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domingo, 6 de mayo de 2012

Romeo y Julieta, cuento de Edmundo Paz Soldán


          
         En un claro del bosque, una tarde de sol asediado por nubes estiradas y movedizas, la niña rubia de largas trenzas agarra el cuchillo con firmeza y el niño de ojos grandes y delicadas manos contiene la respiración.
         -Lo haré yo primero –dice ella, acercando el acero afilado a las venas de su muñeca derecha-. Lo haré porque te amo y por ti soy capaz de dar todo, hasta mi vida misma. Lo haremos porque no hay, ni habrá, amor que se compare al nuestro.
         El niño lagrimea, alza el brazo izquierdo.
         -No lo hagas todavía, Ale… lo haré yo primero. Soy un hombre, debo dar el ejemplo.
         -Ese es el Gabriel que yo conocí y aprendí a amar. Toma. Por qué lo harás.
         -Porque te amo como nunca creí que podía amar. Porque no hay más que yo pueda darte que mi vida misma.
         Gabriel empuña el cuchillo, lo acerca a las venas de su muñeca derecha. Vacila, las negras pupilas dilatadas. Alejandra se inclina sobre él, le da un apasionado beso en la boca.
         -Te amo mucho, no sabes cuanto.
         -Yo también te amo mucho, no sabes cuanto.
         -¿Ahora sí mi Romero?
         -Ahora sí, mi Julia.
         -Julieta.
         -Mi Julieta.
         Gabriel mira el cuchillo, toma aire, se seca las lágrimas, y luego hace un movimiento rápido con el brazo izquierdo y la hoja acerada encuentra las venas. La sangre comienza  a manar con furia.
         Gabriel se sorprende, nunca había visto un líquido tan rojo. Siente el dolor, deja caer el cuchillo y se reclina en el suelo de tierra: el sol le da en los ojos. Alejandra se echa sobre él, le lame la sangre, lo besa.
         -Ah, Gabriel, cómo te amo.
         -Ahora te toca a ti- dice él, balbuceante, sintiendo que cada vez le es más difícil respirar.
         -Sí. Ahora me toca –dice ella, incorporándose.
         -¿Me… me amas?
         -Muchísimo.
         Alejandra se da la vuelta y se dirige hacia su casa, pensando en la tarea de literatura que tiene que entregar al día siguiente. Detrás suyo, incontenible, avanza el charco rojo.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Voz en el teléfono, cuento de Silvina Ocampo


No, no me invites a casa de tus sobrinos. Las fiestas infantiles me entristecen. Te parecerá una tontería. Ayer te enojaste porque no quise encender tu cigarrillo. Todo está relacionado. ¿Que estoy loco? Tal vez. Ya que nunca puedo verte, terminaré por explicar las cosas por teléfono. ¿Qué cosas? La historia de los fósforos. Detesto el teléfono. Sí. Ya sé que te encanta, pero a mí me hubiera gustado contarte todo en el auto, o saliendo del cine, o en la cafetería. Tengo que remontarme a los días de mi infancia.
—Fernando, si juegas con fósforos, vas a quemar la casa —me decía mamá, o bien—: Toda la casa va a quedar reducida a un montoncito de cenizas—o bien—: Volaremos como fuegos de artificio.
¿Te parece natural? A mí también, pero todo eso me inducía a tocar fósforos, a acariciarlos, a tratar de encenderlos, a vivir por ellos. ¿Te sucedía lo mismo con los borradores? Pero no te prohibían tocarlos. Los borradores no queman. ¿Los comías? Esa es otra cosa. Los recuerdos de mis cuatro años tiemblan como iluminados por fósforos. La casa donde pasé mi infancia, ¿ya te dije que era enorme: se componía de cinco dormitorios, dos vestíbulos? dos salas con el cielo raso pintado, con nubes y angelitos. ¿Te parece que vivía como un rey? No creas. Siempre había líos entre los sirvientes.
