sábado, 2 de febrero de 2019

La Cenicienta de los Hermanos Grimm


Un hombre rico tenía a su mujer muy enferma, y cuando vio que se acercaba su fin, llamó a su hija única y le dijo:
-Querida hija, sé piadosa y buena, Dios te protegerá desde el cielo y yo no me apartaré de tu lado y te bendeciré.
Poco después cerró los ojos y espiró. La niña iba todos los días a llorar al sepulcro de su madre y continuó siendo siempre piadosa y buena. Llegó el invierno y la nieve cubrió el sepulcro con su blanco manto, llegó la primavera y el sol doró las flores del campo y el padre de la niña se casó de nuevo.
La esposa trajo dos niñas que tenían un rostro muy hermoso, pero un corazón muy duro y cruel; entonces comenzaron muy malos tiempos para la pobre huérfana.
-No queremos que esté ese pedazo de ganso sentada a nuestro lado, que gane el pan que coma, váyase a la cocina con la criada.
Le quitaron sus vestidos buenos, le pusieron una basquiña remendada y vieja y le dieron unos zuecos.
-¡Qué sucia está la orgullosa princesa! -decían riéndose, y la mandaron ir a la cocina: tenía que trabajar allí desde por la mañana hasta la noche, levantarse temprano, traer agua, encender lumbre, coser y lavar; sus hermanas le hacían además todo el daño posible, se burlaban de ella y le vertían la comida en la lumbre, de manera que tenía que bajarse a recogerla. Por la noche, cuando estaba cansada de tanto trabajar, no podía acostarse, pues no tenía cama, y la pasaba recostada al lado del fuego, y como siempre estaba llena de polvo y ceniza, le llamaban la Cenicienta.
Sucedió que su padre fue en una ocasión a una feria y preguntó a sus hijastras lo que querían que les trajese.
-Un bonito vestido -dijo la una.
-Una buena sortija, -añadió la segunda.
-Y tú, Cenicienta, ¿qué quieres? -le dijo.
-Padre, tráeme la primera rama que encuentres en el camino.
Compró a sus dos hijastras hermosos vestidos y sortijas adornadas de perlas y piedras preciosas, y a su regreso, al pasar por un bosque cubierto de verdor, tropezó con su sombrero en una rama de zarza, y la cortó. Cuando volvió a su casa dio a sus hijastras lo que le habían pedido y la rama a la Cenicienta, la cual se lo agradeció; corrió al sepulcro de su madre, plantó la rama en él y lloró tanto que, regada por sus lágrimas, no tardó la rama en crecer y convertirse en un hermoso árbol. La Cenicienta iba tres veces todos los días a ver el árbol, lloraba y oraba y siempre iba a descansar en él un pajarillo, y cuando sentía algún deseo, en el acto le concedía el pajarillo lo que deseaba.
Celebró por entonces el rey unas grandes fiestas, que debían durar tres días, e invitó a ellas a todas las jóvenes del país para que su hijo eligiera la que más le agradase por esposa. Cuando supieron las dos hermanastras que debían asistir a aquellas fiestas, llamaron a la Cenicienta y la dijeron.
-Péinanos, límpianos los zapatos y ponles bien las hebillas, pues vamos a una boda al palacio del Rey.
La Cenicienta las escuchó llorando, pues las hubiera acompañado con mucho gusto al baile, y suplicó a su madrastra que se lo permitiese.
-Cenicienta -le dijo-: estás llena de polvo y ceniza y ¿quieres ir a una boda? ¿No tienes vestidos ni zapatos y quieres bailar?
Pero como insistiese en sus súplicas, le dijo por último:
-Se ha caído un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges antes de dos horas, vendrás con nosotras:
-La joven salió al jardín por la puerta trasera y dijo:
-Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan todos y ayúdenme a recoger.
Las buenas en el puchero,
las malas en el caldero.
Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, y después dos tórtolas y por último comenzaron a revolotear alrededor del hogar todos los pájaros del cielo, que acabaron por bajarse a la ceniza, y las palomas picoteaban con sus piquitos diciendo pi, pi, y los restantes pájaros comenzaron también a decir pi, pi, y pusieron todos los granos buenos en el plato. Aun no había trascurrido una hora, y ya estaba todo concluido y se marcharon volando. Llevó entonces la niña llena de alegría el plato a su madrastra, creyendo que le permitiría ir a la boda, pero ésta le dijo:
-No, Cenicienta, no tienes vestido y no sabes bailar, se reirían de nosotras.
Mas viendo que lloraba, añadió:
-Si puedes recoger de entre la ceniza dos platos llenos de lentejas en una hora, irás con nosotras.
Creyendo en su interior que no podría hacerlo, vertió los dos platos de lentejas en la ceniza y se marchó, pero la joven salió entonces al jardín por la puerta trasera y volvió a decir:
-Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan todos y ayúdenme a recoger.
Las buenas en el puchero,
las malas en el caldero.

Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, después dos tórtolas, y por último comenzaron a revolotear alredor del hogar todos los pájaros del cielo que acabaron por bajarse a la ceniza y las palomas picoteaban con sus piquitos diciendo pi, pi, y los demás pájaros comenzaron a decir también pi, pi, y pusieron todas las lentejas buenas en el plato, y aun no había trascurrido media hora, cuando ya estaba todo concluido y se marcharon volando. Llevó la niña llena de alegría el plato a su madrastra, creyendo que le permitiría ir a la boda, pero ésta le dijo:
-Todo es inútil, no puedes venir, porque no tienes vestido y no sabes bailar; se reirían de nosotras.
Le volvió entonces la espalda y se marchó con sus orgullosas hijas.
En cuanto quedó sola en casa, fue la Cenicienta al sepulcro de su madre, debajo del árbol, y comenzó a decir:
Arbolito pequeño,
dame un vestido;
que sea, de oro y plata,
muy bien tejido.
El pájaro le dio entonces un vestido de oro y plata y unos zapatos bordados de plata y seda; en seguida se puso el vestido y se marchó a la boda; sus hermanas y madrastra no la conocieron, creyendo que sería alguna princesa extranjera, pues les pareció muy hermosa con su vestido de oro, y ni aun se acordaban de la Cenicienta, creyendo que estaría mondando lentejas sentada en el hogar. Salió a su encuentro el hijo del Rey, la tomó de la mano y bailó con ella, no permitiéndole bailar con nadie, pues no la soltó de la mano, y si se acercaba algún otro a invitarla, le decía:
-Es mi pareja.
Bailó hasta el amanecer y entonces decidió marcharse; el príncipe le dijo:
-Iré contigo y te acompañaré -pues deseaba saber quién era aquella joven, pero ella se despidió y saltó al palomar.
Entonces aguardó el hijo del Rey a que fuera su padre y le dijo que la doncella extranjera había saltado al palomar. El anciano creyó que debía ser la Cenicienta; trajeron una piqueta y un martillo para derribar el palomar, pero no había nadie dentro, y cuando llegaron a la casa de la Cenicienta, la encontraron sentada en el hogar con sus sucios vestidos y un turbio candil ardía en la chimenea, pues la Cenicienta había entrado y salido muy ligera en el palomar y corrido hacia el sepulcro de su madre, donde se quitó los hermosos vestidos que se llevó el pájaro y después se fue a sentar con su basquiña gris a la cocina.
Al día siguiente, cuando llegó la hora en que iba a principiar la fiesta y se marcharon sus padres y hermanas, corrió la Cenicienta junto al arbolito y dijo:
Arbolito pequeño,
dame un vestido;
que sea, de oro y plata,
muy bien tejido.
Entonces el pájaro le dio un vestido mucho más hermoso que el del día anterior y cuando se presentó en la boda con aquel traje, dejó a todos admirados de su extraordinaria belleza; el príncipe que la estaba aguardando le cogió la mano y bailó toda la noche con ella; cuando iba algún otro a invitarla, decía:
-Es mi pareja.
Al amanecer manifestó deseos de marcharse, pero el hijo del Rey la siguió para ver la casa en que entraba, más de pronto se metió en el jardín de detrás de la casa. Había en él un hermoso árbol muy grande, del cuál colgaban hermosas peras; la Cenicienta trepó hasta sus ramas y el príncipe no pudo saber por dónde había ido, pero aguardó hasta que vino su padre y le dijo:
-La doncella extranjera se me ha escapado; me parece que ha saltado el peral. El padre creyó que debía ser la Cenicienta; mandó traer una hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él, y cuando llegaron a la casa, estaba la Cenicienta sentada en el hogar, como la noche anterior, pues había saltado por el otro lado el árbol y fue corriendo al sepulcro de su madre, donde dejó al pájaro sus hermosos vestidos y tomó su basquiña gris.
Al día siguiente, cuando se marcharon sus padres y hermanas, fue también la Cenicienta al sepulcro de su madre y dijo al arbolito:
Arbolito pequeño,
dame un vestido;
que sea, de oro y plata,
muy bien tejido.
