudieran ver sino de tarde en tarde.
Ambas tenían mucho que decirse, y había muchos cabos sueltos que atar desde la última vez, antes de que la señora Fettley, con su bolsa de retazos para hacer una colcha., ocupara el sofá bajo la ventana que daba al jardín y al campo de fútbol del valle de abajo.
-Casi todos se han apeado en Bush Tye para el partido de hoy -explicó-, de manera que me quedé sola la última legua y media. ¡Anda que no hay baches!
-Pero a ti no te pasa nada -dijo su anfitriona-. Por ti no pasan los años, Liz.
La señora Fettley sonrió e intentó combinar dos retazos a su gusto.
-Sí., y si no ya me habría roto la columna hace veinte años. Seguro que ni te acuerdas cuando me decían que estaba bien fuerte. ¿A que no?
La señora Ashcroft negó lentamente con la cabeza -todo lo hacía lentamente- y siguió cosiendo un forro de arpillera en un cesto de paja para herramientas adornado con cintas de algodón. La señora Fettley siguió cosiendo retazos a la luz primaveral que entraba entre los geranios del alféizar, y ambas se quedaron calladas un rato.
-¿Qué tal es esa nueva visitadora tuya? -preguntó la señora Fettley con un gesto hacia la puerta. Como era muy miope, al entrar casi se había tropezado con aquella señora.
La señora Ashcroft suspendió la gran aguja de coser el forro con un gesto tranquilo antes de pincharla.
-Salvo que no te cuenta nada de lo que pasa por ahí, no tengo nada especial contra ella.
-La nuestra, la de Keyneslade -dijo la señora Fettley- habla sin parar y es muy compasiva, pero no se para a escuchar. Dale que dale, que no la oyes más que a ella.
-Ésta no habla mucho. Yo creo que quiere hacerse de esas monjas protestantes, o algo así.
-La nuestra está casada, pero dicen que como si nada… -la señora Fettley levantó la barbilla huesuda-. ¡Dios mío! ¡Esos malditos altobuses arman un terremoto!
La casita revestida de azulejo tembló al paso de dos autobuses especiales de cuarenta plazas que se dirigían al partido de Bush Tye; detrás de ellos humeaba el autobús «del mercado» de todos los sábados. camino de la capital del condado, y de una de las tabernas abarrotadas salió un cuarto vehículo a sumarse a la procesión, impidiendo el paso de los coches que iban de excursión en sentido opuesto.
-Sigues teniendo la lengua tan larga como siempre, Liz -observó la señora Ashcroft.
-Sólo cuando estoy contigo. El resto del tiempo soy la típica agüelita: tres nietos ya.
Apuesto que ese cesto es para uno de tus nietos, ¿a que sí?
-Es para Arthur, el mayor de mi Jane.
-Pero no trabaja en ninguna parte, ¿verdad?
-No. Es para cuando van de gira.
-Tienes suerte. Mi Willie se pasa la vida pidiéndome dinero para comprar uno de esos arradios que pone la gente en el jardín para oír la música que dan de Londres y todo eso. Y encima se lo doy… ¡Si es que soy tonta!
-Y, ¿a que no te da un beso de gracias después? -la sonrisa de la señora Ashcroft parecía dirigirse a ella misma.
-Y tanto. Los chicos de ahora no se pueden comparar con los de hace cuarenta años. Muchos derechos y nada de obligaciones. ¡Y se lo aguantamos! ¡Si es que somos tontas! ¡Willie me pide tres chelines cada vez!
-Si es que se creen que el dinero crece en los árboles… -dijo la señora Ashcroft.
-Y la semana pasada -siguió la otra- mi hija va y pide un cuarto de libra de tocino al carnicero y va y le dice que se lo corte, que no va ella a molestarse en cortarlo.
-Apuesto que se lo cobró.
-Apuesto que sí. Me dijo que aquella tarde había una sesión de tresillos en la asociación de mujeres y que no iba a molestarse ella en picarlo.
-¡Mira que!
La señora Ashcroft dio los últimos toques al cesto. Apenas había terminado cuando llegó corriendo su nieto de dieciséis años, con una de las tantas muchachas que lo seguían a todas partes, recorrió el sendero del jardín preguntando a voces si ya estaba listo el cesto, lo agarró y se marchó sin dar las gracias. La señora Fettley lo contempló atentamente.
-Van de gira no sé dónde -explicó la señora Ashcroft.
-¡Ah! -dijo la otra entornando los ojos-. Apuesto a que no las deja en paz si le dan una oportunidad. Ahora que lo pienso. ¿a quién demonios me recuerda?
-Tienen que apañárselas por su cuenta… igual que nosotras a su edad -dijo la señora Ashcroft empezando a preparar el té.
 sí que te las apañabas bien, Gracie -dijo la señora Fettley.
-¿De qué hablas ahora?
-No sé… Pero de repente me acuerdo de aquella mujer de Rye… no me acuerdo cómo se llamaba… Barnsley, ¿no?
-Quieres decir Batten… Polly Batten.
-Eso es… Polly Batten. Aquel día que se te echó encima con un tenedor de la paja -era cuando íbamos a la trilla en Smalldene- por quitarle el novio.
-Pero, ¿no me oíste decirle que por mí se lo podía quedar? -la señora Ashcroft tenía la sonrisa y la voz más suaves que nunca.