Se habían dividido en dos bandos: los partidarios de mi madre y los partidarios de Nicolás Simonetti. ¿Quién era? Nicolás Simonetti era el cocinero: yo lo quería con locura. Me amenazaba, en broma, con un enorme cuchillo lustroso, me daba trocitos de carne y hojitas de lechuga para que me entretuviera, me daba caramelo que derramaba sobre el mármol. El contribuyó tanto como mi madre a despertar mi pasión por los fósforos, que encendía para que yo los apagara soplando. Debido a los partidarios de mi madre, que eran infatigables, la comida nunca estaba lista, ni rica, ni a punto. Siempre había una mano que interceptaba los platos, que los dejaba enfriar, que agregaba talco a los tallarines, que espolvoreaba los huevos con ceniza. Todo esto culminó con la aparición de un pelo largísimo en un budín de arroz.
—Este pelo es de Juanita—dijo mi padre.
—No—dijo mi tía—, no quiero "echar pelos en la leche", para mi gusto, es de Luisa.
Mi madre, que tenía mucho amor propio, se levantó de la mesa en medio de la comida y tomando de la punta de los dedos el pelo, lo llevó a la cocina. La cara absorta del cocinero que vio, en lugar de un pelo, una hebra de hilo negro, irritó a mi madre. No sé qué frase sarcástica o hiriente hizo que Nicolás Simonetti se quitara el delantal que amasó como un bollo para tirarlo y anunciar que dejaba la casa. Yo lo seguí al cuarto de baño donde se vestía y se desvestía diariamente. Aquella vez, él que era tan atento conmigo, se vistió sin mirarme. Se peinó con un poquito de grasa que le quedaba en las manos. Nunca vi manos tan parecidas a peines. Luego, con dignidad juntó, en la cocina, los moldes, los cuchillos enormes, las espátulas y las metió en una valijita que siempre traía y se dirigió a la puerta con el sombrero puesto. Para que se dignara mirarme le di un puntapié en la pierna; entonces puso su mano, que olía a manteca, sobre mi cabeza y dijo:
—Adiós, chico. Ahora muchos apreciarán las comidas de Nicolás. Que se chupen los dedos.
¿Te hace gracia? Sigo enumerando: dos escritorios. ¿Para qué tantos? Yo también me lo pregunto. Nadie escribía. Ocho corredores, tres cuartos de baño (uno con dos lavabos). ¿Por qué dos? Se lavarían a cuatro manos. Dos cocinas (una económica y una eléctrica), dos cuartos para lavar y planchar la ropa (uno de ellos decía mi padre que estaba destinado a arrugarla), una antecocina, un antecomedor, cinco cuartos de servicio, un cuarto para los baúles. ¿Viajábamos mucho? No. Esos baúles se utilizaban para distintas cosas. Otro cuarto para los armarios, otro para los cachivaches donde dormía el perro y mi caballo de madera montado en un triciclo. ¿Si existe esa casa? Existe en mi recuerdo. Los objetos son como esos mojones que indican los kilómetros recorridos: la casa tenía tantos que mi memoria está cubierta de números. Podría decir en qué año comí la primera manzana o mordí la oreja del perro, o bien oriné en la dulcera. ¡Te parece que soy un cochino! Las alfombras, las arañas y las vitrinas de la casa me gustaban más que los juguetes. Para el día de mi cumpleaños mi madre organizó una fiesta. Invitó a veinte varones y veinte mujeres para que me trajeran regalos. Mi madre era previsora. ¡Tenés razón, era un amor! Para el día de la fiesta los sirvientes sacaron las alfombras, los objetos de las vitrinas que mi madre reemplazó por caballitos de cartón con sorpresas y automovilitos de material plástico, matracas, cornetas y flautines, dedicados a los varones; pulseras, anillos, monederos y corazoncitos a las mujeres. En el centro de la mesa del comedor colocaron la torta con cuatro velitas, los sandwiches, el chocolate servido. Algunos niños llegaron (no todos con regalos) con sus niñeras, otros con sus madres, otros con una tía o una abuela. Las madres, tías o abuelas se sentaron en un rincón para conversar. Yo las escuchaba de pie, soplando en una corneta que no sonaba.