Entonces el pájaro le dio un vestido que era mucho más hermoso y magnífico que ninguno de los anteriores, y los zapatos eran todos de oro, y cuando se presentó en la boda con aquel vestido, nadie tenía palabras para expresar su asombro. El príncipe bailó toda la noche con ella y cuando se acercaba alguno a invitarla, le decía:
-Es mi pareja.
Al amanecer se empeñó en marcharse la Cenicienta, y el príncipe en acompañarla, mas se escapó con tal ligereza que no pudo seguirla, pero el hijo del Rey había mandado untar toda la escalera de pega y se quedó pegado en ella el zapato izquierdo de la joven; lo levantó el príncipe y vio que era muy pequeño, bonito y todo de oro. Al día siguiente fue a ver al padre de la Cenicienta y le dijo:
-He decidido que sea mi esposa a la que venga bien este zapato de oro.
Alegráronse mucho las dos hermanas porque tenían los pies muy bonitos; la mayor entró con el zapato en su cuarto para probárselo, su madre estaba a su lado, pero no se lo podía meter, porque sus dedos eran demasiado largos y el zapato muy pequeño. Al verlo le dijo su madre, alargándole un cuchillo:
-Córtate los dedos, pues cuando seas reina no irás nunca a pie.
La joven se cortó los dedos; metió el zapato en el pie, ocultó su dolor y salió a reunirse con el hijo del rey, que la subió a su caballo como si fuera su novia, y se marchó con ella, pero tenía que pasar por el lado del sepulcro de la primera mujer de su padrastro, en cuyo árbol había dos palomas, que comenzaron a decir.
No sigas más adelante,
detente a ver un instante,
que el zapato es muy pequeño
y esa novia no es su dueño.
Se detuvo, le miró los pies y vio correr la sangre; volvió su caballo, condujo a su casa a la novia fingida y dijo que no era la que había pedido, que se probase el zapato la otra hermana. Entró ésta en su cuarto y se le metió bien por delante, pero el talón era demasiado grueso; entonces su madre le alargó un cuchillo y le dijo:
-Córtate un pedazo del talón, pues cuando seas reina, no irás nunca a pie.
La joven se cortó un pedazo de talón, metió un pie en el zapato, y ocultando el dolor, salió a ver al hijo del rey, que la subió en su caballo como si fuera su novia y se marchó con ella; cuando pasaron delante del árbol había dos palomas que comenzaron a decir:
No sigas más adelante,
detente a ver un instante,
que el zapato es muy pequeño
y esa novia no es su dueño.
Se detuvo, le miró los pies, y vio correr la sangre, volvió su caballo y condujo a su casa a la novia fingida:
-Tampoco es esta la que busco -dijo-. ¿Tienen otra hija?
-No -contestó el marido- de mi primera mujer tuve una pobre chica, a la que llamamos la Cenicienta, porque está siempre en la cocina, pero esa no puede ser la novia que buscas.
El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó:
-No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla.
Se empeñó sin embargo en que saliera y hubo que llamar a la Cenicienta. Se lavó primero la cara y las manos, y salió después a presencia del príncipe que le alargó el zapato de oro; se sentó en su banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que le venía perfectamente, y cuando se levantó y le vio el príncipe la cara, reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él, y dijo:
-Esta es mi verdadera novia.
La madrastra y las dos hermanas se pusieron pálidas de ira, pero él subió a la Cenicienta en su caballo y se marchó con ella, y cuando pasaban por delante del árbol, dijeron las dos palomas blancas.
Sigue, príncipe, sigue adelante
sin parar un solo instante,
pues ya encontraste el dueño
del zapatito pequeño.
Después de decir esto, echaron a volar y se pusieron en los hombros de la Cenicienta, una en el derecho y otra en el izquierdo.
Cuando se verificó la boda, fueron las falsas hermanas a acompañarla y tomar parte en su felicidad, y al dirigirse los novios a la iglesia, iba la mayor a la derecha y la menor a la izquierda, y las palomas que llevaba la Cenicienta en sus hombros picaron a la mayor en el ojo derecho y a la menor en el izquierdo, de modo que picaron a cada una un ojo; a su regreso se puso la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, y las palomas picaron a cada una en el otro ojo, quedando ciegas toda su vida por su falsedad y envidia.

