Vista desde setenta y
cinco kilómetros de altura, la cosa parecía prometedora. Era un planeta de
tamaño mediano, de color marrón y verde, de aspecto acogedor, sin signos de
ciudades ni de otro tipo de complicaciones. Un lugar agradable, tal como se
necesitaba para curar la depresión causada por una expedición sin resultados
positivos. Me volví hacia Clyde Holdreth, que se hallaba contemplando pensativo
la termocupla. - ¿Y bien? ¿Qué te parece? - Me parece muy adecuado. La
temperatura es agradable, el tiempo es bueno, hay mucho aire. Creo que vale la
pena probar. Lee Davison salió del compartimiento de los animales, oliendo a
ellos, tal como era habitual. Tenía a uno de los monitos azules que habíamos
encontrado en Alferaz. La bestezuela se subía por su brazo. - ¿Creéis que hemos
encontrado algo? - Un planeta - le dije -. ¿Todavía tenemos sitio en los
depósitos? - Por eso ni os preocupéis. En realidad tenemos sitio para un
zoológico más, antes de que se llenen las jaulas. No ha rendido mucho este
viaje. - Realmente no - asentí -. Bien, ¿bajamos a ver qué es lo que
encontramos? - Más vale - replicó Holdreth -. No podemos volver a la Tierra con
un par de monitos azules y unos comedores de hormigas. - Voto por un aterrizaje
de exploración - dijo Davison -. ¿Y tú? Asentí con la cabeza. - Prepararé todo.
Asegúrate de que tus animales estén cómodos cuando desaceleremos. Davison
desapareció dentro del compartimiento, mientras Holdreth escribía furiosamente
en el cuaderno de bitácora, asentando las coordenadas del planeta, su
descripción general, y los otros detalles necesarios. Aparte de ser un equipo
de recolección que trabajaba para el Departamento de Zoología del Instituto de
Estudios Interestelares, también éramos un grupo de exploración, y el planeta
que estaba cerca figuraba como inexplorado en las cartas de navegación
espacial. Eché un vistazo a la enorme bola verde y marrón, que giraba debajo de
nosotros, y sentí el aguijonazo de melancolía que siempre acompañaba el
descenso en un mundo nuevo y extraño. Reprimiéndolo, comencé a trazar una
órbita para el descenso. Sentí, detrás de mí, la algarabía furibunda de los
monitos azules, mientras Davison los acomodaba en las camitas de
desaceleración, y haciéndole un ronco acompañamiento, los gruñidos graves y
poco musicales, de los devoradores de hormigas rogelianos, que nos hacían saber
sus molestias. Indudablemente, el planeta estaba deshabitado, pues en cuanto la
nave se asentó, no transcurrió más de un minuto antes de que la fauna local
comenzara a reunirse. Nos quedamos parados frente a las ventanillas, mirando
asombrados. - Esto es algo con lo que no creo que nos hayamos atrevido ni
siquiera a soñar. ¡Mirad! - dijo, acariciándose nerviosamente la barba -. ¡Debe
de haber mil especies diferentes! - Nunca vi nada igual - dijo Holdreth. Me
apresuré a determinar cuánto espacio teníamos en la nave, y cuántas de las
criaturas que se hallaban curiosas fuera, íbamos a ser capaces de llevarnos con
nosotros. - ¿Cómo vamos a decidir cuáles vamos a llevarnos, y cuáles deberemos dejar
atrás? - ¿Qué importa? - dijo Holdreth, alegremente -. Esto es lo que podríamos
denominar una superabundancia de bienes. Creo que debemos de tratar de atrapar
una docena de los especímenes más raros y salir corriendo, dejando el resto
para otro viaje. ¡Qué pena que perdimos aquel precioso tiempo dando vueltas por
Rigel! - Bueno, después de todo, nos llevamos los devoradores de hormigas -
señaló Davison. El los había encontrado, y estaba orgulloso. - Sonreí con
cierta amargura. - Sí, atrapamos los devoradores de hormigas - En ese momento,
estos animales comenzaron a gruñir con claros ronquidos -. Pero creo que
estaríamos mejor sin esas bestias. - ¡Qué mala actitud! - dijo Holdreth - ¡Muy
poco profesional! - Después de todo, no soy un zoólogo. Simplemente soy un
piloto de nave espacial, recordad. Y si no me gusta la forma en que esos bichos
huelen y gruñen, pues.