—Qué bonita estás, Boquita—dijo mi madre a la madre de una de mis amigas—. ¿Vienes del campo?
—Es la época en que uno quiere quemarse y es un monstruo—respondió Boquita.
Yo creí que se refería a los fósforos y no al sol. ¿Si me gustaba? ¿Qué cosa? ¿Boquita? No. Era horrible, con su boca diminuta, sin labios, pero mi madre aseguraba que nunca había que decir bonita a las bonitas, sino a las feas porque era más amable; que la belleza está en el alma y no en la cara; que Boquita era un esperpento, pero que "tenía algo". Además mi madre no mentía: siempre se arreglaba para pronunciar las palabras de un modo equívoco, como si se le enredara la lengua, y así lograba decir "qué loquita estás, Boquita"; lo que también podía interpretarse como una alabanza a la fuerte personalidad de su amiga. Hablaron de política, de sombreros y de vestidos, hablaron de problemas económicos, de personas que no habían ido a la fiesta: lo advierto ahora recopilando las palabras que les oí decir. Después de la distribución de globos y de la representación de títeres (donde Caperucita Roja me aterró como el lobo a la abuela, donde la Bella me pareció horrorosa como la Bestia), después de apagar las velas de mi torta de cumpleaños, seguí a mi madre a la salita más íntima de la casa, donde se encerró con sus amigas, entre los almohadones bordados. Conseguí esconderme detrás de un sillón, pisotear el sombrero de una señora, sentado en cuclillas, apoyado contra la pared, para no perder el equilibrio. Ya sé que soy un bruto. Las señoras reían tanto que apenas comprendía yo las palabras que pronunciaban. Hablaban de corpiños, y una de ellas se desabotonó la blusa hasta la cintura para mostrar el que llevaba puesto: era transparente como una media de Navidad, pensé que tendría algún juguete y sentí deseos de meter la mano adentro. Hablaron de medidas: resultó que se trataba de un juego. Por turno se pusieron de pie. Elvira, que parecía una nena enorme, misteriosamente sacó de su cartera una cinta.
—Siempre llevo en mi cartera una lima y una cinta, por las dudas—dijo.
—Qué loca —exclamó Boquita estrepitosamente—, pareces una modista.
Se midieron la cintura, el pecho y las caderas.
—Te apuesto a que tengo cincuenta y ocho de cintura.
—Y yo te apuesto a que tengo menos.
Las voces resonaban como en un teatro.
—Quisiera ganar con las caderas—decía una.
—Yo me contento con la pechera—dijo otra—. A los hombres les interesa más el pecho, ¿no ves dónde miran?
—Si no me miran en los ojos no siento nada —dijo otra, con un suntuoso collar de perlas.
—No se trata de lo que sientes, sino de lo que ellos sienten —dijo la voz agresiva de una que no era madre de nadie.
—A mi me importa un bledo —respondió la otra, encogiéndose de hombros.
—Yo, no —dijo la Rosca Pérez, que era preciosa, cuando le tocó el turno de medirse; tropezó contra el sillón donde yo estaba escondido.
—Gané —dijo Chinche, que era puntiaguda como un alfiler de cabeza chica y que hacía sonar las nueve esclavas de oro que llevaba en el brazo.
—Cincuenta y uno —exclamó Elvira, examinando la cinta que rodeaba la cintura diminuta de Chinche.
¿Que no podía tener cincuenta y un centímetros, a menos de ser una avispa? Pues entonces era una avispa. ¿Se puede hundiendo la barriga como un yogui? Yogui no era, pero encantadora de serpientes, sí. Fascinaba a las mujeres perversas. A mi madre, no. Mi madre era un pan de Dios. Le tenía lástima. Cuando le hablaban mal de Chinche contestaba:
—Macana frita.
Cualquier día. Nunca le oí decir a un malevo "macana frita". Sería algo muy personal. Era muy ella misma. Seguiré contando. En ese momento sonó el teléfono que estaba colocado junto a uno de los sillones; Chinche y Elvira, repartiéndoselo, lo atendieron; luego, tapando el teléfono con un almohadón, dijeron a mi madre:
—Es para ti.