-Claro, y todos creíamos que te iba a clavar el tenedor en el pecho cuando se lo dijiste.
-No… Polly nunca se pasaba. Era demasiado fuguillas para llegar hasta el final.
-Pues a mí siempre me pareció -dijo la señora Fettley tras una pausa- que lo más tonto del mundo es que dos mujeres se peleen por un hombre. Es como un perro con dos amos.
-A lo mejor. Pero, ¿por qué te acuerdas ahora de todo eso, Liz?
-La cara del chico y la forma de andar. No lo había visto desde que era rapaz. A tu Jane no le vi nada así, pero este chico… este chico. ¡Pero si es como volver a ver a Jim Batten otra vez! … ¿Eh?
-A lo mejor. Las hay que lo dicen… claro que ellas son estériles.
-¡Ah! ¡Bueno, bueno! ¡Hay que ver, hay que ver! … Y ya hace años que murió Jim Batten…
-Veintisiete años -respondió brevemente la señora Ashcroft-. ¿Quieres servirlo tú, Liz?
La señora Fettley sirvió las tostadas con mantequilla., el pan de higos, el té hervido, amargo como el pecado., conserva casera de peras y una cola de cerdo hervida, fría, para bajar los bollos. Lo elogió todo cumplidamente.
-Sí., a mí no me gusta maltratar la panza -dijo pensativa la señora Ashcroft-. Sólo se vive una vez.
-Pero., ¿no te sientes pesada a veces? -le sugirió su invitada.
-La enfermera dice que es más fácil que me muera de una indigestión que de la pierna -comentó la señora Ashcroft. que tenía desde hace mucho tiempo una úlcera en el tobillo para la que necesitaba la asistencia constante de la enfermera del pueblo, que presumía (o dejaba que lo hicieran otros por ella) que desde su toma de posesión le había hecho ya ciento tres curas.
-¡Y con lo dispuesta que has sido siempre! Te ha venido todo demasiado pronto. Mira que te he visto empeorar -dijo la señora Fettley en tono verdaderamente afectuoso.
-A todos nos tiene que dar algo alguna vez. Entodavía me queda el corazón -fue la respuesta de la señora Ashcroft.
-Siempre has tenido un corazón que vale por tres. Da gusto recordarlo cuando va una apagándose.
-Bueno, tú también tienes cosas que recordar -contestó la señora Ashcroft.
-Y tanto. Pero no pienso demasiado en esas cosas salvo cuando estoy contigo, Gra. Para recordar no hay como las amistades.
La señora Fettley, con la boca medio abierta. se quedó mirando el calendario de colores de la tienda de comestibles. La casita volvía a retemblar al paso de los automóviles, y el campo de fútbol repleto, al otro lado del jardín, hacía casi tanto ruido como los coches, porque la gente del pueblo estaba entregada a sus diversiones del sábado.

La señora Fettley llevaba un rato hablando con gran precisión y sin interrumpirse, hasta que se secó los ojos.
-Y entonces -concluyó- me leyeron su esquela en los papeles el mes pasado. Claro que ya no era asunto mío… porque hacía tanto tiempo que no le había puesto la vista encima. Claro que no podía decir ni hacer nada. Y tampoco tengo derecho a ir a Eastbourne a ver su tumba. Llevo tiempo pensando en ir un día en el altobús, pero en casa me iban a freír a preguntas. De manera que ya no me queda ni eso para consolarme.
-¿Pero has tenido tus satisfacciones?
-¡Y tanto que sí! Los cuatro años que trabajó en el tren cerca de casa. Y los otros maquinistas le hicieron un funeral muy güeno.
-Entonces no puedes quejarte. ¿Otra taza de té?
Al ir bajando el sol, la luz y el aire habían ido cambiando, y las dos ancianas cerraron la puerta de la cocina para que no entrase el fresco. Se veía a un par de arrendajos que piaban y revoloteaban en los dos manzanos del jardín. Ahora le tocaba hablar a la señora Ashcroft, que tenía los codos puestos en la mesita del té y la pierna enferma apoyada en un taburete…
-¡Nunca lo hubiera creído! ¿Y qué dijo tu marido de todo eso? -preguntó la señora Fettley cuando cesó el relato hecho en voz grave.
-Dijo que por él podía irme donde me diera la gana. Pero como estaba en cama dije que lo cuidaría. Ya sabía él que no iba a aprovecharme mientras estuviera así de malo. Duró ocho o nueve semanas. Entonces le dio corno un ataque y se quedó varios días quieto como una piedra. Entonces un día se levanta en la cama y va y dice: «Reza para que ningún hombre te trate como me has tratado tú a mí.» Y yo digo: «¿Y tú?» Porque ya sabes , Liz, cómo era él con las mujeres. «Los dos», dice él, «pero yo me estoy muriendo y veo lo que te va a pasar». Se murió un domingo y lo enterramos el jueves… Y mira que lo había querido yo… antes o… no sé.
-No me lo habías dicho nunca -aventuró la señora Fettley.
-Te lo digo por lo que acabas de decirme tú. Cuando se murió escribí para decir que ya estaba libre a aquella señora Marshall de Londres… con la que empecé de pincha de cocina hace… ¡tantos anos, Dios mío! Se alegró mucho, porque ellos se estaban haciendo viejos y yo ya sabía sus mañas. ¿Te acuerdas, Liz, que de vez en cuando me ponía a servir hace años… cuando necesitábamos dinero o mi marido… no estaba en casa?