- ¡Mirad!¡Mirad eso! - dijo súbitamente Davison. Miré por
las ventanillas y vi una nueva bestia que emergía de la espesa vegetación. Creo
haber visto criaturas extrañas desde que estoy en el Departamento de Zoología,
pero nunca nada como esa. Era del tamaño de una jirafa, y se movía sobre unas
patas largas y temblequeantes. En el extremo de un inimaginable cuello tenía
una pequeña cabeza. También tenía seis patas, y una serie de apéndices en forma
de serpientes, que se enroscaban y desenroscaban. Sus ojos eran dos grandes
globos violetas, situados en el extremo de dos gruesas antenas. Debería medir
unos seis metros y medio de altura. Se movió con extremada gracia entre las
otras bestias que rodeaban nuestra nave, abriéndose suavemente camino hasta
llegar a ella. Al ver las ventanillas, se asomó para espiar. Uno de sus ojos me
miró directamente, el otro a Davison. Era extraño, pero me parecía que estaba
queriendo decirnos algo. - Es grande, ¿verdad? - dijo, finalmente, Davison. -
Apuesto a que te quieres llevar una. - Tal vez sea posible hacer sitio para un
ejemplar joven - dijo Davison -. Siempre que podamos hallarlo, por supuesto. -
¿Cómo va el análisis del aire? Reviento de ganas de salir de aquí y ponerme a
capturar estos bichos. ¡Dios mío! ¡Esto es realmente extraño! El animal
aparentemente había concluido su examen, puesto que dio la vuelta a la cabeza,
y con un trotecito corto, se desplazó alrededor de la nave. Una criatura
pequeña, de aspecto similar al de un perro, con espinas a lo largo del dorso,
comenzó a ladrarle al raro animal, pero no se dio por aludido. Los otros
animales, de todas formas y tamaños, continuaron reunidos alrededor de la nave,
aparentemente muy curiosos acerca de los recién llegados. Podía ver los ojos de
Davison sedientos de deseo de atrapar ese gran montón y llevárselo a la Tierra.
Sabía lo que pasaba por su mente: soñaba con la gran cantidad de especies
extraterrestres que por aquí rondaban, viéndolas a cada una de ellas con un
cartelito que decía: Tal y tal Davison. - El aire puede respirarse - anunció
Holdreth abruptamente -. Buscad vuestras redes de cazar mariposas y preparaos
para la captura. Había algo que no me gustaba de ese lugar. Era todo demasiado
perfecto, y sabía que en realidad nada sucedía así. Siempre, en alguna parte,
hay una trampa. Pero el lugar parecía ser verdad. El planeta era el sueño de un
zoólogo convertido en realidad, y Davison y Holdreth estaban entusiasmadísimos
estudiando las distintas especies. - Nunca vi nada como esto - dijo Davison por
quincuagésima vez, por lo menos, mientras examinaba un animalito pequeño,
parecido a una ardilla, de color púrpura. La ardilla se quedó mirándole, como
si también examinara a Davison.
- Llevémonos algunas de éstas - dijo Davison -. Son muy
bonitas. - Bueno, hazlo - le dije, encogiéndome de hombros. No me importaba qué
animales transportaba, sino que llenaran de una vez las bodegas y me
permitieran partir de acuerdo a los planes. Vi cómo Davison levantaba a dos de
las ardillas, llevándolas hacia la nave. Holdreth se acercó hacia donde yo
estaba. Sujetaba una especie de perro con ojos a facetas como los de un
insecto, que brillaban, y una piel pelada y brillante. - ¿Qué te parece, Gus? -
Magnífico - le contesté -. Verdaderamente asombroso. Puso al animal en el
suelo, pero no trató de escaparse, sino que se quedó tranquilo, mirándonos.