martes, 15 de enero de 2019

Relato de acontecimiento de Rubem Fonseca


En la madrugada del día 3 de mayo, una vaca marrón camina por el puente del río Coroado, en el kilómetro 53, en dirección a Río de Janeiro.
Un autobús de pasajeros de la empresa Única Auto Ómnibus, placas RF 80-07-83 y JR 81-12-27, circula por el puente del río Coroado en dirección a São Paulo.
Cuando ve a la vaca, el conductor Plínio Sergio intenta desviarse. Golpea a la vaca, golpea en el muro del puente, el autobús se precipita al río.
Encima del puente la vaca está muerta.
Debajo del puente están muertos: una mujer vestida con un pantalón largo y blusa amarilla, de veinte años presumiblemente y que nunca será identificada; Ovídia Monteiro, de treinta y cuatro años; Manuel dos Santos Pinhal, portugués, de treinta y cinco años, que usaba una cartera de socio del Sindicato de Empleados de las Fábricas de Bebidas; el niño Reinaldo de un año, hijo de Manuel; Eduardo Varela, casado, cuarenta y tres años.
El desastre fue presenciado por Elías Gentil dos Santos y su mujer Lucília, vecinos del lugar. Elías manda a su mujer por un cuchillo a la casa. ¿Un cuchillo?, pregunta Lucília. Un cuchillo, rápido, idiota, dice Elías. Está preocupado. ¡Ah!, se da cuenta Lucília. Lucília corre.
Aparece Marcílio da Conceição. Elías lo mira con odio. Aparece también Ivonildo de Moura Júnior. ¡Y aquella bestia que no trae el cuchillo!, piensa Elías. Siente rabia contra todo el mundo, sus manos tiemblan. Elías escupe en el suelo varias veces, con fuerza, hasta que su boca se seca.
Buenos días, don Elías, dice Marcílio. Buenos días, dice Elías entre dientes, mirando a los lados, ¡este mulato!, piensa Elías.
Qué cosa, dice Ivonildo, después de asomarse por el muro del puente y ver a los bomberos y a los policías abajo. Sobre el puente, además del conductor de un carro de la Policía de Caminos, están solo Elías, Marcílio e Ivonildo.
La situación no está bien, dice Elías mirando a la vaca. No logra apartar los ojos de la vaca.
Es cierto, dice Marcílio.
Los tres miran a la vaca.
A lo lejos se ve el bulto de Lucília, corriendo.
Elías volvió a escupir. Si pudiera, yo también sería rico, dice Elías. Marcílio e Ivonildo balancean la cabeza, miran la vaca y a Lucília, que se acerca corriendo. A Lucília tampoco le gusta ver a los dos hombres. Buenos días, doña Lucília, dice Marcílio. Lucília responde moviendo la cabeza. ¿Tardé mucho?, pregunta, sin aliento, al marido.
Elías asegura el cuchillo en la mano, como si fuera un puñal; mira con odio a Marcílio e Ivonildo. Escupe en el suelo. Corre hacia la vaca.
En el lomo es donde está el filete, dice Lucília. Elías corta la vaca.
Marcílio se acerca. ¿Me presta usted después su cuchillo, don Elías?, pregunta Marcílio. No, responde Elías.
Marcílio se aleja, caminando de prisa. Ivonildo corre a gran velocidad.
Van por cuchillos, dice Elías con rabia, ese mulato, ese cornudo. Sus manos, su camisa y su pantalón están llenos de sangre. Debiste haber traído una bolsa, un saco, dos sacos, imbécil. Ve a buscar dos sacos, ordena Elías.
Lucília corre.
Elías ya cortó dos pedazos grandes de carne cuando aparecen, corriendo, Marcílio y su mujer, Dalva, Ivonildo y su suegra, Aurelia, y Erandir Medrado con su hermano Valfrido Medrado. Todos traen cuchillos y machetes. Se echan encima de la vaca.
Lucília llega corriendo. Apenas y puede hablar. Está embarazada de ocho meses, sufre de helmintiasis y su casa está en lo alto de una loma. Lucília trajo un segundo cuchillo. Lucília corta en la vaca.
Alguien présteme un cuchillo o los arresto a todos, dice el conductor del carro de la policía. Los hermanos Medrado, que trajeron varios cuchillos, prestan uno al conductor.
Con una sierra, un cuchillo y una hachuela aparece João Leitão, el carnicero, acompañado por dos ayudantes.
Usted no puede, grita Elías.
João Leitão se arrodilla junto a la vaca.
No puede, dice Elías dando un empujón a João. João cae sentado.
No puede, gritan los hermanos Medrado.
No puede, gritan todos, con excepción del policía.
João se aparta; a diez metros de distancia, se detiene; con sus ayudantes, permanece observando.
La vaca está semidescarnada. No fue fácil cortar el rabo. La cabeza y las patas nadie logró cortarlas. Nadie quiso las tripas.
Elías llenó los dos sacos. Los otros hombres usan las camisas como si fueran sacos.
El primero que se retira es Elías con su mujer. Hazme un bistec, le dice sonriendo a Lucília. Voy a pedirle unas papas a doña Dalva, te haré también unas papas fritas, responde Lucília.
Los despojos de la vaca están extendidos en un charco de sangre. João llama con un silbido a sus auxiliares. Uno de ellos trae un carrito de mano. Los restos de la vaca son colocados en el carro. Sobre el puente solo queda una poca de sangre.