-Es verdad que pasó seis meses en la cárcel de Chichester, ¿no? -murmuró la señora Fettley-. Nunca supimos bien lo que había pasado.
-Podía haber sido más, pero el otro no murió.
-No tuvo que ver contigo, ¿verdad, Gra?
-¡No! Aquella vez fue por la mujer del otro. Y entonces, cuando se murió mi hombre, volví a ponerme a servir con los Marshall, de cocinera, a comer como los señores y a que todos me llamaran señora Ashcroft. Fue el año que te marchaste tú a Portsmouth.
-A Cosham -corrigió la señora Fettley-. Entonces estaban construyendo bastante allí. Primero se fue mi marido y alquiló un cuarto, y después me fui yo.
-Bueno, pues me pasé un año o así en Londres y fue como un suspiro, con cuatro comidas al día y una vida de lo más tranquila. Entonces, hacia el otoño, se fueron los dos de viaje, a Francia o algo así, y me dijeron que volviera yo después, porque no podían pasarse sin mí. Puse la casa en orden para la guardesa y después me vine aquí con mi hermana Bessie, con todos los meses pagados y todo el mundo contento de volver a verme.
-Eso debió ser cuando yo estaba en Cosham -dijo la señora Fettley.
-Te acordarás, Liz, que en aquellos tiempos la gente no andaba con aquellos orgullos tontos, igual que no había cines ni campeonatos de tresillos. Fueses hombre o mujer, tomabas cualquier trabajo que te dieran un chelín. ¿No es verdad? Yo estaba agotada después de Londres, y creí que el aire del campo me sentaría. Así que me quedé en Smalldene y echaba una mano cuando había que sacar las patatas tempranas o matar gallinas… Todo eso. ¡Anda. que no se hubieran reído de mí en Londres si me hubieran visto con botas de hombre y las enaguas remangadas!
-¿Y te pintó bien? -preguntó la señora Fettley.
-La verdad es que no fui allí por eso. Tú sabes tan bien corno yo que las cosas nunca pasan hasta que han pasado. El corazón no te advierte de nada cuando te va a pasar algo hasta que ya te ha pasado. No nos enteramos de las cosas hasta que ya han pasado.
-¿Quién fue?
-‘Arrv Mockler -dijo la señora Ashcroft, al mismo tiempo que hacía una mueca. Le dolía la pierna enferma.
-¿’Arry? ¡El hijo de Bert Mockler! ;Y yo nunca me lo malicié!
La señora Ashcroft asintió:
-Y yo me decía, y me lo creía, que lo que pasaba era que me gustaba trabajar en el campo.
-¿Y cómo fue?
-Lo de siempre. Al principio, estupendo… y después peor que nada. Debí haberme dado cuenta, porque tuve advertencias de sobra, pero no les hice caso. Porque una vez estábamos quemando basura, justo cuando estábamos empezando a conocernos bien. Era un poco demasiado pronto para quemarla, y se lo dije. «¡No!», va y dice él, «cuanto antes acabemos con esta porquería, mejor», dice. Tenía un gesto muy duro cuando me dijo eso. Entonces me di cuenta. de que me había encontrado con un hombre de verdad, que nunca me había pasado antes. Siempre había mandado yo.
¡Sí, es verdad! O mandas tú o mandan ellos -suspiró la otra-. A mí me gustan las cosas como deben ser.
-A mí no, pero a ‘Arry sí… Por entonces tenía yo que volverme a Londres. Me resultó imposible. ¡Lo juro! Conque fui y un lunes por la mañana me eché un chorro de agua hirviendo en el brazo izquierdo y en la mano. Así me podía quedar allí otros quince días.
-¿Y valió la pena? -preguntó la señora Fettley, contemplando la cicatriz blanquecina en el antebrazo arrugado de la señora Ashcroft.
Ésta asintió:
-Y después nos las arreglarnos entre los dos para que él pudiera venir a Londres a buscar trabajo en unas cocheras cerca de donde estaba yo. Y se lo dieron. Ya me encargué yo. Su madre nunca se malició nada. Él se vino a Londres y ahí vivimos los dos, a menos de un kilómetro de distancia.
-Pero le pagarías el viaje tú… -dijo la señora Fettley, convencida de ello.
La señora Ashcroft volvió a asentir:
-Para él todo me parecía poco. Era mi hombre. ¡Ay, Dios mío! ¡Lo que nos reíamos cuando salíamos de paseo por aquellas calles adoquinadas al atardecer, aunque a mí me dolían los callos con aquellas botitas! Nunca lo había pasado así de bien. ¡Nunca en mi vida! ¡Y él tampoco!
La señora Fettley echó una risita de solidaridad.
-¿Y cómo fue que acabaron? -preguntó.
-Cuando me lo devolvió todo, hasta el último penique. Entonces lo comprendí, pero no quería comprenderlo. «Has sido muy amable conmigo», va y me dice. Y yo le digo: «¡Amable! ¿Me dices eso a mí?» Pero él va y me sigue diciendo lo buena que he sido con él y que nunca en la vida lo va a olvidar. Estuve sin creérmelo dos o tres días, porque no quería creérmelo. Entonces va y me dice que no estaba contento con su trabajo en la cochera, y que los otros están abusando de él, y todas esas mentiras que cuentan los hombres cuando van a dejarla a una. Lo dejé que hablara todo lo que quisiera, sin ayudarlo ni discutirle. Cuando acabó de hablar me quité un broche que me había regalado y le digo: «Vale. No te pido nada.» Y me di la güelta y me marché a sufrir a solas. Y él no insistió. Desde entonces no vino a verme ni me escribió. Se golvió otra vez a casa con su madre.