Holdreth, pasándose una mano por la cabeza, que comenzaba a quedarse calva, me
dijo: - Gus, has estado triste todo el día. ¿Qué te pasa? - Estoy preocupado. -
¿Por qué? ¿Prejuicios? - Es demasiado fácil, Clyde. Demasiado fácil. Estos
animales se acercan como si esperaran ser capturados. Holdreth apenas reprimió
una risa. - Y tú estás acostumbrado a la lucha, ¿verdad? Te molesta que lo
estemos pasando tan bien aquí. - Cuando pienso en el lío que hicimos para
conseguir un par de misérrimos y malolientes devoradores de hormigas. - No te
preocupes, Gus. Trataremos de llevarnos algunos ejemplares, y luego saldremos
corriendo. ¡Pero este lugar es una mina de oro zoológica! Sacudí la cabeza
negativamente. - No me gusta, Clyde. No me gusta. Holdreth rió y levantó del
suelo su perro con ojos a facetas. - Dime, ¿sabes dónde puedo encontrar otro? -
Aquí - le dije, señalando - Está bien cerca, con la lengua fuera, esperando que
lo cojas y te lo lleves. Holdreth miró, sonriendo. - ¿Y tú que sabes de eso?
Cogió su espécimen y lo llevó dentro. Me alejé un poco para inspeccionar el
lugar. Aquel planeta me parecía demasiado increíble para aceptarlo sin un
examen minucioso, a pesar de la forma desaprensiva con que mis dos compañeros
recogían sus especímenes. Punto número uno: los animales no andan por ahí como
lo hacían aquí, en grandes cantidades y contentos de estar unos junto a otros.
Noté que no había más de unos pocos de cada especie, y por lo menos debía haber
quinientas diferentes unas de otras. Y cada una compitiendo en rareza. La
naturaleza no obra así. Punto número dos: parecían ser amigos entre sí, si bien
aceptaban el liderazgo de la criatura parecida a una jirafa. La naturaleza
tampoco obra de esa forma. No había visto que surgiera una pelea entre ellos.
Eso hacía pensar que tal vez eran herbívoros, cosa que ecológicamente era un
despropósito. Me encogí de hombros y seguí hacia delante. Media hora más tarde
sabía algo más acerca de la geografía de nuestra tierra de promisión. Nos
hallábamos en una inmensa isla o en una península, puesto que podía ver una
gran extensión de agua que bañaba las tierras, a unos quince kilómetros más o
menos. No muy lejos de la nave había una extensa franja de vegetación
selvática, que llegaba hasta el agua hacia un lado y terminaba abruptamente
hacia el otro. Nuestra nave había descendido en el borde del claro. Aparentemente,
la mayoría de los animales que veíamos vivían en la selva. Al otro lado había
una pradera baja y también extensa que a lo lejos parecía perderse poco a poco
en un desierto. A lo lejos podía distinguir algo así como una gran franja de
arena que contrastaba vivamente con la fértil jungla de la izquierda. Hacia uno
de los lados había un pequeño lago. Era un lugar realmente muy adecuado para
que se juntara tal rara cantidad de animales, puesto que parecía haber un
hábitat indicado para cada especie, más o menos. ¡Y la fauna! Si bien soy un
zoólogo de segunda mano, que pesca aquí y allá sus conocimientos por ósmosis,
de Davison y Holdreth, no podía dejar de maravillarme frente a la
extraordinaria riqueza de animales extraños.
Los había de distintas formas y tamaños, colores y olores, y
su única característica similar era su extraordinaria mansedumbre. Durante el
curso de mi caminata, unos cien animales debían de haberse acercado a mí,
apartándose después de haberme examinado cuidadosamente. Esto incluyó a una
media docena que no había visto antes, más una de las jirafas de aspecto
inteligente y uno de los perros sin pelo. Una vez más tuve la impresión de que
la jirafa podía estar tratando de comunicarse conmigo. La cosa me gustaba cada
vez menos. En realidad, no me gustaba nada. Volví al campamento y vi a Holdreth
y a Davison frenéticamente ocupados en tratar de acomodar dentro de la nave los
animales que podían. - ¿Cómo va la cosa? - les pregunté. - Las bodegas están
llenas. Estamos ocupados tratando de elegir un poco. Vi cómo cogía los dos
perros sin pelo de Holdreth y llevaba dentro un par de animalitos de ocho
patas, con cierto remoto parecido con los pingüinos, que no protestaban al ser
llevados al interior de la nave. Holdreth fruncía el ceño. - ¿Para qué quieres
ésos, Lee? Los que parecen perros tienen el aspecto de ser más interesantes,
¿no lo crees? - No - dijo Davison -, prefiero llevar esos otros dos. Son muy
curiosos. ¿Te has fijado la forma en que la red muscular conecta...? - Un
momento, muchachos - les dije. Me quedé mirando al animal que estaba en brazos
de Davison -. Este es realmente curioso, ¿verdad? Tiene ocho patas. - ¿Te estás
transformando en un zoólogo? - preguntó Holdreth muy divertido. - No, pero...
