martes, 17 de enero de 2012

El pequeño vampiro, Capítulo I de la novela de Angela Sommer—Bodenburg


La cosa en la ventana


Era sábado: el día en que sus padres salían de casa por la noche.
—¿Adónde van hoy? —quiso saber Antón por la tarde, cuando su madre se estaba poniendo los tubos en el baño.
—Ah —dijo la madre—, primero vamos a cenar y luego, quizás, a bailar.
—¿Cómo quizás? —preguntó Antón.
—No lo sabemos todavía —dijo la madre—. ¿Acaso es tan importante para ti?
—Nooo —gruñó Antón. Prefería no confesar que quería ver la película policiaca que empezaba a las once. Pero su madre ya había sospechado.
—Antón —dijo, volviéndose de tal manera que podía mirarle fijamente a los ojos—, no querrás, por casualidad, ver la televisión...
—Pero, mamá —exclamó Antón—, ¿cómo se te puede ocurrir eso?
Afortunadamente, su madre había vuelto a la tarea de rizarse el pelo, de modo que ya no podía ver cómo el rostro de Antón se ponía colorado.
—Quizá vayamos también al cine —dijo ella—. En todo caso, no volveremos antes de medianoche.
Se había hecho de noche y Antón estaba solo en casa. Estaba en pijama, sentado en la cama; se había subido el cobertor hasta la barbilla y leía La verdad sobre Frankenstein. La historia tenía lugar en una feria anual. Un hombre con un abrigo negro ondeante acababa de salir a escena para anunciar la aparición del monstruo. Entonces sonó el despertador. Molesto, Antón levantó la vista de su libro. ¡Oh! ¡Ya casi las once, quedaba el tiempo justo para encender la televisión!
Antón saltó de la cama y apretó el encendido en el control remoto. Entonces volvió a arrellanarse en su cobertor y esperó a que, lentamente, apareciera la imagen. Pero aún pasaban el programa deportivo. La habitación estaba bastante lóbrega y sombría. King—Kong, en el póster de la pared, hacía una mueca horrenda que iba bien con el estado de ánimo de Antón: se sentía salvaje y abandonado como el único superviviente de una catástrofe marítima, náufrago en una isla del sur habitada por caníbales. Y la cama era su madriguera, suave y cálida, y si quería podía esconderse en ella y no dejarse ver. Había un montón de víveres delante de la entrada de la cueva; sólo faltaba el agua de fuego. Antón pensó, anheloso, en la botella de jugo de manzana que había en el refrigerador, ¡pero hasta allí había un largo camino a través del oscuro pasillo! ¿Debería regresar nadando al barco, pasando al lado de los tiburones sedientos de sangre que sólo esperaban sus víctimas? ¡¡Brrr!! Pero ¿no morían los náufragos mucho más por la sed que por el hambre?
Por tanto, se puso en camino. ¡Odiaba el pasillo, con la lámpara eternamente rota que nadie reparaba! ¡Odiaba los abrigos que se balanceaban en el ropero y que parecían ahogados! Y ahora le daba miedo incluso la liebre disecada del cuarto de trabajo de su madre, a pesar de que otras veces a él le gustara tanto asustar con ella a otros niños.
Finalmente había llegado a la cocina. Sacó del refrigerador la botella de jugo de manzana y cortó una gruesa rebanada de queso. Mientras hacía esto, escuchaba para ver si había comenzado la película policiaca. Oyó una voz de mujer. Probablemente la locutora que anunciaba el comienzo de la película. Antón se sujetó la botella bajo el brazo y echó a correr.
Pero no llegó lejos, pues ya en el pasillo advirtió de repente que había algo que no iba bien. Permaneció parado y escuchó atentamente... y de repente supo lo que era: ¡ya no oía la voz de la televisión! Eso sólo podía significar una cosa: ¡alguien debía de haberse colado en su habitación y había apagado la televisión! Antón notó cómo el corazón le daba un salto y después le latía como loco. Y desde el estómago le subía hacia arriba un extraño hormigueo que se le quedaba en la garganta. Ante él surgieron imágenes horrorosas: ¡imágenes de hombres con medias en la cabeza, con cuchillos y pistolas, que se introducían de noche en casas abandonadas para saquearlas y que tiraban al suelo lo que se interponía en su camino! La ventana de la habitación estaba abierta, recordó Antón. El ladrón podía, pues, haber trepado desde el balcón de los vecinos.