Las otras se codearon y Rosca tomó el teléfono para oír la voz.
—Apuesto a que es el barbudo —dijo una de las señoras.
—Apuesto a que es el duende —dijo otra, mordiendo sus collares.
Entonces comenzó un diálogo telefónico en que todas intervinieron pasándose el teléfono por turno. Olvidé que estaba escondido y me puse de pie para ver mejor el entusiasmo, con tintineo de pulseras y collares, de las señoras. Mi madre al verme cambió de voz y de rostro como frente al espejo se alisó el pelo y se acomodó las medias; apagó con ahínco el cigarrillo en el cenicero retorciéndolo dos o tres veces Me tomó de la mano y yo aprovechando su turbación, robé los fósforos largos y lujosos que estaban sobre la mesa, junto a los vasos de whisky. Salimos del cuarto.
—Tienes que atender a tus invitados—dijo mi madre con severidad—. Yo atiendo a los míos.
Me dejó en la sala desmantelada, sin alfombra, sin los objetos habituales de las vitrinas, sin los muebles más valiosos, con los caballitos de cartón vacíos, con las cornetas y flautines en el suelo, con los automovilitos todos con dueños que eran impostores para mí. Cada uno de los niños tenía ya un globo que abrazaba, que estrujaba con audacia. Sobre el piano enfundado alguien había colocado los regalos que los amigos me habían traído. ¿Pobre piano? ¡Por qué no dices, más bien, pobre Fernando! Advertí que faltaban algunos regalos, pues yo atentamente los había contado y examinado en el momento de recibirlos. Pensé que estarían en otro lugar de la casa y ahí empezó mi peregrinación por los corredores que me llevaron al bote de basura donde desenterré unas cajas de cartón y papeles de diario que triunfalmente llevé a la sala desmantelada. Descubrí que algunos de los niños habían aprovechado de mi ausencia para apoderarse de nuevo de los regalos que me habían traído. ¿Vivos? Sinvergüenzas. Después de muchas vacilaciones, muchas dificultades para entrar en relación con los niños nos sentamos en el suelo para jugar con los fósforos. Pasó una niñera y dijo a su compañera:

—Hay adornos muy finos en esta casa: hay cada florero que si se te cae en un pie te lo aplasta —y mirándonos como si hablaran del mismo florero, agregó—: Cada uno cuando está solo es un diablo, pero acompañado se te vuelve un Niño Dios.
Hicimos construcciones, planos, casas, puentes con los fósforos, les doblamos las puntas, durante un largo rato. No fue sino después, cuando llegó Cacho con los anteojos puestos y una billetera en el bolsillo que tratamos de encender los fósforos. Primero quisimos encenderlos en la suela de los zapatos, después en la piedra de la chimenea. A la primera chispa nos quemamos los dedos. Cacho era muy sabio y dijo que sabía no sólo preparar, sino encender una fogata. El tuvo la idea de cercar la antecocina, donde estaba su niñera, con fuego. Yo protesté. No teníamos que desperdiciar fósforos en niñeras. Esos fósforos lujosos estaban destinados para la salita íntima donde los había encontrado. Eran los fósforos de nuestras madres. En puntas de pie nos acercamos a la puerta del cuarto donde se oían las voces y las risas. Yo fui el que cerré la puerta con llave, yo fui el que saqué la llave y la guardé en el bolsillo. Apilamos los papeles en que venían envueltos los regalos, las cajas de cartón con paja; algunos diarios que habían quedado sobre una mesa, las basuras que había juntado, unos leños de la chimenea, donde nos sentamos un rato para mirar la futura hoguera. Oímos la voz de Margarita, su risa que no he olvidado, diciendo:
—Nos encerraron con llave.
Y la respuesta de no sé quién:
—Mejor, así nos dejan tranquilas.