cada vez estoy más intrigado: ¿por qué éste tiene ocho patas, otros seis y
otros sólo cuatro? Me miraron interrogativamente, con cierto desprecio
profesional pintado en el rostro. - Quiero decir que debería de haber cierto
esquema habitual, ¿no es así? En la Tierra, nuestra vida animal tiene cuatro
patas; en Venus, seis. Pero ¿alguna vez visteis una mezcolanza tan extraña como
la de aquí? - Hay cosas todavía más raras - dijo Holdreth -. Los de vida
simbiótica de Sirio Tres, los constructores de madrigueras de Mizar... Pero
tienes razón, Gus. Esto es realmente una extraña dispersión evolutiva. Creo que
debemos de quedarnos e inspeccionar las cosas a fondo. Inmediatamente me di
cuenta, por la expresión alegre de la cara de Davison, que había estropeado las
cosas, y que estábamos peor que antes. Traté de buscar una nueva táctica. - No
estoy de acuerdo - dije -. Creo que debemos partir inmediatamente y regresar
más tarde, con una expedición mayor. Davison rió entre dientes. - ¡Vamos, Gus!
No seas tonto. Esta es la oportunidad de nuestras vidas. ¿Por qué vamos a
compartirla con el Departamento de Zoología? No le quise decir que tenía miedo
de quedarme más tiempo. Me crucé de brazos. - Lee, soy el piloto de esta nave,
y ahora me vas a tener que escuchar. Los planes son de parar aquí brevemente,
para después seguir hacia adelante. ¡No me digas que me estoy comportando como
un tonto! - ¡Pero sí que lo estás! Interfieres en nuestras investigaciones
científicas... - Escúchame, Lee. Nuestras raciones están calculadas con
márgenes muy estrechos, para permitiros un mayor espacio para los especímenes.
Estrictamente éste es un equipo para recolección. No se han arbitrado medios
para una estancia prolongada. A menos que queráis terminar el viaje comiéndoos
vuestros animalitos, os sugiero que vayamos partiendo. Se mantuvieron en
silencio durante un rato. Finalmente Holdreth dijo. - No podemos discutir esas
razones, Lee. Hagamos lo que dice Gus, y regresemos inmediatamente. Habrá
tiempo de investigar este planeta en detalle, cuando podamos hacerlo. - Pero...
¡Oh, está bien! - dijo Davison, con pocas ganas. Volvió a coger uno de los
pingüinos de ocho patas -. Dejarme acomodar estos animales y nos iremos - Me
miró con una extraña expresión, como si hubiera hecho algo criminal. Cuando
comenzó a acercarse a la nave, lo llamé. - ¿Qué pasa, Gus? - Mira, no es que
quiera arrancarte de aquí - le dije, tratando de ocultar mis sospechas - Es
simplemente un problema de aprovisionamiento. - Ya veo, Gus - se dio la vuelta
y entró en la nave. Me quedé un rato inmóvil, sin poder pensar en nada
especial, y luego entré y comencé a calcular la órbita de despegue. Había
llegado al cálculo de los gastos de combustible, cuando observé que del tablero
de control colgaban, en forma desordenada, una gran cantidad de cables sueltos.
Alguien había estropeado nuestro mecanismo de conducción. Estropeado
completamente.