-¿Y estuviste mucho tiempo esperando a que volviera? -preguntó implacable la señora Fettley.
-¡Y tanto!… ¡Y tanto! Cuando pasaba por las calles por las que habíamos ido juntos, me creía que hasta las piedras decían su nombre.
-Sí -dijo la señora Fettley-. Yo creo que eso hace más daño que nada en el mundo. ¿Y no pasó nada más?
-No, nada. Eso es lo más raro de todo, aunque te parezca mentira, Liz.
-Te creo. Te apuesto que a estas alturas no vas a decir una mentira.
-Y tanto… Y sufrí como no se lo deseo a mi peor enemigo. ¡Dios mío! ¡Aquella primavera fue un infierno! Primero fueron los dolores de cabeza, que nunca había tenido en toda la vida. ¡Imagínate, yo con dolores de cabeza! Pero al final los prefería. Así no podía pensar…
-Es como el dolor de muelas -comentó la señora Fettley-. Tiene que doler y doler hasta que ya no se puede soportar mas… y entonces ya no queda nada.
-A mí me quedó bastante para toda la vida. Todo pasó por la muchacha de la señora de la limpieza. Se llamaba Sophy Ellis. Era todo ojos y codos y siempre tenía hambre. Yo le daba de comer. A veces no le hacía ni caso, y desde luego ni la miraba cuando pasó lo mío con ‘Arry. Pero ya sabes lo que pasa a veces con las rapazas. Me cogió un cariño loco, y todo el tiempo me hacía arrumacos, y yo no tenía coraje para echarla… Una tarde, me acuerdo que era al principio de la primavera, su madre la había mandado a ver si podía sacarnos algo de comer. Yo estaba sentada al hado de la chimenea, con el mandil puesto por la cabeza, medio loca del dolor de cabeza, cuando va y entra la Sophy. Creo que le dije que me dejara en paz. «¡Anda!» va y dice «¿No es más que eso? ¡Eso se lo quito yo en medio minuto!» Le dije que no me pusiera un dedo encima, porque creí que me iba a acariciar la frente… que a mí no me gustan esas cosas. «No la voy a tocar», va y dice, y vuelve a salir. No hacía ni diez minutos que ya se había ido cuando de pronto se me pasa el dolor de cabeza. Conque me puse a la faena. Pasa un rato y vuelve la Sophy y se sienta en mi silla, más callada que un muerto. Tenía unas ojeras asina de grandes y la cara toda consumida. Le pregunté qué le pasaba. Y va y dice: «Nada. Ahora lo tengo yo.» «Que tienes qué», digo yo. «Su dolor de cabeza», dice ella, toda ronca y apretando los labios. «Se lo he quitado.» Y yo le digo: «Bobadas; se me ha ido solo mientras tú andabas por ahí. Quédate ahí mientras te hago una taza de té.» «Eso no vale», dice ella. «Tiene que durarme lo mismo que a usted. ¿Cuánto tiempo le duran a usted los dolores de cabeza?» «No digas bobadas», le digo yo, «o mando a buscar al médico», porque parecía que tenía un ataque de anginas. «Ay, señora Ashcroft », dice ella, estirando los bracitos, «la quiero tanto». Entonces no pude decir nada. Me la senté en el halda y le hice cariños. «¿Se le ha pasado de verdad?», me dice. «Sí, le digo. «y si eres tú la que me lo has quitado, te lo agradezco de verdad». «Claro que he sido yo», dice y me pone la cabeza en la mejilla. «Yo soy la única que sabe de esas cosas.» Y entomices va y me dice que ha cambiado mi dolor de cabeza por el suyo en una Casa de los Deseos.
-¿Qué? -dijo la señora Fettley, muy extrañada.
-Una Casa de los Deseos. ¡No! Yo tampoco había oído hablar de nada por el estilo. Al principio no entendí nada, pero cuando me lo fue explicando vi que una Casa de los Deseos tenía que ser una casa deshabitá, sin naide desde hacía mucho tiempo, para que viniera alguien a habitarla. Dijo que se lo había dicho una rapaza con la que jugaba en los establos donde trabajaba ‘Arry. Dijo que la chica andaba con unos que venían en una caravana a pasarse los inviernos en Londres. Gitanos, digo yo.
-¡Aaah! Los gitanos saben muchas cosas, pero yo nunca había oído hablar de una Casa de los Deseos, y eso que he oído decir… tantas cosas -dijo la señora Fettley.
-Sophy dijo que había una Casa de los Deseos en Wadloes Road, unas manzanas más allá, camino de la tienda de comestibles donde comprábamos nosotros. No había más que llamar a la puerta y echar el deseo por la raja del buzón. Le pregunté si eran las hadas. Y va y me dice: «¿Pero no sabe usted que en las Casas de los Deseos no hay hadas? No hay más que un trasgo.»
-¡Díos mío de mi vida! ¿Dónde aprendió esa palabra? -exclamó la señora Fettley, porque en Sussex los trasgos son espíritus de los muertos o, lo que es todavía peor, de los vivos.