jueves, 3 de enero de 2019

Hermano Lobo de Manuel Mejía Vallejo

Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.

-Es horrible lo que piensan y escriben -exclamó.

-No todos -dijo un ermitaño desde el fondo de su cueva. Y repitió las palabras que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.

-¿Dónde está ese santo?

-En el cielo.

-¿En el cielo hay lobos?

El ermitaño no pudo contestar.

-¿Y tú, qué haces? -preguntó el lobo intrigado, por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.

-¿Y cuando mueras irás al cielo? -preguntó el lobo conmovido, alegre de ir

comprendiendo el bien y el mal.

-Hago por merecer el cielo -dijo apaciblemente el ermitaño.

-Si fueras mártir ¿irías al cielo?

-En el cielo están todos los mártires.

El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humano. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño.

Al terminar se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.

jueves, 13 de diciembre de 2018

El árbol generoso de Shel Silverstein



Había una vez un árbol… que amaba a un pequeño niño. Y todos los días el niño venía y recogía sus hojas para hacerse con ellas una corona y jugar al rey del bosque. Subía por su tronco y se mecía en sus ramas y comía manzanas. Y ambos jugaban al escondite. 



Y cuando estaba cansado, dormía bajo su sombra Y el niño amaba al árbol mucho Y el árbol era feliz. Pero el tiempo pasó y el niño creció y el árbol se quedaba a menudo solo.
Pero un día, el árbol vio venir a su niño y le dijo: 
“Ven, Niño súbete a mi tronco y mécete en mis ramas y come mis manzanas y juega bajo mi sombra y sé feliz.” 
“Ya soy muy grande para trepar y jugar, “ dijo el niño. “Yo quiero comprar cosas y divertirme, necesito dinero.  ¿Podrías dármelo?” 
“Lo siento, “dijo el árbol, pero yo no tengo dinero.  Sólo tengo hojas y manzanas.  Coge mis manzanas y véndelas en la ciudad así tendrás dinero y serás feliz .