Durante un largo rato no pude hacer otra cosa que observar
el desastre. Luego me di la vuelta y me dirigí hacia el compartimiento de los
animales. - ¡Davison! - ¿Qué pasa, Gus? - Ven un momento, ¿quieres? Esperé
durante unos minutos, y apareció, con aspecto impaciente. - ¿Qué te pasa, Gus?
Estoy muy ocupado y... - Abrió la boca con asombro. - ¡Mira eso! - Mejor que lo
mires tú - le grité -. Me siento enfermo. Vé a buscar a Holdreth, corriendo.
Mientras Davison hacía el encargo, me puse a tratar de estimar los daños. Una
vez que hube retirado el panel de control para mirar al interior, me sentí un
poco mejor. Las cosas no habían sido dañadas más allá de toda posibilidad de
reparación, si bien era indudable que los daños eran grandes. Tres o cuatro
días de trabajo intenso con un destornillador y un soldador podían hacer que la
nave estuviera en condiciones de volar otra vez. Pero eso no hacía que me
sintiera menos enfadado. Oí entrar a Davison con Holdreth, y giré para
enfrentarme a ellos. - Muy bien, idiotas. ¿Quién hizo eso? Abrieron la boca y
dejaron escapar una serie de alaridos de protesta, los dos al unísono. Les dejé
hablar un rato, y luego les grité: - ¡Uno por uno! - Si estás tratando de decir
que uno de nosotros saboteó la nave para que no pudiéramos irnos, quiero
decirte... - comenzó Holdreth. - No estoy tratando de decir nada, pero lo que
me parece es que durante mucho tiempo estuvisteis procurando convencerme de que
me quedara unos días más. Tal vez hayáis decidido que la mejor forma de
lograrlo era hacer esto - les miré, con una mirada ardiente de rabia -. Pues
bien, tengo malas noticias. Puedo arreglar esto, y lo puedo hacer en un par de
días. Así que seguid con vuestros asuntos. Seguid zoologizando, mientras
tengáis tiempo... Suavemente, Davison puso una mano sobre mi brazo. - Gus,
nosotros no lo hicimos. Te lo aseguramos. Súbitamente se me pasó la rabia, y
sólo pude sentir la aguda mordedura del miedo. Pudedarme cuenta de que Davison
decía la verdad. - Si tú no lo hiciste, si Holdreth no lo hizo, y yo no lo
hice, entonces ¿quién lo hizo? Davison hizo un gesto de ignorancia. - Tal vez
es uno de nosotros, pero no se da cuenta de lo que está haciendo - sugerí -.
Tal vez... - me interrumpí -. ¡Oh!, mejor dejo de pensar tonterías. Por favor,
alcanzarme el cajón de las herramientas. Fueron a atender a los animales, y
comencé el trabajo de reparación, sin pensar en otra cosa, tratando de que la
mente no rondara alrededor de las sospechas, concentrándome solamente en unir
el cable A con el que le correspondía, y el transistor F con el potenciómetro
K, tal como estaba indicado. Era un trabajo lento, enervante, y para la hora de
la comida sólo había llegado a cumplir con los preliminares. Mis dedos
temblaban por el esfuerzo de trabajar con cosas tan pequeñas, y finalmente
decidí abandonarlo hasta el día siguiente. Dormí mal, acosado por pesadillas
acentuadas por los quejidos de los devoradores de hormigas, y por los
ocasionales grititos, ronquidos, silbidos y gruñidos de los otros animales de
la bodega. Sólo a eso de las cuatro de la madrugada pude verdaderamente
conciliar el sueño, y entonces lo restante de la noche pasó rápidamente. Me
desperté por las sacudidas de un par de manos, para encontrarme con las caras
pálidas y tensas de Holdreth y Davison. Traté de despabilarme mientras
preguntaba. - ¿Qué pasa? Holdreth se inclinó y me sacudió con fuerza. -
¡Despierta, Gus! - Me puse trabajosamente de pie. - ¡Caramba! Qué idea más
malvada. Despertarlo a uno en mitad de la noche. Me hallé empujado
inmisericordemente por el corredor hacia el cuarto de control. Me fijé en el
sitio donde Holdreth señalaba, y allí fue cuando me desperté de repente. Los
cables habían sido arrancados nuevamente. Alguien o algo había deshecho
completamente el trabajo de reparación de la noche anterior. Todos los
reproches insustanciales que solíamos dirigirnos se interrumpieron. La cosa no
era una broma; no nos podíamos reír más. Comenzamos a trabajar duro, todos
juntos, como un verdadero equipo muy de acuerdo. Tratábamos desesperadamente de
hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. - Pasemos revista a la situación
- dijo Holdreth, recorriendo nerviosamente la cabina de control de arriba a
abajo. La nave ha sido saboteada dos veces. No sabemos quién lo ha hecho, y, a
nivel consciente, estamos convencidos de que no fuimos nosotros. Hizo una
pausa. - Esto abre dos posibilidades. O bien, como dijo Gus, uno de nosotros lo
hace sin darse cuenta, o hay alguien que lo hace cuando no estamos mirando.