-Me dijo que se lo había dicho la chica de la caravana. Y, la verdad, Liz, aquello me dio miedo, y como la tenía en brazos, debe haberlo sentido, y la apreté fuerte y le digo:
«Eres muy amable de haberme quitado el dolor de cabeza, pero ¿por qué no te deseaste algo muy bonito para ti?» Y va y me dice: «No dejan. En la Casa de los Deseos lo único que te dejan es desear que si a alguien le pasa algo malo se te pase a ti. Cuando madre me trata bien, le quito los dolores de cabeza, pero es la primera vez que puedo hacer algo por usted. La quiero tanto, señora Ashcroft.» Y va y sigue diciendo cosas por el estilo. Te aseguro, Liz, que de oírla hablar se me pusieron los pelos de punta. Le pregunté lo que era un trasgo y va y me dice: «No sé, pero cuando tocas el timbre oyes que viene corriendo del sótano y sube la escalera hasta la puerta. Entonces dices lo que deseas y te largas». Y yo digo: «¿El trasgo no te abre la puerta?» «¡Ni hablar!», dice ella. «No oyes más que unas risitas detrás de la puerta. Entonces dices lo que le quieres quitar a alguien al que quieres mucho y te lo pasa a ti», dice. No le pregunté nada más; la rapaza estaba demasiado cansada y tenía mucha calentura. La estuve haciendo arrumacos hasta que llegó la hora de encender el gas, y poco después se le pasó el dolor de cabeza, que debía de ser el mío, y se puso a jugar con el gato.
-¡Qué cosas! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿le volviste a preguntar algo?
-Ella quería seguir hablando de aquello, pero yo no estaba dispuesta a hablar de esas cosas con una niña.
-Y entonces, ¿qué hicistes?
-Cuando me venían los dolores de cabeza me quedaba sentada en mi habitación, detrás de la cocina. Pero no me se olvidó.
-Claro. Y, ¿te volvió a hablar de eso?
-No. Además, no sabía nada más que lo que le había contado la gitanilla, sólo que aquel encantamiento valía. Y después -aquello fue en mayo- me pasé el verano en Londres. Fueron semanas y semana’s de mucho calor y con viento, y con las calles que apestaban a boñigas secas de caballo que el viento se llevaba de un lado para otro y se amontonaban en las aceras. Ahora ya no pasa eso. Tenía vacaciones justo antes de la recogida del lúpulo, y vine aquí a pasarlas con Bessie otra vez. Se dio cuenta que había adelgazado y que tenía ojeras.
-Y, ¿viste a ‘Arry?
La señora Ashcroft asintió:
-Al cuarto… no, al quinto día. Un miércoles, fue. Yo sabía que había vuelto a trabajar a Smalldene. Le pregunté a su madre en la calle, con todo descaro. No pudo decirme mucho, porque estaba la Bessie y ya sabes lo que habla, y aquel día no paraba. Pero aquel miércoles había yo sacado a uno de los chicos de la Bessie que se me colgaba de las sayas, y cuando íbamos por la trasera de Chanter’s Tot sentí que venía él por el sendero detrás de mí y por la manera de andar sentí que había cambiado en algo. Empecé a andar más despacio y sentí que él también. Entonces me paré un rato con el crío, para hacer que se me adelantara él. Y entonces tuvo que pasarme. Y va y no me dice más que: «Buenas», y sigue su camino, tratando de hacer corno si no le pasara nada.
-¿Estaba bebido? -preguntó la señora Fettley.
-¡Ni hablar! Estaba como encogido y pálido, y le colgaba la ropa como si fuera un espantapájaros, y tenía la nuca blanca como el papel. Tuve que agarrarme para no abrir los brazos y llamarle. Pero tuve que tragar saliva hasta volver a casa y dejar a todos los críos en la cama. Y entonces, después de la cena voy y le digo a la Bessie: «¿Qué demonios le ha pasado a ‘Arry Mockler?» Y la Bessie va y me dice que se ha pasado dos meses en el hospital porque se ha cortado el pie con una pala cuando estaba vaciando el estanque de Smalldene. El barro estaba infestado y se le subió la infección por toda la pierna y luego por todo el cuerpo. No llevaba más que quince días de vuelta a su trabajo de carretero en Smalldene. La Bessie me dijo que el doctor había dicho que probablemente no aguantaría las primeras heladas de noviembre, y que su madre le había dicho que no comía ni dormía bien y que dejaba la cama empapada, aunque durmiera sin mantas. Y que escupía que daba miedo por las mañanas. «Hay que ver», digo yo, «qué pena. Pero a lo mejor con la recogida del lúpulo se pone güeno», y me traigo la costura y voy y enhebro la aguja a la luz de la lámpara, sin hacer ni un gesto. Aquella noche (me había puesto a dormir en el cuarto de la colada) me la pasé llorando. Y ya sabes tú, que me has acompañado en los partos, que para que llore yo tengo que estar muy a las malas.
-Sí, pero un parto no es más que dolor -dijo la señora Fettley.
