jueves, 18 de octubre de 2018

Hora terminal de Alfonso Orejel


              

                                                                     U N O

           La luz gotea desde las ramas del cerezo. Un viento suave mueve sus hojas. Por la persiana se desliza, tímido, el brillo de la mañana. Sobre la cama yace el enfermo respirando pausadamente. Tiene los ojos hundidos. Su vena atada a la sonda que le alimenta un líquido amarillento.  Mangueras lo abastecen del oxígeno que sus pulmones débiles no pueden inhalar.  La boca se halla entreabierta y le da un aspecto de pez muriendo de asfixia.  Desde el extremo de la cama lo observa detenidamente. La mirada se humedece al cerciorarse de su lenta caída hacia la muerte.
          Sabe que son sus últimas semanas, tal vez, días. El deceso es inminente   y llegará tarde o temprano. Los doctores lo han vaticinado. El cáncer avanza minando su estructura interna, los tejidos se están volviendo polvo, y, por ello, no tardará en derrumbarse.
          Desde hace tres días se ha convertido en el vigía que lo ve partir hacia la nada. Los artefactos a los que está conectado, el suministro de inyecciones, las revisiones periódicas de su presión arterial y los lavados de pulmón parecen infructuosos para detener la enfermedad. No hay mejoría  y él se desespera al contemplar el estado  en que se encuentra.  
          Mira el reloj. En cualquier momento pasará la enfermera a aplicarle el medicamento. Se hará a un lado para no estorbar la maniobra. Se recogerá en un rincón y quizás aproveche su presencia  para ir al baño. El escalofrío lo posee mientras mira hipnotizado el chorro ruidoso cayendo en el ojo del excusado.
        Lleva dos días en el hospital del Seguro Social y su estancia en la ciudad se prolongará seguramente una semana más. El neumólogo pronosticó el fin en ese lapso aproximado. En la empresa en que  labora le dieron un permiso indefinido. No todos los días se va a morir nuestro padre, comentó con torpe cortesía el gerente quien sabe que la institución se enaltece con ese tipo de generosidades.

        Está triste. La tristeza que nace de manera natural de una relación cálida con aquel hombre que lo quiso y protegió desde su infancia. Un padre bueno, silente y afable que tuvo que trabajar el doble cuando su madre murió, en plena adolescencia. Lo recuerda por aquellas mañanas cuando salían a pescar y nunca capturaban algún pez importante pero para quitarse el sabor del fracaso pasaban por el mercado y adquirían un pargo o una lobina enorme. – ¡No íbamos a regresar a casa sin un pez!, decía con buen humor. Sonríe. Otra enfermera pasa frente a él y le devuelve la sonrisa.
       Vuelve al área de terapia intensiva. La enfermera ha realizado su trabajo.
        - Gracias, señorita.
        - Si se le ofrece algo llámeme.
      No distingue signo alguno de mejoría en el rostro demacrado del enfermo. Le preocupa la expresión dolorosa de sus gestos fugaces. Aquel sufrimiento le pertenece de algún modo. Sabe que el dolor ha maniatado su cuerpo. Imagina como el  cáncer va royendo su entraña, silenciosa e inexorablemente. Su pecho es un manantial intermitente del que  mana un dolor agudo que apenas se expresa en esos ayes que resbalan por la comisura de sus labios.
     Lo ha visto mover, desesperado, la cabeza, una y otra vez,  por el lento efecto de las medicinas, agobiado por esta fuerza que ciñe su entraña y que no cede. Se levanta de la silla para decirle  a la enfermera que le aumente la dosis de analgésicos para mitigar el dolor. Se angustia al extremo de suplicarle al doctor que  se encuentra de guardia que haga un poco más por él.
      -No se preocupe. Así es esto. Tómelo con calma. Su papá siente dolor pero  es el mínimo, créame.  Hacemos todo lo posible por reducirlo a su nivel más bajo. Pero si sigue inquieto le administraremos un sedante más fuerte. No se preocupe.
      Lo escucha, asintiendo con la cabeza.  Mira su blanca silueta perderse en el fondo del pasillo.