Ninguna de las dos posibilidades es demasiado alegre. - Podemos montar guardia
- dije -. Propongo que uno de nosotros esté permanentemente despierto, que
durmamos por turnos vigilando estrechamente hasta que pueda arreglar la nave. Además
deberemos dejar escapar los animales que hemos traído a bordo. - ¿Qué? - Tiene
razón - dijo Davison -. No sabemos cómo actúan. No parecen ser inteligentes,
pero no podemos asegurarlo. Esa jirafa de ojos púrpura, por ejemplo. Supongamos
que nos hipnotiza y hace que nosotros mismos estropeemos la nave. ¿Cómo podemos
decir que no? - Pero... - Holdreth quiso comenzar a protestar, pero se
interrumpió. - Creo que deberemos de considerar la posibilidad - admitió,
obviamente molesto por tener que soltar a sus cautivos -. Vaciaremos las
bodegas y tú tratarás de arreglar la nave. Luego, si todo marcha bien, tal vez
podamos pensar en recuperarlos. Estuvimos de acuerdo, y Holdreth y Davison
soltaron los animales, mientras me ponía a arreglar el mecanismo. Hacia la
caída del Sol había podido lograr un estado similar al de la noche anterior. Me
senté para montar la primera guardia. La nave se hallaba sumida en una extraña
calma. Comencé a andar por la cabina, tratando de vencer la tentación de
adormilarme. Pude mantenerme despierto hasta que Holdreth me vino a reemplazar.
Pero cuando llegó, boqueó con desesperación mientras me señalaba el panel. Una
vez más había sido arrancado. Ahora no teníamos excusas ni explicación. La
expedición se había convertido en una verdadera pesadilla. Solamente pude
asegurar que en ningún momento me había dormido, y que nada ni nadie se había
acercado al panel. Pero, claro, aquello no explicaba nada. O bien entonces era
yo el saboteador, o algún poder externo era el que saboteaba la nave. Ninguna
de las dos hipótesis parecía tener sentido, por lo menos para mi. Llevábamos
cuatro días en el planeta, y la provisión de alimentos comenzó a convertirse en
un problema. Mis órdenes, cuidadosamente preparadas, consideraban que ya
debería de hacer dos días que estábamos en el viaje de vuelta a la Tierra. Pero
no estábamos más cerca de la partida que cuatro días atrás. Los animales
continuaron vagando por los alrededores de la nave, tocándola inquisitivamente
con sus hocicos, examinándola, mientras las jirafas nos miraban con sus grandes
y expresivos ojos. Los pobres eran tan mansos como siempre, y nada sabían de
las tensiones que se acumulaban dentro del casco de la nave. Los tres andábamos
como zombies, con los ojos brillantes y los labios cerrados. Estábamos muy
asustados. Algo nos impedía arreglar la nave. Algo no quería que abandonáramos
este planeta. Miré la cara dulce de la jirafa de ojos púrpura, que espiaba por
las ventanillas, y me devolvió la mirada. A su alrededor se agrupaba la
mescolanza increíble de géneros y especies. Aquella noche los tres hicimos
guardia en la cabina de control. A pesar de todo, el panel fue destrozado
nuevamente. Los alambres estaban tan soldados, y vueltos a soldar, que comencé
a pensar que unas pocas maniobras más y todo estaría en un estado completamente
imposible de reparar. Si no lo estaba ya. Por la noche no dejé el trabajo.