De repente se oyó un ruido: la botella de jugo de manzana se le había caído de la mano y rodó por el pasillo justo hasta la puerta de la habitación. Antón contuvo la respiración y esperó..., pero no pasó nada. ¿Acaso lo del ladrón eran sólo figuraciones? Pero entonces ¿por qué ya no funcionaba la televisión?
Levantó la botella y abrió cautelosamente la puerta de su habitación. Llegó hasta su nariz un curioso olor enrarecido y a moho como el del sótano, y así como si se hubiera quemado algo. ¿Vendría de la televisión? Rápidamente retiró el enchufe. Probablemente se habían quemado los cables.
Entonces Antón oyó un extraño crujido que parecía venir de la ventana. Y de pronto creyó ver detrás de las cortinas una sombra que se perfilaba en la clara luz de la luna. Muy lentamente, temblándole las rodillas, se aproximó de puntillas. El extraño olor se hizo más fuerte; olía como si alguien hubiera quemado una caja de cerillas entera. También el crujido se hizo más fuerte. De repente Antón se quedó parado como si hubiera echado raíces...: en el alféizar, delante de los visillos que flotaban con la corriente de aire, estaba sentado algo y lo miraba fijamente. Tenía un aspecto tan horrible que Antón pensó que iba a caerse muerto. Dos ojos pequeños e inyectados en sangre relampagueaban frente a él desde un rostro blanco como la cal; una cabellera peluda le colgaba en largos mechones hasta una sucia y negra capa. La gigantesca boca, roja como la sangre, se abría y cerraba, y los dientes, que eran extraordinariamente blancos y afilados como puñales, chocaban con un rechinar atroz. A Antón se le erizó el pelo y se le detuvo la sangre en las venas. ¡La cosa de la ventana era peor que King—Kong, peor que Frankenstein y peor que Drácula! ¡Era lo más espantoso que Antón había visto jamás!
A la cosa parecía divertirle ver temblar a Antón con un miedo de muerte, pues ahora hizo con su gigantesca boca una mueca horrorosa con el que dejó completamente al descubierto sus colmillos, agudos como agujas y muy salientes.
—¡Un vampiro! —gritó Antón.
Y la cosa contestó con una voz que parecía salir de las más lóbregas profundidades de la tierra:
—¡Sí, señor, un vampiro! —Y de un salto había entrado ya en la habitación, colocándose delante de la puerta—. ¿Tienes miedo? —preguntó.
Antón no pudo articular ni un sonido.
—¡Pues estás bastante flojucho! No hay mucho que sacar, creo yo. —El vampiro lo examinó con una mirada salvaje—. ¿Y dónde están tus padres?
—En el ci..., cine —tartamudeó Antón.
—Ya, ya, Y tu padre, ¿está sano? ¿Buena sangre?
Al decir esto el vampiro se rió para sí y Antón vio brillar los colmillos a la luz de la luna.
—¡Como tú seguramente sabes, nosotros nos alimentamos de sangre!
—Yo tengo una sangre muy ma... mala —tartamudeó Antón—. Siempre tengo que tomar pa... pa... pastillas.
—¡Pobrecillo!
El vampiro dio un paso hacia Antón.
—¿Eso también es verdad?
—¡No me toques! —gritó Antón, intentando hacerse a un lado. Chocó precisamente con la bolsa de los ositos de goma que estaba delante de su cama y éstos rodaron por la alfombra. El vampiro soltó una estruendosa carcajada. Sonó como un trueno.
—Mira, ositos de goma —exclamó, apaciguándose—, ¡qué monada! —Cogió un osito de goma—. Antes yo también tenía siempre algunos —susurró—, de mi abuela.