-Me desperté con el canto del gallo y me puse té frío en los ojos para que no me se notara. Y aquella tarde, cuando salía a poner unas flores en la tumba de mi hombre, para que no comentaran, me encontré con ‘Arry donde está ahora el Monumento a los Caídos. Volvía de donde sus caballos, así que no podía verme. Le miro de arriba abajo y le digo: «’Arry, vente a descansar a Londres.» «No pienso», dice, «porque yo no puedo darte nada». Y yo le digo: «No te pido nada. ¡Por Dios que no te pido nada! Sólo que vengas a ver a un médico en Londres.» Y levanta los ojos cargados para mirarme y me dice: «No hay nada que hacer, Gra. No me quedan más que unos meses.» «¡Pero si tú eres mi hombre!», le digo. Y no pude decir nada más. Se me atragantaban las palabras. «Muchas gracias, Gra», dice (pero nunca me dijo que yo era su mujer), y sigue su camino y su madre, maldita sea, le estaba esperando, y cuando entró él en casa candó la puerta.
La señora Fettley alargó un brazo por encima de la mesa, como para tocar en la muñeca a la señora Ashcroft, pero ésta retiró el brazo.
-Así que seguí hasta el cementerio con mis flores y me acordé de lo que me había dicho mi marido aquella noche. Era verdad que se estaba muriendo y había pasado lo que había dicho él. Pero cuando estaba poniendo las plantas en su tumba me di cuenta que sí había algo que podía hacer yo por ‘Arry. Diga lo que diga el doctor, pensé que podía intentarlo. Y fui y lo intenté. Aquella mañana llegó una cuenta de nuestra tienda de. Londres. La señora Marshall me había dejado dinero para esas cosas, claro, pero yo le dije a la Bessie que era que tenía que ir a abrir la casa. Y me fui en el tren de la tarde.
-¡Ah! Pero, ¿no te daba… no te daba miedo?
-¿Por qué? No me quedaba ya nada más que mi vergüenza y la crueldad de Dios. Ya me había quedado sin ‘Arry para siempre. ¿no? Sabía que iba a seguir ardiendo hasta quedarme consumida.
-¡Pobrecita! -dijo la señora Fettley, volviendo a alargar el brazo, y esta vez la señora Ashcroft permitió que le tocara la muñeca.
-Pero me alegraba saber que por lo menos podría tratar de hacer algo por él. Y entonces fui y pagué la cuenta de la tienda y me metí el recibo en el bolso y fui a la casa de la señora Ellis, que era la que venía a hacer la limpieza, y le pedí las llaves y fui a abrir la casa. Primero me hice la cama (¡Dios mío! ¡Dormir en mi propia cama!). Después me hice una taza de té y me quedé sentada en la cocina, pensando todo el rato hasta el atardecer. Casi era de noche cuando me vestí y salí con el recibo y el bolso, haciendo como que estaba buscando unas señas. La casa era el número 14 de Waldoes Road, y era una de esas casitas con la cocina en el sótano, de esas casitas todas pegadas unas a otras con un jardincito delante y una valla, y había veinte o treinta iguales. Tenía la pintura de la puerta agrietada y hacía años que no la habían pintado. En la calle no había casi gente; sólo gatos. ¡Y qué calor! Voy a la puerta de lo más natural, subo las escaleras y voy y toco al timbre. Sonó muy fuerte, como pasa siempre en las casas vacías… Cuando dejó de sonar oí como si retirasen una silla en la cocina. Después oí unas pisadas en la escalera de la cocina, como si fuera una mujer bien fuerte en zapatillas. Iban subiendo por la escalera hasta llegar al vestíbulo… oí cómo chirriaban los escalones… y se pararon delante de la puerta. Me inclino hacia la raja del buzón y digo: «Que me caiga a mí encima todo lo que le está pasando a mi hombre, ‘Arry Mockler, porque le quiero.» Y entonces, lo que fuese que estaba al otro lado de la puerta dejó escapar el aliento, como si hubiera estado un rato sin respirar para oír mejor.
-Y, ¿no te dijo nada? -preguntó la señora Fettley.
-Nada. No hizo más soltar el aliento, como si dijera: A-ah. Después golvieron a sonar las pisadas que golvían a bajar a la cocina, corno si arrastrase los pies… y sentí que golvían a arrastrar la silla.
-¿Y todo ese tiempo tú estabas en la puerta, Gra?
La señora Ashcroft asintió.
-Entonces me fui y me crucé con un hombre que va y me dice: «¿No sabía usted que esa casa estaba vacía?» «No», le digo yo. «Deben de haberme dado mal el número.» Y me golví a nuestra casa y me acosté, porque ya no podía más. Hacía tanto calor que casi no se podía dormir, y me estuve dando paseos por la habitación, y durmiendo a ratos, hasta el amanecer. Entonces me fui a la cocina a hacerme el té y me di un golpe justo encima del tobillo con una de las tenazas de la cocina que la señora Ellis había sacado de su sitio la última vez que había ido a limpiar. Y después de eso me puse a esperar hasta que los Marshall golvieran de vacaciones.
-¿Tú sola? ¿Y no te daban ya miedo las casas vacías? -preguntó horrorizada la señora Fettley.
-Güeno, la señora Ellis y Sophy empezaron a venir en cuanto que se enteraron que había vuelto yo, y entre las tres golvimos a limpiar la casa de arriba abajo. En todas las casas siempre queda algo que hacer. Y así me pasé todo el otoño y el invierno, allá en Londres.
-¿Y no pasó nada con lo que habías hecho?