Al principio el fuego chisporroteaba apenas, luego estalló, creció como un gigante, con lengua de gigante. Lamía el mueble más valioso de la casa, un mueble chino con muchos cajoncitos, decorado con millones de figuras que atravesaban puentes, que se asomaban a las puertas, que paseaban en la orilla de un río. Millones y millones de pesos le habían ofrecido a mi madre por ese mueble, y nunca lo quiso vender a ningún precio. ¡Te parece, una lástima! Mejor hubiera sido venderlo. Retrocedimos hasta la puerta de entrada donde acudieron las niñeras. Retumbaron las voces pidiendo auxilio en la larga escalera de servicio. El portero, que estaba conversando en la esquina, no llegó a tiempo para hacer funcionar el extinguidor de incendios. Nos hicieron bajar a la plaza. Agrupados debajo de un árbol vimos la casa en llamas, y la inútil llegada de los bomberos. ¿Ahora comprendes por qué no quise encender tu cigarrillo? ¿Por qué me impresionan tanto los fósforos? ¿No sabías que era tan sensible? Naturalmente, las señoras se asomaron a la ventana pero estábamos tan interesados en el incendio que apenas las vimos. La última visión que tengo de mi madre es de su cara inclinada hacia abajo, apoyada sobre un balaustre del balcón. ¿Y el mueble chino? El mueble chino se salvó del incendio, felizmente. Algunas figuritas se estropearon: una de una señora que llevaba un niño en los brazos y que se asemejaba un poco a mi madre y a mí.

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miércoles, 20 de abril de 2011

Espanto, un cuento de Anthony Horowitz



      
Gary Wilson estaba perdido. También estaba cansado, furioso, y tenía mucho calor. Mientras avanzaba lentamente a través de una parcela idéntica a la anterior e idéntica a la siguiente, maldijo el campo, a su abuela por vivir allí, y sobre todo a su madre por arrastrarlo de su cómoda casa en Londres para plantarlo en medio de esto. Ya la haría sufrir cuando regresaran. Pero no sabía dónde exactamente estaba la casa. ¿Cómo había conseguido perderse de semejante manera?
Se detuvo por décima vez para tratar de orientarse. Si tan sólo hubiera una loma, podría haber trepado para tratar de localizar la casita rosa de su abuela. Pero esto era Suffolk, la región más plana de Inglaterra, donde las carreteras rurales se ocultan perfectamente tras la hierba apenas crecida, y donde el horizonte está siempre mucho más lejos de donde debería estar.
       Gary tenía quince años, era alto, y tenía el gesto amargo y la mirada afilada de un perfecto gandul. No era musculoso, sino más bien flaco, pero tenía brazos largos, puños duros, y sabía cómo usarlos con provecho. Quizás eso era lo que lo tenía de tan mal humor ahora. A Gary le gustaba tener el control. Sabía cómo cuidarse. Si alguien lo hubiera visto, tropezando a cada paso en una parcela desierta en medio de la nada, se habría reído de él. Y él tendría que haberse desquitado.
Nadie se reía de Gary Wilson. Ni de su nombre, ni de su rendimiento académico (muy pobre), ni del acné que recientemente había invadido su cara. El último chico que se había atrevido a reírse de Gary era mucho más grande y pesado que él, pero eso no detuvo a Gary. Esperó al chico a la salida de la escuela y le dejó un ojo morado y un diente menos. Después de eso, nadie se atrevía a desafiarlo. Más bien los demás lo evitaban, lo cual complacía a Gary. Le gustaba lastimar a los demás, quitarles el dinero del almuerzo o arrancarles las hojas a sus libros y cuadernos. Pero asustarlos era igual de divertido. Le gustaba ver cómo lo evitaban. Le gustaba lo que veía reflejado en sus miradas. Tenían miedo. Y eso era lo que más le gustaba a Gary Wilson.
Cuando había atravesado la cuarta parte de la parcela, se le atoró un pie en un hoyo y salió volando con los brazos abiertos. Cayó de pie y no de bruces, pero una onda de dolor le recorrió la pierna al apoyar el tobillo torcido. Maldijo en silencio, usando las palabrotas que siempre hacían que su madre se meciera nerviosamente en su silla. Hacía mucho que ella se había dado por vencida y ya no trataba de corregir su lenguaje. Él era ahora tan alto como ella, y él sabía que, a su modo, ella también le tenía miedo. Algunas veces intentaba razonar con él, pero hacía tiempo que ya no surtía efecto.
