sábado, 7 de julio de 2012

Capítulo II de El pequeño vampiro, novela de Angela Sommer Bodenburg


Aquella noche Antón tuvo un sueño: ¡estaba solo en una llanura infinita, y corría! No podía descubrirse en ninguna parte ni siquiera el rastro de una vivienda humana; no había calles ni caminos; sólo un par de árboles achaparrados extendían sus secas ramas hacia el negro cielo. Gigantescos cráteres se abrían en la tierra cubierta de ceniza y escoria. ¡Por todas partes había huesos, brillantes y grandes huesos, y al correr entre ellos Antón intuía lleno de pavor cuál era el destino que le esperaba también a él!
Y de repente, mientras corría, ¡notó que algo había empezado a perseguirlo! Algo hacia lo cual no se atrevía a volverse le iba pisando los talones. Jadeando y siseando se le acercaba cada vez más. Ya sólo le separaban unos pocos metros de Antón. Entonces vio ante sí una montaña. ¡Si conseguía llegar hasta allí estaría salvado!
El horrible graznido de su perseguidor se hacía más fuerte. Ya notaba el cálido aliento del monstruo en sus espaldas. Una vez más Antón hizo acopio de todas sus fuerzas y corrió... ¡pero en vano! Con un grito se desplomó en el suelo y permaneció tumbado sin moverse, con los ojos fuertemente cerrados. Ahora... ahora sí que le debía de haber alcanzado el monstruo.
—Hola, Antón —dijo entonces una voz familiar y muy ronca—; ¡corres como si te persiguiera el diablo en persona!
Siguió una risa gutural, ronca y resonante, y en realidad..., era el pequeño vampiro que estaba en cuclillas junto a él. Sus poderosos y blancos dientes resplandecían.
—Y yo sólo quería contarte la historia del nuevo guardián del cementerio —se rió.
—¡Ah, ésa! —dijo Antón sacudiéndose, avergonzado, el polvo de los pantalones.
—Pues bien —dijo el vampiro—, ¡era un martes, y aquel martes era, precisamente, trece!
No siguió adelante, pues en ese momento lo interrumpió una voz.
—¡Antón, a desayunar! —exclamó el padre.
—Sí —gruñó Antón adormilado.
 —¿Qué opináis realmente de los vampiros? —preguntó Antón cuando estaba sentado a la mesa del desayuno untándose miel en el pan.
Aunque parecía que estuviera ocupado con empeño en untar el pan, observaba, no obstante, muy atentamente las caras de sus padres. En primer lugar cambiaron una mirada de sorpresa, después empezaron a hacer gestos. «No me toman en serio —pensó Antón—, seguro que piensan que soy un crío. ¡Si ellos supieran!»
 —Vampiros —dijo la madre reprimiendo una sonrisa—. ¿Y a qué viene eso?
—Ah —dijo Antón—. Antiguamente hubo, sin embargo, algunos.
—Antiguamente —dijo el padre—. Entonces la gente creía en las cosas más disparatadas. Por ejemplo, en las brujas.
—¡Brujas! —repitió desdeñoso Antón.
—Otros creían en enanos, en fantasmas, en hadas... —dijo la madre.
—Os olvidáis de Papá Noel —dijo colérico Antón, y revolvió tan violentamente en su taza que el cacao salpicó el mantel—. Pero os voy a decir una cosa: lo de los vampiros es completamente, completamente diferente.
—¿Ah, sí? —dijo burlón el padre.
—¡Sí, señor! —repuso Antón—. Y el que piense que sólo hay vampiros en los libros...
—... o en las fiestas de disfraces —se rió su madre para dentro.
—... ése está o ciego o sordo —continuó Antón alzando la voz; hizo después una pausa y, finalmente, dijo en voz baja y misteriosa—: ¡O es muy, muy irreflexivo!
—Me das auténtico miedo —se rió la madre.
—Qué raro que no nos hayamos encontrado nunca con ninguno, ¿no? —dijo el padre dirigiéndose a la madre.
—Ay —dijo Antón de buen humor—, eso sucede algunas veces antes de lo que uno cree.
—¿De veras? —exclamó la madre con un sobresalto fingido.
—Ya veréis —dijo Antón, metiéndose en la boca el resto de su pan.
—Yo sólo veo que mi taza está vacía —se rió la madre—; por favor, sírveme más té, Antón.
El padre se puso de pie y cogió la tetera. Mientras servía le guiñó un ojo a la madre.
«Ya se os pasará la risa», pensó Antón. Satisfecho, se recostó en su silla y pensó en el sábado siguiente.

martes, 3 de julio de 2012

Un artista del trapecio, cuento de Franz Kafka



         Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.       
         De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
         Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
           A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
         En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
          En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
          El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
            Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
           -Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
           Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
            En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

viernes, 29 de junio de 2012

Álbum, cuento de Alberto Chimal




             La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. El libro que quemó. La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo psiquiatra. Su primer kinder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kinder. El perro al que destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su tercer kinder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó. Su cuarto kinder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. El director de la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la segunda primaria que no quiso admitirla. La tarjeta de débito de su madre. El director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. La carta en su contra de los padres de sus compañeros. La cara de su madre. Un hombro desnudo de su madre. El director de la segunda primaria que aceptó admitirla. El suéter de su compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. El incendio del primer motel donde durmió con su madre. El boletín con la foto de su madre. La cara de su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El bebé que resistió tres días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su madre. El tercer motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. La primera comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre que la recogió en la carretera.
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