viernes, 28 de agosto de 2015

El pequeño vampiro. Capítulo III. De Angela Sommer.

                              Sabiduría de padres

Aquella noche Antón tuvo un sueño: ¡estaba solo en una llanura infinita, y corría! No podía descubrirse en ninguna parte ni siquiera el rastro de una vivienda humana; no había calles ni caminos; sólo un par de árboles achaparrados extendían sus secas ramas hacia el negro cielo. Gigantescos cráteres se abrían en la tierra cubierta de ceniza y escoria. ¡Por todas partes había huesos, brillantes y grandes huesos, y al correr entre ellos Antón intuía lleno de pavor cuál era el destino que le esperaba también a él!
Y de repente, mientras corría, ¡notó que algo había empezado a perseguirlo! Algo hacia lo cual no se atrevía a volverse le iba pisando los talones. Jadeando y siseando se le acercaba cada vez más. Ya sólo le separaban unos pocos metros de Antón. Entonces vio ante sí una montaña. ¡Si conseguía llegar hasta allí estaría salvado!
El horrible graznido de su perseguidor se hacía más fuerte. Ya notaba el cálido aliento del monstruo en sus espaldas. Una vez más Antón hizo acopio de todas sus fuerzas y corrió... ¡pero en vano! Con un grito se desplomó en el suelo y permaneció tumbado sin moverse, con los ojos fuertemente cerrados. Ahora... ahora sí que le debía de haber alcanzado el monstruo.
—Hola, Antón —dijo entonces una voz familiar y muy ronca—; ¡corres como si te persiguiera el diablo en persona!
Siguió una risa gutural, ronca y resonante, y en realidad..., era el pequeño vampiro que estaba en cuclillas junto a él. Sus poderosos y blancos dientes resplandecían.
—Y yo sólo quería contarte la historia del nuevo guardián del cementerio —se rió.
—¡Ah, ésa! —dijo Antón sacudiéndose, avergonzado, el polvo de los pantalones.
—Pues bien —dijo el vampiro—, ¡era un martes, y aquel martes era, precisamente, trece!
No siguió adelante, pues en ese momento lo interrumpió una voz.
—¡Antón, a desayunar! —exclamó el padre.
—Sí —gruñó Antón adormilado.

—¿Qué opináis realmente de los vampiros? —preguntó Antón cuando estaba sentado a la mesa del desayuno untándose miel en el pan.
Aunque parecía que estuviera ocupado con empeño en untar el pan, observaba, no obstante, muy atentamente las caras de sus padres. En primer lugar cambiaron una mirada de sorpresa, después empezaron a hacer gestos. «No me toman en serio —pensó Antón—, seguro que piensan que soy un crío. ¡Si ellos supieran!»

—Vampiros —dijo la madre reprimiendo una sonrisa—. ¿Y a qué viene eso?
—Ah —dijo Antón—. Antiguamente hubo, sin embargo, algunos.
—Antiguamente —dijo el padre—. Entonces la gente creía en las cosas más disparatadas. Por ejemplo, en las brujas.
—¡Brujas! —repitió desdeñoso Antón.
—Otros creían en enanos, en fantasmas, en hadas... —dijo la madre.
—Os olvidáis de Papá Noel —dijo colérico Antón, y revolvió tan violentamente en su taza que el cacao salpicó el mantel—. Pero os voy a decir una cosa: lo de los vampiros es completamente, completamente diferente.
—¿Ah, sí? —dijo burlón el padre.
—¡Sí, señor! —repuso Antón—. Y el que piense que sólo hay vampiros en los libros...
—... o en las fiestas de disfraces —se rió su madre para dentro.
—... ése está o ciego o sordo —continuó Antón alzando la voz; hizo después una pausa y, finalmente, dijo en voz baja y misteriosa—: ¡O es muy, muy irreflexivo!
—Me das auténtico miedo —se rió la madre.
—Qué raro que no nos hayamos encontrado nunca con ninguno, ¿no? —dijo el padre dirigiéndose a la madre.
—Ay —dijo Antón de buen humor—, eso sucede algunas veces antes de lo que uno cree.
—¿De veras? —exclamó la madre con un sobresalto fingido.
—Ya veréis —dijo Antón, metiéndose en la boca el resto de su pan.
—Yo sólo veo que mi taza está vacía —se rió la madre—; por favor, sírveme más té, Antón.
El padre se puso de pie y cogió la tetera. Mientras servía le guiñó un ojo a la madre.
«Ya se os pasará la risa», pensó Antón. Satisfecho, se recostó en su silla y pensó en el sábado siguiente.

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