Él era su único hijo. Su esposo, Edward Wilson, había trabajado en uno de los bancos locales hasta que un día, de repente, había caído muerto. Un ataque masivo al corazón, dijeron. Todavía tenía el sello en la mano cuando lo encontraron. Gary nunca se había llevado bien con su padre, y en realidad no lo había echado de menos, en especial cuando se dio cuenta de que de ahí en adelante él sería el hombre de la casa.
La casa en cuestión era una casita de dos pisos en una terraza en Notting Hill Gate. Los seguros de vida y la pequeña pensión del banco le permitieron a Jane Wilson conservarla. Pero, de cualquier modo, ella tuvo que regresar a trabajar para mantener a sus dos habitantes, y no hace falta preguntar cuál de ellos tenía más gastos.
         No podían permitirse vacaciones en el extranjero. Por mucho que Gary se quejara e insistiera, Jane Wilson no ganaba suficiente para viajar. Pero su madre vivía en una granja en Suffolk, y dos veces al año, en verano y en Navidad, Jane Wilson y Gary hacían el viaje de dos horas en tren de Londres a Pye Hall, a las afueras del pequeño pueblito de Earl Soham.
         Era un lugar precioso. Un solo sendero se extendía desde la carretera, pasaba por una fila de álamos y por una granja victoriana, y desaparecía tras un seto. Ahí parecía terminar, pero en realidad doblaba y continuaba hasta una diminuta casita chueca, pintada de color rosa tenue, en medio de un pastizal salpicado de margaritas.
         —¿No es hermoso? —dijo su madre cuando entraron por el sendero en el taxi que habían tomado en la estación.
          Un par de cuervos negros volaron por encima de ellos y fueron a parar a un terreno vecino.
           Gary resopló.
           —¡Pye Hall! —suspiró su madre—. ¡Fui tan feliz aquí! Pero ¿dónde estaba Pye Hall?
          Mientras cruzaba lo que ahora se daba cuenta era una enorme parcela, Gary se estremecía con cada paso que daba. También empezaba a sentir los primeros indicios de... algo. No estaba asustado. Estaba demasiado furioso para asustarse. Pero se preguntaba cuánto más tendría que caminar antes de saber dónde estaba. Y también cuánto más iba a  manotazo a una mosca que lo molestaba y siguió andando.
           Gary permitió que su madre lo convenciera de venir, a sabiendas de que si se quejaba lo suficiente ella se vería forzada a sobornarlo con un nuevo disco compacto para su discman (por lo menos). Y en efecto, el tramo entre Liverpool Street e Ipswich se lo pasó escuchando el último disco de humor para saludar a su abuela y darle un rápido beso en la mejilla al llegar.
           —¡Cómo has crecido! —exclamó la anciana.
           Gary se dejó caer en un destartalado sillón frente a la chimenea de la sala. Ella siempre decía lo mismo. Qué aburrido.
           La anciana volteó a ver a su hija.
           —Te ves mucho más flaca, Jane. Y estás cansada. ¡No tienes nada de color!
           —Mamá, estoy bien.
           —No, no estás bien. No te ves bien. Pero una semana en el campo te pondrá mejor en un dos por tres.
           ¡Una semana en el campo! Gary continuaba avanzando, un paso tras otro, soltando manotazos a la mosca que seguía dando vueltas alrededor de su cabeza, y añorando las calles de asfalto, las paradas de autobús, los semáforos y los Burger King. Por fin llegó al seto que dividía esta parcela de la siguiente, y empezó a abrirse paso, arrancando hojas con las manos. Demasiado tarde se fijó en las ortigas que estaban detrás del seto. Dio un aullido y se llevó la mano agarrotada a la boca. Una hilera de ampollas se levantó en la palma de su mano y la parte interior de los dedos.
            ¿Qué tiene de maravilloso el campo?