La señora Ashcroft sonrió:
-No. Entonces no. En noviembre le mandé diez chelines a la Bessie.
-Siempre has sido muy generosa -interrumpió la señora Fettley.
-Y recibí lo que esperaba, con todas las demás noticias. Me decía que con la recogida del lúpulo él se había puesto estupendo. Había estado en la recogida seis semanas y ahora estaba otra vez en Smalldene, con los caballos. A mí no me importaba cómo había sido eso, con tal que estuviera bien. Pero no creas que mis diez chelines sirvieron para tranquilizarme mucho. Si ‘Arry se hubiera muerto, entonces sería mío hasta el Día del Juicio. Pero ‘Arry vivo, seguro que iba a liarse con alguna en cuanto pudiera. Aquello me tenía cabreada. Y cuando llegó la primavera me empezó a fastidiar otra cosa. Me había salido una especie de divieso con mucha pus en la pierna, justo encima de la bota y no se me cerraba nunca. Me daba asco mirarlo. porque yo he sido siempre de piel muy fuerte. Ya me pueden dar un hachazo, que en seguida se cierra la herida, como quien cava la tierra. Entonces la señora Marshall hizo que me viniera a ver su propio doctor. El doctor me dijo que tendría que haberle consultado mucho antes, en lugar de llevar meses vendándomelo con una media de color. Me dijo que en el trabajo me pasaba demasiado tiempo de pie, porque el divieso estaba al lado de una vena hinchada, por detrás del tobillo. Y va y me dice: «Va a tardar en quitársele tanto como tardó en ponérsele así. Ponga la pierna en alto y descánsela», dice, «y pronto se le pasará. Más vale que no cierre en seguida. Tiene usted la pierna muy fuerte, señora Ashcroft». Y va y me pone unas hilas húmedas.
-Hizo bien -dijo convencida la señora Fettley-. A las heridas que supuran se les ponen hilas húmedas. Se tragan la pus, igual que la mecha de la lámpara se traga el aceite.
-Es verdad. Y ha señora Marshall se pasaba el rato haciéndome pasar más tiempo sentada y casi se me cerró. Y después me hicieron venir con la Bessie para acabar de curarme, porque no soy de las que les gusta estar sentada cuando hay algo que hacer. Entonces era cuando golviste tú al pueblo, Liz.
-Sí. pero la verdad es que no me sospechaba nada.
-Yo no quería que sospecharas nada -sonrió la señora Ashcroft-. Vi a ‘Arry dos o tres veces por la calle y estaba estupendo; había engordado y estaba curado del todo. Entonces, un día ya no le vi y su madre me dijo que uno de los caballos le había dado una coz en la cadera. Estaba en cama, con muchos dolores. Y la Bessie va y le dice a su madre que era una pena que ‘Arry no estuviera casado para que su mujer se encargara de cuidarle. ¡Cómo se puso la vieja! Nos dijo que ‘Arry no había mirado a una mujer en toda su vida, y que mientras ella viviera le cuidaría sin parar. Y por eso me di cuenta de que le vigilaría como un perro, y encima sin pedir ni un hueso.
La señora Fettley reía en silencio.
-Aquel día -continuó la señora Ashcroft- estuve todo el tiempo sin dormir, y vi cómo iba y venía el doctor porque creían que también le había dado en las costillas. Eso hizo que me se volviera a reventar el grano y me saliera toda la pus. Pero resultó que ‘Arry no tenía nada en has costillas, y pasó bien la noche. Cuando me enteré, a la mañana siguiente, me digo: «Todavía no voy a pensar nada. No voy a descansar la pierna en toda la semana, a ver qué pasa.» Aquel día no me dolió, era más bien como si me fuera quedando sin fuerzas, y ‘Arry volvió a pasar bien la noche. Entonces seguí igual, pero no me atreví a pensar nada hasta el fin de semana, que ‘Arry volvió a levantarse, casi corno si nada, sin heridas por dentro ni por fuera. Casi me puse de rodillas en el lavadero cuando salió la Bessie a la calle, y digo: «Ahí te tengo, muchacho. Todo lo güeno que te pase hasta que yo me muera te vendrá de mí, aunque tú no lo sepas. ¡Dios mío, haz que viva mucho tiempo, por el bien de ‘Arry!», digo. Y creo que aquello me alivió los dolores.
-¿Para siempre? -preguntó ha señora Fettley.
-Han vuelto muchas veces, pero por fuertes que fueran, yo sabía que era por él. Lo sabía. Fui y me puse a controlar los dolores, igual que se controla una cocina, hasta que aprendí a tenerlos cuando quería yo. Y aquello también era muy raro, Liz. Había .veces que el grano se encogía y se secaba. Al principio yo hacía todo lo posible para que me golviera, porque me daba miedo dejar a ‘Arry demasiado tiempo solo por si le pasaba algo. Y después comprendí que aquello era porque estaba bien y así fue cómo me salvé.
-¿Cuánto tiempo? -preguntó la señora Fettley, interesadísima.
-A veces me he pasado casi un año sin que se viera más que la punta del granito. Estaba seco y chiquitísimo. Luego se volvía a inflamar, como un aviso, y me dolía. Cuando ya no podía más, porque tenía que seguir haciendo mi trabajo de Londres, ponía la pierna en una silla hasta que se aliviaba. Pero tardaba su tiempo. Entonces sabía, por aquella sensación, que a ‘Arry le pasaba algo. Y le mandaba cinco chelines a la Bessie, o les mandaba algo a los niños, para enterarme de si a lo mejor es que le pasaba algo porque yo me había descuidado. ¡Y eso era! Año tras año conseguí cuidar de él, Liz, y todo lo güeno que le pasó fue gracias a mí… años y años.