Se metió el osito de goma en la boca y lo masticó de un lado a otro durante un rato. De repente lo escupió, lanzándolo en un arco elevado, y empezó a dar graznidos y a toser. Al mismo tiempo profería los más espantosos juramentos y maldiciones. Antón aprovechó la ocasión para ponerse a cubierto tras el escritorio. Pero el vampiro se había quedado tan débil por el ataque de tos que se hundió en la cama y no se movió durante minutos. Entonces sacó de debajo de la capa un gran pañuelo tinto en sangre y se limpió larga y detenidamente la nariz.
—Esto sólo puede pasarme a mí —sollozó—. Mamá me lo había advertido categóricamente.
—¿Por qué advertido? —preguntó curioso Antón. Detrás de su escritorio se sentía considerablemente mejor.
El vampiro le lanzó una mirada colérica.
—¡Porque uno, como vampiro que es, tiene un estómago sensible, tonto! Lo dulce es veneno para nosotros.
A Antón le dio verdadera pena.
—¿Puedes aguantar entonces el jugo de manzana? —quiso saber.
El vampiro dio un grito de espanto.
—¿Quieres envenenarme?— bramó.
—Perdóname, por favor —dijo apocado Antón—, sólo pensaba que...
—Está bien.
Al parecer, el vampiro no se lo había tomado a mal. «Realmente es un vampiro muy simpático —pensó Antón— a pesar de su aspecto tan horroroso.» De cualquier modo, él se había imaginado mucho más horribles a los vampiros.
—¿Eres ya viejo? —preguntó.
—Viejísimo.
—Pero si eres mucho más bajo que yo...
—¿Y qué? Es que morí precisamente cuando era niño.
—Ah, vaya.
Con eso no había contado Antón.
—¿Y ya estás..., quiero decir, también tienes una tumba?
El vampiro reprimió la risa.
—Y puedes visitarme cuando quieras. Pero sólo después de ponerse el sol. Durante el día dormimos.
—Lo sé —presumió Antón. Al fin podía mostrar que lo sabía todo sobre vampiros—. Cuando los vampiros se exponen al sol mueren. Por eso por las noches tienen que apresurarse para estar antes del amanecer de nuevo en la tumba.
—Un chico listo —dijo sarcástico el vampiro.
—¡Y cuando se sabe dónde yace alguno, se le debe atravesar el corazón con una estaca de madera! —prosiguió Antón.
Esto no hubiera debido decirlo, pues el vampiro prorrumpió en un bramido desgarrador y se abalanzó sobre Antón. Pero Antón fue más rápido. Con la velocidad del rayo se deslizó por debajo del escritorio y se apresuró hacia la puerta, seguido de cerca por el vampiro que bufaba de coraje. Poco antes de la puerta el vampiro lo había alcanzado.
«Ahora se acabó —pensó Antón—, ¡me va a morder!»
Todo su cuerpo temblaba. El vampiro estaba de pie ante él respirando con dificultad. Sus dientes hacían un atroz clic—clac y sus ojos relucían como carbones ardientes. Cogió a Antón y lo zarandeó.
—Si hablas otra vez de la estaca de madera —chilló—, puedes hacer tu testamento, ¿entendido?
—Sss... sí —tartamudeó Antón—. No... no quería molestarte en absoluto, de verdad que no.
—¡Siéntate! —ordenó con brusquedad el vampiro.
Antón obedeció y el vampiro empezó a andar de un lado a otro de la habitación.
—¿Y qué hago yo ahora contigo? —exclamó.
—Pues podríamos escuchar discos —propuso Antón.
—¡No! —gritó el vampiro.
—O jugar al «Endemoniado».
—¡No!
—¿O debo enseñarte mis postales?
—¡No, no y otra vez no!
—Entonces tampoco se me ocurre nada —dijo desconcertado Antón.
El vampiro se había quedado parado delante del póster de King—Kong. Se le escapó un grito salvaje.
—¡Este mono! —gruñó arrancando el cuadro de la pared y rompiéndolo en mil trocitos.
—Eso es una canallada —protestó Antón—, mi póster favorito...
—Bueno, ¿y qué? —siseó el vampiro.
Ahora había descubierto los libros de King—Kong en la estantería y hacía revolotear página por página, rasgadas por la mitad, hacia la cama.
—¡Mis libros —berreó Antón—, todos comprados con las propinas!