Y, así, él se subió al árbol, recogió las manzanas y se las llevó. Y el árbol se sintió feliz.  
Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía Y el árbol estaba triste. Y entonces, un día regresó y el árbol se agitó alegremente y le dijo: 
“Ven, Niño, súbete a mi tronco, mécete en mis ramas y sé feliz”.
“Estoy muy ocupado para trepare árboles, “dijo él. “Necesito una casa que me sirva de abrigo.” “Quiero una esposa y unos niños, y por eso quiero una casa. ¿Puedes tú dármela?”
“Yo no tengo casa”, dijo el árbol. “El bosque es mi hogar, pero tú puedes cortar mis ramas y hacerte una casa.  Entonces serás feliz.”
Y así él cortó sus ramas y se la llevó para construir su casa.
Y el árbol se sintió feliz…   Pero pasó mucho tiempo y su niño no volvía. Y cuando regresó el árbol estaba tan feliz que apenas pudo hablar:
 “Ven, Niño” susurró. “Ven y juega.” 
“Estoy muy viejo y triste para jugar”, dijo él “Quiero un bote que me lleve lejos de aquí.  ¿Puedes tú dármelo?”  
“Corta mi tronco y hazte un bote,” dijo el árbol.  “Entonces podrás navegar lejos… y serás feliz.”
 Y así él cortó el tronco Y se hizo un bote y navegó lejos.
 Y el árbol se sintió feliz. Pero no realmente.
 Y después de mucho tiempo, su niño volvió nuevamente. “Lo siento, Niño,” dijo el árbol, “pero ya no tengo nada para darte-ya no me quedan manzanas.” 
“Mis dientes son muy débiles para comer manzanas”, le contestó el niño. 
“Ya no me quedan ramas, tú ya no puedes mecerte en ellas” – dijo el árbol. 
“Estoy muy viejo para columpiarme en las ramas,” dijo el niño. 
“Ya no tengo tronco” dijo el árbol, “tú ya no puedes trepar.” 
“Estoy muy cansado para trepar” le contestó el niño. 
“Quisiera poder darte algo…pero ya no me queda nada.  Soy solo un viejo tocón.  Lo siento…” (dijo el árbol)


“Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar tranquilo para reposar, estoy muy cansado,” dijo el niño. 
“Bien”, dijo el árbol reanimándose, “un viejo tocón es bueno para sentarse y descansar.  Ven, Niño, siéntate.  Siéntate y descansa.”  
Y él se sentó
Y el árbol fue feliz.



viernes, 7 de diciembre de 2018

La directora del pantano negro de Mike Thaler




La directora del pantano negro

Llevamos tres días de escuela y ya me están enviando a la oficina de la directora. ¡Qué tragedia!
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He oído decir que la directora, la Srita. Verdosa, es un verdadero monstruo. Hay chicos que van a su oficina y nunca regresan.

Se dice que la antesala está repleta de cráneos y huesos.

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 A Doris Ferreira la enviaron allí por mascar chicle. Dicen que su cráneo aún tiene un globo pegado a la boca.

Llego y me siento. Miro al piso. La alfombra es roja. Es para que no se note la sangre.
Dicen que ella utiliza a los chicos altos como percheros.
Los más bajos se los da al cocodrilo que tiene de mascota. A los gordos los usa de pisapapeles. Los más delgados terminan como marcadores de libros. ¡Yo soy demasiado joven para convertirme en marcador de libros!
Y hay que ver su garrote de tres metros. Dicen que tiene púas envenenadas.
Si tienes suerte, vas a parar a "las jaulas" que están debajo de su escritorio.
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Y los más suertudos llegan encadenados a sus casas.
A casi todos los chicos los usa para sus experimentos.
Daniel Robles estuvo en su oficina ayer. Dicen que acabó con la cabeza de un perro.
Dicen que Alfredo Ginés tiene patas de gallina.
Y que Eric Posada tiene manos de ratón.
¡Yo soy demasiado bien parecido para tener orejas de conejo! Lo único que hice fue agarrar la peluca de la Srita. Jones.
Hoy no se oye ningún ruido. Dicen que suelen oírse muchos gritos. Tal vez está de buen humor.
                      
Aunque sobreviva, esto me afectará para toda la vida.
En unos años seré candidato a la presidencia y estaré encabezando las encuestas. ¡Y entonces se sabrá! Ya puedo ver los titulares..."El candidato presidencial fue enviado a la oficina de la directora".
Ay no. Veo una sombra detrás del vidrio de la puerta. Ya se acerca la hora final.
La puerta se abre lentamente.
Aparece una mujer bella. Seguro que es una experta en disfraces.
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Entro. Ella cierra la puerta.
Miro alrededor. Ahí está el perchero. No se parece a nadie que conozca.
Busco al cocodrilo. Solamente veo una tortuga. Se parece un poco a Ramón Porras.
–Muy bien –dice la Srita. Verdosa–. ¿Tenemos problemas en la clase?
–Bueno –digo yo–, estaba barriendo el salón y la escoba se enganchó accidentalmente a la peluca de la Srita. Jones.
–Ah, entonces tendremos que pedirle disculpas, ¿no te parece?
–Sí, le pediremos disculpas.
–Y la próxima vez tendremos que tener más cuidado.
–¡Lo tendremos!
–Puedes irte.
–¿Ya? ¿Eso es todo?
–Cierra la puerta, por favor.
Qué suerte la mía. Apuesto que las flores que estaban sobre su escritorio eran venenosas. Bastaría con olerlas para ponerse morado y morirse. Menos mal que aguanté la respiración. Logré entrar a la cueva y salir de ella sin que me pusiera orejas de conejo. ¡Algún día tendré que venir a barrer su oficina para ver si ella también usa peluca!