-Pero, ¿de qué te valió todo eso a ti, Gra? -casi sollozó la señora Fettley-. ¿Le veías mucho?
-A veces, cuando me venía a pasar aquí las fiestas. Y cuando me vine aquí para siempre, más. Pero nunca me ha hecho caso, ni a mí ni a ninguna otra mujer, más que a su madre. ¡Cómo le vigilaba yo! Y ella también.
-¡Tantos años! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿dónde trabaja ahora?
-Hace mucho que dejó lo de los caballos. Ahora trabaja en una de esas casas grandes de tractores, de esas que también hacen arados y algunos camiones. Me han dicho que hay veces que los lleva hasta Gales. Para las fiestas viene a ver a su madre, pero ahora hay veces que me paso semanas sin verle. ¡Me da igual! Con su trabajo, nunca se puede quedar mucho tiempo en el mismo sitio.
-Pero, es un decir, suponte que ‘Arry fuera y se casara -dijo la señora Fettley. La señora Ashcroft dio un respingo entre los dientes, iguales y sin puentes.
-Nunca se me ha ocurrido eso -respondió-. Supongo que se me tendrían en cuenta todos mis dolores. ¿No, Liz?
-Es lo que debería pasar, hija. Es lo que debería pasar.
-La verdad es que a veces duele mucho. Ya verás cuando venga la enfermera. Se cree que no me he enterado de lo que es.
La señora Fettley comprendió. La naturaleza humana raras veces se permite pronunciar la palabra «cáncer».
-¿Estás totalmente segura, Gra? -pregunto.
-Ya estaba segura cuando el señor Marshall me mandó a subir a su estudio y me estuvo hablando un rato largo de que había sido una sirvienta muy fiel y les había servido mucho tiempo, pero no el suficiente para que me dieran una pensión. Pero me pasarían una cantidad semanal. Ya sabía yo lo que significaba eso… y ya hace tres anos.
-Eso no demuestra nada, Gra.
-¿Pasarle 15 chelines a la semana a una mujer que lógicamente tenía veinte años de vida por delante? ¡Claro que sí!
-¡Te equivocas, te equivocas! -insistió la señora Fettley.
-Liz, no me puedo equivocar cuando los bordes están todos dados la vuelta, como… como un cuello de camisa arrugado. Ya lo verás. Y además, yo amortajé a Dora Wickwood. A ella le había dado debajo del sobaco.
La señora Fettley se quedó pensativa un rato e inclinó la cabeza como rindiéndose.
-¿Cuánto tiempo crees que te queda a partir de ahora, hija?
-Igual que tardó en venir, tardará en irse. Pero si no te veo antes de la próxima recogida del lúpulo, ésta será nuestra despedida, Liz.
-No sé si podré venir antes, si no tengo un perrito que me guíe. Los niños no quieren molestarse. ¡Ay, Gra! Me estoy quedando ciega… ¡Me estoy quedando ciega!
-¡Ah!, ¿por eso no has hecho más que tocar y retocar la colcha todo este rato? Ya me decía yo… Pero sí que va a contar el dolor, ¿no crees, Liz? Sí que contará el dolor para que ‘Arry siga… donde quiero yo. Dime que no ha sido todo para nada.
-Estoy segura… segura, hija. Tendrás tu recompensa.
-Eso es lo único que quiero… Si es que me tienen en cuenta el dolor.
-Seguro, seguro, Gra.
Llamaron a la puerta.
-Es la enfermera. Se ha adelantado -dijo la señora Ashcroft-. Ábrela.
Entró la joven a paso animado, con un bolso lleno de frasquitos tintineantes.
-Buenas tardes, señora Ashcroft saludó-. He venido un poquito más temprano que de costumbre por lo del baile de esta noche en la Institución. ¿Verdad que no le importa?
-No, no. A mí ya se me pasó la edad de bailar -dijo la señora Ashcroft, recuperando su tono de sirvienta discreta-. Aquí mi vieja amiga, la señora Fettley, me ha estado haciendo compañía.
-Espero que no la haya fatigado a usted -dijo la enfermera en tono un tanto frío.
-Todo lo contrario. Ha sido un placer. Sólo que… sólo que al final me he sentido un poco cansada.
-Claro, claro -la enfermera ya se había puesto de rodillas y tenía unas gasas en la mano-. Cuando se reúnen las señoras mayores, hablan demasiado. Ya me he dado yo cuenta.
-A lo mejor tiene usted razón -dijo la señora Fettley, poniéndose en pie-. Así que me voy.
-Pero antes, míralo -dijo la señora Ashcroft con voz apagada-. Me gustaría que lo vieras.
La señora Fettley lo miró y sintió un escalofrío. Después, se inclinó, dio un beso suave a la señora Ashcroft en la frente macilenta y otro en los ojos grises desvaídos.
 que cuenta, ¿verdad? ¿El dolor? -aquellas palabras apenas si traspasaron los labios, que todavía mostraban huellas de su antigua línea.
La señora Fettley se los besó y se fue hacia la puerta.


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