Continué soldando después de la cena; por más que ésta fue una comida
insuficiente, debido a la escasez de raciones. Seguí trabajando hasta altas
horas de la noche. A la mañana siguiente, estaba otra vez estropeado. - Me doy
por vencido - dije, revisando los daños -. No veo ninguna razón para seguir
tratando de arreglar algo que no va a mantenerse soldado. Holdreth asintió.
Estaba terriblemente pálido. - Tendremos que pensar en alguna otra cosa. Abrí
el armario de las raciones y examiné nuestras reservas. Aun contando la comida
sintética que le hubiéramos dado a los animales en el viaje de vuelta,
estábamos muy escasos de víveres. Habíamos pasado el límite de seguridad. El
viaje de vuelta estaría amenazado por el hambre. Si lográbamos volver, claro
está. Salí de la nave y me senté en una gran roca, situada cerca. Uno de los
perros sin pelo se acercó y me rozó la camisa con su hocico. Davison se asomó a
la portezuela y me llamó: - ¿Qué estás haciendo, Gus? - Tomando un poco de aire
fresco. Estoy cansado de estar ahí dentro - Acaricié el perro detrás de las
orejas, y eché una mirada alrededor. Los animales ya no sentían tanta
curiosidad por nosotros, y por tanto no se congregaban como antes. Se hallaban
desparramados en la pradera, comiendo unos depósitos formados por una sustancia
blanca y pastosa. Se precipitaba todas las noches. Lo llamábamos maná. Todos
los animales parecían alimentarse con ella. Me recosté hacia atrás. Al octavo
día comenzamos a estar muy delgados. Ya no trataba de reparar la nave; el
hambre comenzaba a torturarme. Vi a Davison con el soldador en la mano. - ¿Qué
estás haciendo? - Voy a reparar la nave - me contestó. Tú no quieres hacerlo,
pero no podemos quedarnos de brazos cruzados - Tenía la nariz hundida en el
manual de reparaciones, y estaba manipulando el disparador del soldador. Me
encogí de hombros. - Haz lo que quieras - No me importaba. Lo que sabía era que
mi estómago estaba dolorosamente vacío, y que tal vez tendría que enfrentarme
al hecho de que estábamos atrapados para siempre. - ¿Gus? - ¿Sí? - Creo que es
hora de que te lo diga. Hace cuatro días que como maná. Es bueno, y nutritivo.
- ¿Has estado comiendo maná? ¿Una cosa que encuentras en un mundo extraño? ¿Te
has vuelto loco? - ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Morir de hambre? Sonreí
débilmente, admitiendo que tenía razón. De la nave llegaban los ruidos que
hacía Holdreth al moverse de un lado para otro. Era el que peor estaba de los
tres. Tenía una familia en la Tierra, y comenzaba a darse cuenta de que tal vez
nunca la volvería a ver. - ¿Por qué no vas a buscar a Holdreth? - sugirió
Davison -. Id y llenaos de maná. Tenéis que comer algo. - Sí. ¿Qué podemos
perder? - Moviéndome como un robot me dirigí hacia la cabina de Holdreth.
Saldríamos juntos, comeríamos maná y dejaríamos de sentir hambre. De una u otra
forma. - ¡Clyde! - llamé - ¡Clyde! Entré en la cabina. Estaba sentado al
escritorio, temblando convulsivamente y observando los dos chorros de sangre
que brotaban de sus recién seccionadas venas de la muñeca. - ¡Clyde! No
protestó cuando lo llevé a la enfermería; le hice dos torniquetes para parar la
hemorragia y lo curé. Se estaba quieto, sollozando. Le abofeteé, y volvió en
sí. Miró a su alrededor, como si no supiera dónde estaba. - Yo... yo... -
Tranquilízate, Clyde. Todo va a ir bien. - No está bien - dijo, con voz hueca
-. Todavía estoy vivo. ¿Por qué no me dejaste morir? ¿Por qué...? Davison entró
en la cabina. - ¿Qué pasa, Gus? - Es Clyde. La tensión le está afectando. Trató
de matarse, pero pienso que ahora estará mejor. Tráele algo para comer,
¿quieres? Logramos que Holdreth se sintiera mejor cuando llegó la noche.