           Oh, sí, su abuela podía hablar sin parar de la calma, el aire fresco y de todas las estupideces que escupe la gente que ni siquiera reconocería un paso peatonal por sus rayas aunque estuviera a punto de cruzarlo. Gente que no sabía lo que era la vida. Flores, árboles, pajaritos y abejas. ¡Qué asco!
            —Todo es distinto en el campo —decía ella—; puedes flotar en el tiempo. No sientes que el tiempo pasa corriendo a tu lado. Puedes detenerte e imaginar cómo era la vida antes de que la gente la echara a perder con sus máquinas y su ruido. En el campo todavía se puede sentir la magia. El poder de la Madre Naturaleza. Está a tu alrededor, vivo, esperándote...
          Gary escuchaba a la anciana y se reía para sus adentros. Obviamente se estaba poniendo senil. No había magia en el campo, sólo días que parecían alargarse eternamente y noches sin nada que hacer. ¿La Madre Naturaleza? Ésa sí que era buena. Incluso si esa vieja había existido alguna vez —lo cual no era probable, tiempo hace que las ciudades acabaron con ella, que la enterraron bajo kilómetros y kilómetros de carreteras asfaltadas. Pasar a mil por hora en la M25 con el coche descapotado y escuchando Blur a todo volumen... Para Gary, eso sí sería magia de verdad.
          Después de unos días de flojear en la casa, Gary se dejó convencer por su abuela de salir a dar un paseo. La verdad es que estaba aburrido de las dos mujeres, y además, en el campo podría fumarse un par de cigarros que había comprado con dinero robado del bolso de su madre.
          —No te alejes de los senderos, Gary —le advirtió su madre.
          —Y no te olvides del código campestre —añadió su abuela.
          Gary recordaba muy bien el código campestre. Mientras se alejaba de Pye Hall iba arrancando flores y las aplastaba entre sus dedos. Cuando pasaba una reja, la dejaba abierta a propósito, y sonreía al pensar en los animales de las granjas que se escaparían hacia la carretera. Se tomó una Coca y lanzó la lata aplastada hacia una pradera llena de flores. Rompió a la mitad la rama de un manzano y la dejó colgando del árbol. Se fumó un cigarro y arrojó la colilla, aún encendida, al pasto crecido.
          Y se salió del sendero. Quizás esto último no había sido tan buena idea.
         Se perdió antes de siquiera darse cuenta. Estaba atravesando una parcela, aplastando la cosecha que acababa de germinar, cuando se percató de que la tierra estaba blanda y mojada. Su zapato rompía las plantas de maíz, o lo que fuera, y el agua le formaba un laguito alrededor, empapando sus calcetines. Gary hizo una mueca, se detuvo un momento y decidió regresar por donde había venido…
         …Sólo que el camino por donde llegó ya no estaba allí. Había dejado bastantes señales a su paso, después de todo. Pero de pronto la rama rota del manzano, la lata de Coca-Cola y las plantas aplastadas habían desaparecido. Tampoco quedaba ni rastro del sendero. De hecho, no había nada que Gary reconociera. Era muy extraño.
Hacía dos horas de eso.
Desde entonces, las cosas fueron de mal en peor. Gary pasó por un pequeño bosque (aunque estaba seguro de que no había ningún bosque cerca de Pye Hall) y sólo logró rasparse el hombro y la pierna en unas espinas. Un momento después tropezó con un árbol que le desgarró su saco favorito, una chaqueta a rayas blancas y negras que se había robado de una tienda en Notting Hill.
         Logró salir del bosque, pero ni siquiera eso había sido fácil. De pronto encontró un arroyo que bloqueaba su camino, y la única manera de cruzarlo era sobre un tronco atravesado. Casi lo había logrado, pero en el último momento, el tronco giró bajo sus pies y lo arrojó al agua. Se levantó echando buches y maldiciones. Diez minutos más tarde se detuvo a fumar un cigarro, pero el paquete entero estaba empapado, infumable.