sábado, 1 de diciembre de 2018

El mejor truco del abuelo de Dwight Holden



Al abuelo, que enseñaba sin enseñar.

El abuelo tiene cáncer. No sé bien qué quiera decir eso, pero debe ser algo terrible. Algo que no debía tener dentro y le crece cada vez más, sin que puedan contenerlo, pero no pueden. Lo único que sé es que el abuelo está enfermo.
Sólo está acostado. No hace nada más. Ya no pesca. Ya no cuida su jardín. Ya no arregla cosas en la cochera.
A veces, cuando vengo a visitar a mis abuelos, él ni siquiera sonríe. (El abuelo siempre sonríe.) Y no me escucha. Sólo está acostado.
Ése no es el abuelo, estoy segura. El abuelo me escucha. Me sonríe. Me abraza. Me hace cosquillas. Me carga a caballito. Me lleva a pescar y pone la carnada en mi anzuelo. Me lleva de cacería por el barrio o vamos hasta el lago.

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El abuelo me llevaba a muchas cacerías. No buscábamos leones, ni rinocerontes, sólo cosas… cosas especiales. Hojas gigantes, hongos chiquitos con sombreros rojos, dientes de león (siempre les soplábamos las cositas) y piedras.
Al abuelo y a mí nos gustaban las piedras. Las chiquitas, rugosas o lisas, opacas o brillantes, de colores claros o marrón oscuro. A veces él encontraba cosas que yo no veía. “¡Mira!”, me decía. Él siempre veía cosas en las que nadie se fijaba, y de repente se convertían en ALGO.      Yo siempre sentía como algo tibio por dentro sólo de caminar tomada de su mano, al oírlo silbar, y al tratar de silbar yo también, y al buscar tesoros.
Cuando acababa la cacería, se acostaba en medio de la sala. Se ponía un periódico sobre la cara y dormía una siesta, sin que el ruido lo molestara; a veces me asomaba por debajo del periódico y él me agarraba y decía: “¡BUU!”
Yo gritaba. Luego me reía. Con mi abuelo me sentía segura hasta cuando me asustaba.
Cuando Isabel nació, lo único que hacía llorar, comer, dormir y ensuciar los pañales; a todos les parecía maravillosa y le traían muchos regalitos. A mí me daban una palmadita en la cabeza (si tenía suerte). Creí que me había vuelto invisible. Pero no para el abuelo. Siempre supe que él aún me veía, como a esa piedra tan especial en nuestra cacería. Me gustaría que pudiéramos salir de cacería como antes. Ahora apenas puede bajar de la cama.
Ahora, el abuelo parece un extraño. Actúa de otro modo. Sólo está acostado. A veces duerme. A veces sólo mira al vacío, como si viera una televisión que nadie más ve. Y se queja. Cada vez que se mueve, se queja. Menos cuando sabe que lo estoy viendo; entonces aprieta los dientes. Es horrible, y todos fingen para que yo no me preocupe. Estoy preocupada. Es horrible. El abuelo está flaco. Menos su cara, que está toda hinchada. (Si algo le crece dentro, entonces, ¿por qué está tan flaco?) Está muy pálido, y ya se le cayó todo el pelo, menos unos ricitos grises. Mamá y papá dicen que es la medicina que le dieron los doctores para matar el cáncer. En parte se come el cáncer, lo que está bien, pero también se lo come a él, lo que está mal. ¡Medicina tonta! ¿Por qué no distingue entre el cáncer y mi abuelo?
El abuelo está otra vez en el hospital. Entra y sale todo el tiempo. Tiene conectados todos esos tubos y frascos y bolsas. Siempre creí que si la medicina tenía un sabor horrible, por lo menos me aliviaba. Pero mi abuelo no se alivia. No quiero estar aquí.
No me reconoce. No me ve. Ve peces. Mueve el brazo como si lanzara su caña de pescar, y enredara otra vez el hilo. Pero no hay peces ni lago en su cuarto del hospital.