      Anochece. Desde las lámparas fluye una luz temerosa que palpa con lentitud el rostro de los enfermos. Se acerca a su padre. Acaricia su frente blanca que parece más amplia por la calvicie de los sesenta años. El cabello tan delgado como escaso es dócil ante los dedos que intentan peinarlo con suavidad. Tres grietas pronunciadas cruzan la planicie de esa frente de un extremo a otro. Bajo la nariz recta se halla un bigote que de manera natural se alinea brindándole una extraña dignidad a su cara decrépita.
      Su padre se mantiene imperturbable. Busca en su cara un signo de aprobación que lo reconozca, un mínimo movimiento afectivo que le permita saber que su estancia tiene sentido. Pasan las horas, los días y aún no encuentra esa señal. Deberá tener mayor paciencia. Al fin de cuentas es su padre y la enfermedad no es una elección.
 
      Había llegado con el propósito de acompañarlo en sus momentos últimos. Hacía cuatro años que no tenía contacto con él. Aproximadamente desde que se divorció. Ambos vivían solos y nadie hizo lo propio para acercarse al otro.
        Sin embargo, él, como hijo, se sentía culpable. Por eso pagaría con el tiempo necesario aquel olvido. Esta era una buena ocasión para reivindicarse aunque aquél no estuviera consiente de ello. Pero no tardaría en abrir los ojos y enterarse de su presencia.
        De ser necesario, lloraría todas las lágrimas que ha contenido durante estos años. Al fin de cuentas, los lazos de sangre mantienen un vínculo profundo, misterioso. Y de ese vínculo nacía aquella fuerza misteriosa que lo impulsaba a permanecer a su lado hasta el momento que fuera necesario. Estar a su lado le complacía. Era una demostración notable de afecto. Un ejercicio silencioso de sacrificio por el prójimo.

        En aquel pabellón hay una larga fila de camas donde los enfermos terminales son atendidos por el personal médico, a quien impulsa más un sentimiento de compasión que la certeza de que la ciencia podrá  hacer algo por ellos.
         En todos y cada uno, las esperanzas de recuperación son remotas. Pero el hospital, en un alarde de innecesaria humanidad, los trata infructuosamente de arrebatar a la muerte.
         Hacia la derecha un hombre 40 o 50 años languidece quejándose por el dolor que le atraviesa el vientre. Su madre, una anciana pequeña, envuelta en un rebozo gris, le limpia el sudor que tiene en su frente y le trata de dar consuelo. Aunque son inútiles para sofocar el dolor, los movimientos de sus manos son delicados y transmiten un amor discreto y silencioso. El enfermo huele mal por la diálisis a que está sujeto su cuerpo. A la señora no parece importarle aquello.

         Del otro lado se halla una mujer de mediana edad a quien le ha sido diagnosticado cáncer en los huesos. Está inmóvil. Sedada. Nadie la acompaña. Más allá se multiplican las camas de otros enfermos en condiciones similares. Este es el pabellón de los enfermos  condenados al cadalso, de aquellos que avanzan en el trampolín que los conduce al fin y sólo les falta dar el último paso. Este es pasillo que su padre camina con los ojos cerrados.
         La anciana absorta en la tarea de atender a su hijo cumple con la encomienda de vigilar la evolución de su salud. Después de acomodar la almohada, de alisar la sábana y cubrirlo hasta la cintura con la manta blanca, se sienta en la silla de Pepsi metálica y levanta la bolsa de ixtle para hurgar en ella. Saca un rosario con eslabones de plástico. Se acomoda el rebozo sobre la cabeza y, ajena a la gente que está alrededor, empieza a rezar.
          Apenas un susurro resbala por su boca, como una queja, como un tímido lamento. La voz tiembla en sus labios. Los ojos se concentran en los puños que juguetean con las perlas. Él admira su devoción, la cándida confianza con que ofrece su voluntad a esa fuerza superior. La envidia. Aprieta la mano de su padre y  cierra los párpados por unos instantes.
                                        