         Y luego…
         Gritó cuando un insecto, que a él le pareció una mosca, pero que en realidad era una avispa, le picó en el cuello. Se jaló la camiseta de Bart Simpson, mojada y mugrosa, para ver el piquete. Por el rabillo del ojo alcanzaba a distinguir una bola hinchada y roja. Cambió el peso sobre su pierna lastimada y gimió al sentir una nueva oleada de dolor. ¿Dónde estaba Pye Hall? Todo esto era culpa de su madre. Y de su abuela. Fue ella la que le sugirió que saliera de paseo. Pues bien, lo iban a pagar muy caro. Quizá pensaran dos veces en la hermosura de su dichoso campo cuando vieran la casita consumirse en llamas.
Fue entonces que la vio. Las paredes rosas y las chimeneas inclinadas eran inconfundibles. Quién sabe cómo había encontrado el camino de regreso. Sólo tenía que atravesar otra parcela y estaría allí. Ahogando un sollozo, se echó a andar. Había una especie de sendero a un costado de la parcela, pero él no se iba a molestar con llegar hasta allí. Siguió caminando por el centro de la parcela, ¿que la acababan de sembrar? ¡Qué lástima!
          Esta parcela era más grande que la anterior, y el sol parecía calentar más que nunca. La tierra estaba blanda y sus pies se hundían al pasar. Parecía como si su tobillo estuviera en llamas, y a cada paso que daba, sus piernas parecían más y más pesadas. La avispa tampoco lo dejaba en paz. Zumbaba alrededor de su cabeza, dando vueltas y más vueltas, taladrándole el cerebro. Pero Gary estaba demasiado cansado como para tirarle otro manotazo. Sus brazos colgaban flácidos a sus costados, sus dedos rozaban sus pantalones de mezclilla. El olor del campo, rico y profuso, le llenaba la nariz y le daba náuseas. Había caminado durante diez minutos, quizá un poco más. Pero Pye Hall no estaba más cerca. Se veía borroso, brillante al final de su campo visual. Se preguntó si no estaría insolado. Estaba seguro de que cuando salió no hacía tanto calor.
         Cada paso se le dificultaba más. Era como si sus pies estuvieran echando raíces en el suelo. Miró a sus espaldas (con un quejido al rozar el cuello de su saco con el piquete de avispa) y vio con alivio que estaba justo en el centro de la parcela. Algo le escurrió por la cara y resbaló hacia su barbilla, no supo si era sudor o una lágrima.
No podía avanzar. Había un palo clavado unos pasos más adelante y Gary se aferró a él agradecido. Tenía que descansar un rato. El suelo estaba demasiado blando y húmedo como para sentarse, así que tendría que descansar de pie, recargado en el palo. Sólo unos minutos. Luego cruzaría el resto de la parcela.
Y luego…
Más tarde…


*


Cuando el sol se empezó a poner y aún no había señales de Gary, su abuela llamó a la policía. El oficial a cargo tomó una descripción del muchacho y comenzó una búsqueda que duraría cinco días. Pero no quedaba ni rastro de él. Se habló de viejas minas, de arena movediza... y de cosas peores. Pero nada comprobado. Era como si el campo lo hubiera devorado, dijo un policía.
Gary vio cuando la policía finalmente se alejó. Vio a su madre sacar su maleta y subirse al taxi que la llevaría de Pye Hall a la estación de Ipswich, donde tomaría el tren de regreso a Londres. Se alegró de ver que siquiera tenía la decencia de llorar su pérdida. Pero no pudo evitar sentir que se veía un tanto menos cansada y menos enferma que cuando llegaron.
Su madre no lo vio. Cuando se volvió en el taxi para despedirse de la abuela se dio cuenta de que esta vez no había cuervos. Pero luego vio por qué. Se asustaron con una figura parada en medio de la parcela, recargada en un palo. Por un momento pensó que reconocía la chaqueta rasgada, a rayas blancas y negras, y la camiseta mojada y sucia de Bart Simpson. Pero seguramente estaba confundida. Lo mejor era no mencionar nada.
El taxi aceleró, pasó de largo más allá de donde estaba el nuevo espantapájaros, y continuó hacia la fila de álamos, hacia la carretera.

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