Mamá y papá me dijeron que si quería preguntarles algo. Dije que no. Quiero hacer muchas preguntas, pero no creo que me gusten las respuestas.
Quiero otra vez al abuelo de antes.
Hoy murió el abuelo.
Mi papá me lo acaba de decir. No lo puedo creer, pero eso me dijo.
De veras que no entiendo nada. Se murió porque el cáncer estaba creciendo; supongo que ahora el cáncer también se murió. ¿Por qué no se murió el cáncer y nos dejó al abuelo?
Papá me abrazo y me dijo que no importaba si quería llorar. Entonces los dos lloramos, luego cesamos y luego lloramos otra vez. Sí importa. Quiero que regrese el abuelo.
Fui al funeral del abuelo. Mamá y papá dijeron que no tenía que ir. Dije que no quería ir, pero luego dije sí fui. Tenía que ir.
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Había mucha gente. Cantaban, rezaban y hablaban de él.
La abuela lloró. Mamá y papá lloraron. Mis primos, tías y tíos lloraron. Yo lloré.
Y ahí estaba el abuelo, tendido en esa cosa que llaman ataúd. Yo estaba muy asustada. Se parecía al abuelo otra vez, no al extraño. Ya no se le veía enfermo. ¿Cómo le hicieron? Sólo que el abuelo casi no usaba traje, siempre andaba con ropa de pescar.
Estaba muy pálido y tenía los ojos cerrados. Estuve esperando a ver si los abría. Tal vez sólo estaba durmiendo una siesta. Pero sus ojos no se abrieron. Luego lo toqué. Tal vez despertaría. Pero su piel estaba fría y dura como cera. Me dieron escalofríos.
Luego bajaron la tapa del ataúd y lo encerraron ahí… solito.
Todo el mundo volvió a llorar.
El abuelo ha muerto. Ni siquiera sé lo que eso quiere decir. Lo único que sé es que se fue y no lo encuentro. Cuando vamos a casa de los abuelos todo está en silencio. Entro en su cuarto y espero encontrarlo en su sillón favorito, viendo la televisión y pelando nueces y sonriendo y levantándose para abrazarme. Pero no está. Entonces me asomo a la cochera, a ver si está reparando algo o si trabaja en su bote, como siempre lo hacía. Mi abuelo podía reparar cualquier cosa. Pero ahora la cochera está muy cerrada.
Antes, cuando me caía del columpio y me raspaba las rodillas y empezaba a llorar, el abuelo me decía: “¡Oye, qué buen truco! ¿Puedes hacerlo otra vez?” Entonces yo me reía, y ya no me dolía tanto. ¡Ese sí era un buen truco!
Pero esto aún me duele. Mi abuelo hizo un truco que no me gusta. No le di permiso de irse, y se fue. No sé adónde se fue. Mamá y papá dicen que se fue al cielo y que algún día volveremos a verlo. Pero yo lo quiero ver ahora mismo.
El abuelo ya no está aquí, tendré que acordarme de él. Una vez le dia un cuaderno para que me escribiera sobre su vida. (Mi abuelo casi nunca hablaba de sí mismo.) Después de que él murió, mi abuela me devolvió el cuaderno. En una página decía: “Yo colecciono… nietos y hieleras”. Siempre juntaba hieleras de plástico y ahí sembraba semillas para su jardín. El patio estaba lleno de hieleras viejas con plantas. Parecía descuidado, pero el abuelo no le importaba. Cuando veo hieleras me acuerdo de él.
Me acordaré del abuelo, pero no acostado y pálido. Lo recordaré  con su sombrero y su caña de pescar. Recordaré el estruendo jovial de su risa. Recordaré que hacía los mejores bocadillos del mundo.
Isabel es demasiado pequeña para acordarse de él, así que tendré que hablarle. De los jardines de hieleras. De la pesca. De los paseos a caballito. De las cacerías. Especialmente de las cacerías. La enseñaré a ver las cosas en las que sólo él se fijaba. Entonces, ella conocerá al abuelo como yo lo conozco, aunque se haya ido.
Tal vez ése sea el mejor truco del abuelo.

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