D O S

          - Papá...papá... Aprieta con ambas manos la mano inerte del anciano. Le habla con suavidad, como lo ha hecho tantas veces. Con cierta dosis de ternura, esperando una reacción. Nada ocurre. Le mira la cara enjuta, los vellos en la barbilla creciendo irregularmente, los ojos perdiéndose cada vez  más en la cavidad que los aloja, la piel untándose a los huesos, la manzana en la garganta más visible que nunca.
        Conoce ese rostro a fuerza de estarlo viendo con detenimiento durante estos meses. Ha aprendido a distinguir los cambios más imperceptibles que ocurren en él. Cuando la morfina entra en sus venas, cuando recibe el suero con nutrientes, cuando descansa plácidamente o cuando duerme atormentado.
       Se sienta. Echa un vistazo al reloj que pende de la pared de la estación de  enfermeras. Es un vistazo innecesario. Lo sabe. Da lo mismo saber la hora que no. Escucha el ruido del agua que cae sobre los utensilios de metal que emplean. Los mueven como trastos sucios. Le molesta. Suenan las ruedas  herrumbradas de una camilla que sale del pabellón  con  otro paciente menos. Lo llevan a la morgue para entregarlo a sus familiares. Así ha sucedido desde que llegó. Perdió la cuenta cuando iba más de 50. Entran los pacientes moribundos y en pocos días o semanas salen muertos.
         Es un ciclo lógico que no parece acatar su padre. Tiene la vaga impresión de que se hace el disimulado para evadir la partida. Lo ve de nuevo. Parece dormir. Sospecha que de algún modo emplea artilugios para mantenerse respirando. En ocasiones voltea de repente para ver si observa en su cara una sonrisa fugaz. Ignora si lo escucha, si desde sus párpados a veces temblorosos puede partir una mirada. Tiene ganas de identificar esa señal para saber que su presencia tiene sentido. Ha pasado tanto tiempo y se desespera sin recibirla.
      Su padre se halla arropado ahora  por la consentida promiscuidad de los enfermos. Un olor acedo emana de su piel, el aliento es fétido. Siente ahora una profunda repugnancia. Un gran desprecio que apenas alcanza a disimular. Es natural, sus órganos funcionan torpemente, la conciencia parece abandonar aquel cuerpo y éste empieza a pudrirse de manera inevitable. Sin embargo, con cuidado, limpia el sudor que aparece en su cara. Hace  demasiado calor en este sitio donde el hacinamiento humano y la indiferencia de las enfermeras compiten con rabia.
         Antes trataba de soportar ese olor sin protestar porque le parecía una canallada condenarlo, rechazarlo. Como si con esa actitud estuviera negándose a aceptar la custodia de su progenitor enfermo. Abrumado por una circunstancia de la que no era responsable él. Por eso, para castigarse, en ocasiones respiraba hondo, tratando de llevar aquel olor a los rincones más íntimos de sus pulmones.
          Ahora era diferente. Aquel amasijo de malos olores le producía una repugnancia enorme. Solía hacer largas caminatas por la sala para evitar aquel olor que penetraba en su nariz pero otros enfermos se hallaban en condiciones similares. Miraba algunos crucifijos encima de las camas. Testigos de ojos petrificados. ¡Le parecían tan inútiles! Cada enfermo iba muriendo poco a poco, cada uno parecía avanzar al patíbulo dócilmente, bajo la mirada indolente de aquellos Cristos.

          Conoce la cantidad de mosaicos que tiene a lo largo este pabellón, las leves grietas que tienen las paredes, las llaves de oxígeno en mal estado, los rostros y las corpulencias de las enfermeras. Ha caminado tantas veces por aquí. Al final hay una ventana que da hacia el jardín en la planta baja de este edificio. Siempre está solo y solamente sirve como un espacio que separa los dos módulos del hospital.
           Observa un pájaro que picotea el pasto. A pesar de ser negro y de  patas largas, con  los ojos feos y el pico rústico, tiene cierta gracia, salta de un lugar a otro. No encontró alimento y decide largarse. Alza las alas delgadas y emprende el vuelo. La superficie verde queda de nuevo despoblada. Al menos ese pájaro tiene las agallas para marcharse. ¡Qué alegoría más barata para explicar su reclusión!