De pronto el vampiro se detuvo; una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.
—¡Drácula!... —leyó a media voz—. ¡Mi libro favorito!
Miró a Antón con ojos radiantes.
—¿Puedo tomar éste prestado?
—Por mí... Pero hay que devolverlo, entendido.
—Claro que sí.
Satisfecho, se metió el libro bajo la capa.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Antón. ¿Y tú?
—Rüdiger.
—¿Rüdiger?
Antón estuvo a punto de desternillarse de risa, pero pudo reprimirse a tiempo. En definitiva, no quería volver a encolerizar al vampiro.
—Pues es un nombre bonito —dijo.
—¿Tú crees? —preguntó el vampiro.
—De verdad. Y muy apropiado.
El vampiro parecía muy halagado.
—Pues Antón también es un nombre bonito.
—No lo creo en absoluto —dijo Antón—, en el colegio siempre se ríen al oírlo. Pero mi padre se llama también Antón, ¿sabes?
—Ah, vaya.
—Y ya mi abuelo se llamaba Antón. ¡Como si eso me importara!
—Realmente, hasta ahora también yo había encontrado siempre Rüdiger bastante estúpido —dijo el vampiro—. Pero uno se acostumbra.
—Sí, se acostumbra uno —suspiró Antón.
—Dime, ¿estás a menudo así, solo, en casa? —preguntó el vampiro.
—Todos los sábados.
—¿Y no tienes ningún miedo?
—Sí.
—Yo también. Sobre todo en la oscuridad —declaró el vampiro—. Mi padre dice siempre: «Rüdiger, tú no eres un vampiro, ¡eres una gallina!».
Se miraron y se rieron.
—¿Tu padre también es vampiro? —preguntó Antón.
—¡Claro que sí! —dijo el vampiro—. ¿Qué pensabas?
—¿Y tu madre también?
—Naturalmente. Y mi hermana y mi hermano y mi abuela y mi abuelo y mi tía y mi tío...
—¡Cielos! ¿Toda tu familia?
—¡Toda mi familia! —dijo el vampiro lleno de orgullo.
—Mi familia es completamente normal —dijo tristemente Antón—. Mi padre trabaja en una oficina, mi madre es profesora, hermanos no tengo..., puedes imaginarte lo aburrida que es nuestra casa.
El vampiro lo miró compasivo y explicó:
—En nuestra casa siempre pasa algo.
—¿Qué? ¡Cuéntame! —¡Al fin oiría una auténtica historia de vampiros!
—Pues bien —dijo el vampiro—, fue el invierno pasado. ¿Te acuerdas aún de lo frío que fue...? Bien, nos despertamos; el maldito sol acaba de ponerse. Entonces yo tengo un hambre horrible y quiero levantar la tapa del ataúd, ¡pero no se puede! Golpeo contra ella con los puños, empujo con los pies..., ¡nada! Y oigo cómo mis parientes se esfuerzan exactamente igual que yo en las tumbas de alrededor. ¡E imagínate: durante dos noches seguidas no conseguimos abrir los ataúdes! Después empezó por fin a deshelar y pudimos hacer saltar las tapas con los mayores esfuerzos del mundo. ¡Casi nos morimos de hambre! Pero esto no es absolutamente nada en comparación con el asunto del guardián del cementerio. ¿Quieres oírlo también?
—¡Claro!
—Bien, ocurrió en un... —empezó el vampiro, pero se interrumpió de pronto—. ¿No oyes nada? —susurró.
—Sí —dijo Antón.
Un automóvil se aproximó y se paró. Sonaron las puertas del coche.
—¡Mis padres! —exclamó asustado Antón.
De un salto el vampiro estuvo en el alféizar.
—¿Y mi libro? —acertó a preguntarle Antón—. ¿Cuándo...?
Pero el vampiro ya había extendido su capa y flotaba en el aire: una oscura sombra ante el claro halo de la luna.
Rápidamente, Antón corrió los visillos y se deslizó bajo el cobertor. Oyó cómo abrían la puerta de la casa y su padre decía:
—Ya lo ves, Helga. Todo en calma.
Segundos después, Antón estaba ya durmiendo.

4 comentarios:

  1. que magnífica historia :) los felicito por su blog, que siempre tengan mucho éxito

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  2. Gracias Elizabeth, nos da mucho gusto que te haya gustado. Espera el capítulo II muy pronto. Saludos.

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