Davison juntó todo el maná que pudo, y nos dimos un festín. - Ojalá tuviera el
coraje de matar algún animal de la fauna local - dijo Davison -. Entonces sí
que tendríamos un banquete. ¡Carne asada! - Las bacterias - dijo Holdreth
suavemente -. No debemos hacerlo. - Ya lo sé. Simplemente soñaba en voz alta. -
¡Nada de soñar! - dije, bruscamente -. Mañana temprano otra vez comenzamos a
trabajar en el panel. Tal vez, con algo de comida en el estómago, podamos
mantenernos despiertos para saber qué es lo que pasa aquí. Holdreth sonrió. -
¡Buena idea! No puedo más. ¡Quisiera salir de esta nave y comenzar a vivir una
existencia normal! ¡Dios mío! No puedo más. - Tratemos de dormir - le dije -.
Mañana volveremos a probar. Veréis cómo podremos volver a casa - traté de
transmitirles una confianza que no sentía. A la mañana siguiente me levanté
temprano, tomé mi caja de herramientas, y contento de sentirme capaz de pensar
con claridad, me dirigí hacia la cabina de control. Y me detuve súbitamente. Y
miré por la cabina de observación. Volví sobre mis pasos y desperté a Holdreth
y a Davison. - Mirad por las ventanillas - les dije con voz ronca. Miraron. Sus
ojos se desorbitaron por el asombro. - Parece mi casa - dijo Holdreth -. Mi
casa en la Tierra. - Con todas las comodidades de un hogar - me adelanté con
inquietud y bajé de la nave - . Vamos a verla. Nos aproximamos, mientras los
animales retozaban alrededor nuestro. La jirafa más grande se acercó y movió la
cabeza con aire solemne. La casa se hallaba en medio del claro, pequeña pero
pesada, oliendo a pintura fresca. Comprendí lo que había pasado. Durante la
noche, manos invisibles la habían puesto allí. Habían copiado una casa igual a
las de la Tierra, colocándola cerca de nuestra nave, para que la habitáramos. -
Igual que mi casa - repitió Holdreth, asombrado. - No me extraña - le dije -.
Extrajeron la idea de tu mente tan pronto como se dieron cuenta de que no
podríamos vivir en la nave indefinidamente. Inmediatamente, Holdreth y Davison
me preguntaron: - ¿Qué quieres decir? - Pero ¿cómo? ¿Aún no os habéis dado cuenta
de dónde estamos? - Me pasé la lengua por los labios resecos, tratando de
acostumbrarme al hecho de que íbamos a pasar el resto de nuestra vida aquí -.
¿No entendéis para qué fue construida esta casa? Movieron la cabeza
negativamente, dando muestras de completa incertidumbre. Miré alrededor, desde
la casa hasta la inútil nave, desde la selva hasta la pradera y el lago. Ahora
comprendía. - Quieren mantenernos felices - les dije -. Saben que no
marchábamos bien a bordo de la nave, así que... nos construyeron algo un poco
más parecido a lo que teníamos en casa. - Quiénes? ¿Las jirafas? - Olvidaos de
las jirafas. Trataron de avisarnos, pero es demasiado tarde. Son seres
inteligentes, pero están prisioneros como nosotros. No, me refiero a los que
rigen sobre este lugar. Los super-extraterrestres que nos hicieron sabotear
nuestra nave sin que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo, que se
hallan en alguna parte y nos observan. Los que juntaron esta enorme cantidad de
animales, provenientes de todas las partes de la galaxia. Ahora nosotros
también hemos corrido la misma suerte. Este sitio no es más que un zoológico.
Un zoológico para los distintos seres vivos, que tal vez cumple el propósito de
educar a criaturas tan extrañas a nosotros que ni siquiera podríamos soñar
conocerlas.
Miré hacia arriba, hacia el brillante cielo azul, en donde
invisibles barrotes nos mantenían presos. No tenía sentido tratar de luchar
contra ellos. Me parecía poder ver la placa explicatoria: TERRESTRES. Hábitat
Sol III.
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