          El invierno ha desnudado los pocos árboles que alargan sus ramas hasta el segundo piso. El viento helado agita las pocas hojas que han quedado en ellas. El pabellón se mantiene a una temperatura estable por la calefacción.
          Los familiares de los nuevos enfermos que ingresan al hospital visten suéteres o abrigos para enfrentar el frío. Algunos padecen de gripe o catarro y se sacuden la nariz repetidamente. Las hondas gélidas atraviesan la ciudad. Los días duran menos y las noches se prolongan.
          Escucha risas en la estación. Dos enfermeras conversan animadamente mientras gesticulan con discreción. No se molesta. Al contrario, le gusta escuchar de nuevo el sonido de las carcajadas. Ya se estaba acostumbrando a no hacerlo. Hace tanto que no ríe de esa manera.
         Cuando sale a la casa de su padre  –una casa austera, pequeña y con pocos utensilios domésticos- para asearse o dormir acostado algunas horas, sospecha que su padre aprovechará la oportunidad para morirse y tenerle esa buena noticia al regresar de nuevo al hospital. Pero no se queda mucho tiempo en ella. Le incomoda su estrechez y frialdad. Es la habitación de un solitario. Semejante a la suya.
          Prefiere volver porque al menos en el hospital su presencia tiene algo de heroísmo. Su padre en  cualquier momento puede abrir los ojos, identificarlo y después morir. Solamente necesita ese instante para justificarlo todo. No espera más. Por la ventana que se localiza a un costado de la última cama, justo a la derecha de aquella donde yace su papá, el cerezo cobra una apariencia de fragilidad con sus ramas completamente desnudas.  

T R E S

          Escucha el martilleo. Tac-tac, tac-tac, tac-tac. Es incesante. Cada golpe es idéntico al siguiente y al anterior. Tac-tac, tac-tac, tac-tac. Cada segundo cae al mismo ritmo. Un ritmo monótono, seco, uniforme. Cada segundo tiene la misma factura, la misma composición. Caen y caen y no cesan de caer. Y en el nicho del oído está el punto donde éstos se sumergen. Segundos herméticos, puntuales, perfectos. Segundos que suceden unos a otros con una disciplina extrema, con un frenesí desquiciante, rígidos,  impasibles, insensatos. Lentos. Sádicamente lentos. Bajo la servidumbre de un tiempo que no  se sacia nunca. De un tiempo que los aletarga para prolongar la agonía.

         El tiempo que transcurre sin la menor prisa, que respira con la mínima frecuencia para exaltar sus sentidos. El tiempo despiadado que aumenta el volumen del golpeteo  de aquellos segundos  insaciables e indolentes. Estos segundos que han perforado su paciencia, que lo sacan de quicio y no tardarán en enloquecerlo.

Levanta la cabeza y mira el reloj blanco con manecillas negras del que saltan esos segundos, colgado, en aparente inocencia, sobre la pared.

          Se lleva la mano a la barbilla. Acaricia los vellos que la cubren con una capa delgada de felpa obscura. Desde hace algunas semanas decidió no rasurarse más. Es un  buen momento de mostrar su descontento. Su propia ropa está descuidada y sucia. Su aspecto tiene los evidentes signos del abandono.

         Han pasado seis meses y ya está harto de esperar. A  estas alturas ya lo habrán despedido del trabajo. Se cansó de estar renovando el permiso y tal vez el dueño de la empresa buscó algún suplente. Un moribundo con buenos modales se moriría en un lapso prudente, no abusaría de la paciencia de los demás. Pero su padre parece ignorar tales reglas de cortesía.
          Desea huir, alejarse de aquella entidad enferma, emisora de quejidos tenues y respiraciones entrecortadas. Aquel hombre que solía abrazarlo de niño, pasar la palma abierta sobre su cabeza y alentarlo a golpear el balón con fuerza se había convertido en una masa informe, incapaz de expresar emoción y sentimiento alguno.
          La esperanza de identificar a ese padre a través, al menos, de una  mirada, de un apretón de manos o una sonrisa se desvanecía. Su cuerpo era un vegetal, un tronco pudriéndose, un ser al que habían arrancado de raíz el alma. No, ese  sujeto no puede ser su padre. Es una cáscara vacía que el viento no tardará en derribar definitivamente. Quedarse a su lado no tiene ya sentido.
         Se ha cansado de mirarlo morir sin prisa, tomándose todo el tiempo del mundo para hacerlo.  Y le molesta su necedad, su renuencia a entregarse al fin. A pesar de que los enfermos que  lo han acompañado durante esos largos meses en esa travesía ya se han marchado, convencidos de la inutilidad de vivir con el dolor a cuestas.
       Pero su padre no parece darse por enterado. Cuantas veces lo ha observado fingiendo indiferencia o desdén ante el deceso de los otros, sus compañeros, sus semejantes. Como si continuar resistiendo el embate del  cáncer fuera heroico. Intuyendo en su somnolencia que esa vida que sostiene con un hilo vale la pena seguirla viviendo.

          El tedio, como un cáncer más temible, lo ha invadido. El tedio es un sopor que impregna el ambiente, penetra en los huesos y debilita la voluntad. Es el transcurrir anodino de las horas bajo el dominio de un letargo que embota los sentidos. Contempla la lentísima muerte de su padre y se desespera. Porque su  demorado deceso no encuentra desenlace. La espera se alarga innecesariamente. Bosteza una y otra vez. Su boca exhala quejidos. Él lo ve y en su propia boca nace un bostezo que se agranda hasta el límite. ¡Es tan aburrido verlo morir!
         Una desesperación sorda, inexpresable, hace presa de él. ¡Por cuánto tiempo ha vivido esta rutina circular, idéntica a sí misma, desprovista de intensidad o tensión dramática!

          Las enfermeras pasan, llevando las inyecciones, los sueros, las sábanas. El golpe de sus zapatos de goma en el piso es igual al de todos los días. Su voz, sus desplazamientos, sus gestos, los mismos. Los enfermos terminales articulan sus quejidos, respiran apresuradamente y se envuelven en silencios dolorosos.
         En infinitas ocasiones ha visto repetirse este comportamiento. Está harto. Está aburrido. Ha pensado en todos sus asuntos, le han dado vuelta por la cabeza tantos recuerdos, ha agotado todos los temas que ya no tiene más en que concentrarse. Se deja llevar por esta marea  somnolienta.
          Abre los ojos. Ve a su alrededor. Los enfermos y su quejumbre, los crucifijos sobre las camas, los pasos de las enfermeras, los sueros colgados de los percheros, el llanto de los dolientes. La terquedad de su padre en mantenerse vivo. Su grandiosa ingratitud. ¿No eran ya suficientes los 200 días que había pasado a su lado? ¿No le bastaba su sacrificio?
       Tal vez aquella obstinación por mantenerse respirando nacía de algún rencor que no alcanzaba a vislumbrar. Esta enfermiza espera obedecía a un ajuste de cuentas con su propio hijo. Por supuesto que hasta ese momento lo sabía.
         Claro, no se había dado cuenta de ello: su agonía silenciosa era un acto premeditado para  arrancarlo de su vida hecha, para joderlo. Era de tal magnitud el rencor que, aún dominado por la inconsciencia, era capaz de infringirle ese daño. Porque se moría y se moría y se no acababa – por su puta madre – de morir.
          Suspira profundamente y mira su semblante pálido, el cuerpo flaco, la cama revuelta, la ventana, las ramas reverdeciendo, el aire de primavera moviendo las hojas, el cerezo –ensimismado- abriendo sus flores de pétalos rojos, coloreados por la luz solar.  Cierra los ojos.              


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